La orilla del mar

Por Deniss Villalobos:

Todo mi mar es de pañuelos blancos,
de muelles desolados y de presencias náufragas

—Rosario Castellanos

Me niego a creer esa tontería de que las mejores historias vienen del dolor, aunque la verdad es que casi nunca me siento a escribir cuando tengo un buen día. Supongo que todos estamos demasiado ocupados disfrutándolos. ¿Pero entonces cómo es que antes podía escribir tanto? No quiero decir que escribiera bien, ni antes ni ahora, pero llenar cuadernos o documentos larguísimos en la computadora era muy fácil. No me importaba qué iba a pensar la gente, si estaba bien redactado, si alguien se iba a molestar. Escribía y ya, como si tuviera fiebre y las palabras me fueran a curar.

Tal vez sea porque a los quince años las cosas te asombran, te molestan, te lastiman, te impulsan: todo es digno de ser contado. Por eso los diarios, los blogs, los intentos de literatura. Pero cuando creces, aunque te pasan más cosas, te duelen más cosas y te sorprenden más cosas, esa fiebre comienza a bajar; la enfermedad no cesa, pero cambia. Crecer es una clase de analgésico. Te puedes pasar un día tras otro solo viendo por la ventana, sin hacer nada. Escribir es más importante que nunca, pero durante muchas noches, aunque lo intentes, no encuentras las palabras. Y, si las encuentras, estás muy cansado o asustado como para escribirlas.

Eso me ha pasado muchas veces, por años. He pensado muchas cosas que me gustaría escribir, pero las ideas se convierten en planetas errantes: están vivas porque las recuerdo, pero no puedo hacer que existan más allá de mi memoria, no he encontrado la forma de convertirlas en estrellas. Tal vez ninguna de esas ideas es demasiado buena para ser contada, pero son mías y eso importa. Pasé mucho tiempo pensando que las cosas que me inspiraban eran demasiado fuertes como para poder encontrar algo auténtico en mí. Dejé que algunas personas me hicieran creer que todo lo que amaba o pensaba no era mío, pero aceptar que lo que eres te pertenece, a pesar de que el mundo sea inspiración e influencia constante, es maravilloso y aterrador. Se siente bien no estar obsesionado con ser único, porque está muy bien amar lo que aman los demás, pero también asusta saberte tan tuyo. No me interesa que otros crean que soy “original” o que no lo soy: me interesa ser honesta, en especial conmigo misma. No quiero decir ni hacer nada en lo que no esté mi corazón.

No poder escribir es triste porque es como si dejara de hablar conmigo, y creo que la única persona a la que jamás deberíamos negarle una conversación, aunque a nuestros ídolos les azotemos la puerta en la cara o les colguemos el teléfono, es a quien vemos en el espejo. No hay que escribir, dibujar, bailar, cantar o hacer cualquier cosa que amemos pensando en los demás si no pensamos primero en nosotros. Quizá el impulso por crear algo viene, antes que nada, de la necesidad de comunicar algo no a los demás sino a ti mismo. Crear algo es arrojar al océano una botella con un mensaje dentro y esperar que, aunque lo encuentren muchas personas antes que tú, algún día regrese a ti.

Por eso me gustaría ser más valiente, decir más, guardar menos silencio, porque sé que si no lo escribo no me escucho. Quiero ser menos mar abierto y más playa, quiero escribir sobre quién soy y no solo sobre le que me gusta. Escribir no sobre dejar de tener miedo, sino sobre hacerle frente. Subirme a un barco no solo cuando el agua esté en calma. Quiero que llegue el día en que mis olas mojen los pies de alguien en la orilla del mar.