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La paciencia del papel

Por Adriana Med:

Cuando tenía 12 años empecé a leer y escribir. Bueno, ya sabía leer y escribir desde mucho antes, pero hasta esa edad empecé a hacerlo en serio, por gusto. Un día una maestra nos preguntó qué queríamos ser de grandes. Las respuestas de mis compañeros fueron variadas: maestra, doctor, piloto, futbolista, etc. Yo respondí muy segura de mí misma que quería ser escritora. Era mi más grande convicción. No sabía lo que sería de mí en diez o quince años, ni siquiera al día siguiente, pero estaba segura de que seguiría escribiendo pasara lo que pasara.

Un par de años después, perdí a un amigo. Fue muy duro para todos, sobre todo para su familia. Yo no estaba acostumbrada a que alguien se fuera tan inesperadamente de mi vida y, lo peor: para siempre. Una tarde lo visité en ese lugar donde están todos los que ya no están. Fui a escondidas para poder ir sola, y frente a un pedazo de piedra que tenía escrito su nombre prometí que le dedicaría mi primer libro. Era una nueva y absoluta convicción. Iba a escribir un libro y se lo iba a dedicar a él. Pero no cualquier libro. Tenía que ser un buen libro. Uno bueno de verdad.

Han pasado muchos años desde entonces, y es doloroso pensar en lo mucho que le he fallado a esa niña que alguna vez fui, y a ese amigo que alguna vez tuve. Sigo escribiendo, es cierto, pero no he escrito ningún libro ni han aparecido todas mis estrellas. De hecho me he planteado varias veces dejar de escribir para siempre por considerar que no soy lo suficientemente buena, pero es imposible. Siempre vuelvo a escribir. Necesito escribir.

Es triste y bonito a la vez acordarse de Ana Frank. Qué visión tan bella del mundo tenía.   Fue ella quien dijo que el papel es más paciente que los hombres. ¿Qué sería de algunos de nosotros si no escribiéramos? Quizá no haya persona con la paciencia para leernos, nadie a quien le importe lo que sentimos, pensamos o imaginamos, pero eso no impide que le demos alma a un montón de palabras. Es una hermosa libertad de la que pueden gozar incluso los que están encerrados en la casa de atrás o en sí mismos. También puede ser la mejor y a veces la única forma de estar solos.

Pero, ¿qué tal si aprendiéramos del papel y fuéramos un poco más pacientes con nosotros mismos? Solemos estar tan preocupados por nuestra falta de talento o por nuestra incapacidad para cumplir con las expectativas y las promesas, que olvidamos lo mucho que nos gusta hacer esto. Escribir por el placer de escribir, por el amor a escribir, porque no se puede no escribir. Y no es que no se sufra escribiendo, es que hasta eso forma parte del goce. Las dificultades hacen de la escritura una actividad más interesante, una batalla en la que vale la pena pelear.

Una cosa que hago y disfruto mucho es escribir en mi cabeza en las situaciones más variadas. Acomodar las palabras en la hoja de papel de la imaginación. Reacomodarlas. Quitar unas, agregar otras. Repetir muchas veces en mi mente el resultado final hasta aprendérmelo. Puede ser que de todos modos lo olvide al regresar a casa o al despertar, pero en mi corazón sé que logré traducir o crear algo en mi interior, y qué bien se siente eso. Me parece además que ser inseguro no es necesariamente tan malo como nos han hecho creer. Si no estamos conscientes de nuestras carencias nunca podremos superarlas. Detrás de todo ese miedo, detrás de toda esa inconformidad con nuestro trabajo, hay también una secreta convicción: la de que podemos hacerlo mejor, la de que aún hay mucho para dar. 

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