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La noche del pensamiento mágico

Por Deniss Villalobos

 

Si hemos de continuar viviendo debemos abandonar a los muertos, dejarlos marchar, mantenerlos muertos. Dejarlos que se conviertan en la fotografía sobre la mesa. Soltarlos en el agua.
Joan Didion

 

Sobre la mesa de Joan Didion hay dos fotografías y en el agua ha soltado dos guirnaldas. Existieron dos pares de zapatos que observó por mucho tiempo sin ser capaz de deshacerse de ellos porque, aunque en el fondo sabía que aquello no era posible, pensaba que los dueños volverían en algún momento y tendrían que usar sus zapatos.

Joan perdió a las dos personas más importantes para ella. John, el amor de su vida, murió una noche en que volvían del hospital después de visitar a su hija Quintana, quien estaba internada desde hacía varios días. La muerte de su esposo fue rápida, tan rápida que en la primera noche no estaba segura de que hubiese sucedido. Murió en la sala de su departamento mientras Joan servía la ensalada para la cena. Quintana pasó meses en el hospital y murió luego de que su situación se complicara poco a poco. Fue, me atrevo a decir, una muerte lentísima que Joan se vio obligada a observar sin ser capaz de hacer nada además de sentirse culpable por no poder salvar a su única hija.

 Mi primer novio murió tiempo después de que termináramos, y aunque la noticia fue impactante y recuerdo haber llorado, no sentí que algo de mí se hubiese ido con él. Mi abuela paterna murió hace algunos años; sentí muchísimo dolor al ver a mi papá y a mis tíos sufriendo, pero no me costaba respirar al pensar que mi abuela ya no estaba más en el mundo, pues nunca fuimos muy cercanas y realmente no la conocía demasiado. Para mí, nada había cambiado cuando ella dejó de respirar.

Quizá parece que he tenido suerte al no haber experimentado ese tipo de pérdida, pero el pánico que me causa la idea me aleja mucho de sentirme afortunada. Suelo despertar a mitad de la noche, llorando o respirando de manera agitada, después de alguna pesadilla en la que mi madre o mi hermana mueren o en la que simplemente las observo inmóviles sin que respondan cuando las llamo. También pasa que puedo estar sentada en el metro o en una cafetería, y de pronto, sin razón aparente, pienso en que mi abuela materna o mi padre morirán en algún momento y comienzo a llorar desconsoladamente sin importar que esté en un espacio público.

Leer sobre las pérdidas de Joan Didion no me ayuda a estar preparada para el momento en el que pierda a alguien que amo —no hay forma de prepararse para eso incluso aunque sea lo único seguro en nuestras vidas—, pero al menos me ha ayudado a entender y controlar un poco el miedo que tengo a perder a alguna de las personas que más me importan.

No tengo ningún tipo de consejo para las personas que han perdido a un ser querido y ahora mismo atraviesan por el duelo. No tengo idea de cómo deben sentirse, por más que lea testimonios, por más que crea saber mucho sobre el tema y por más que intente imaginarlo. No puedo dejar de pensar que quizá lo que escribo hoy no sirve de nada. Tal vez nunca sirve, es cierto, pero justo con este texto soy consciente de ello y es algo triste. Lo único que puedo decir es que todos pasaremos por ello: todos vamos a perder a alguien, pero la fuerza de algunas personas es tan mágica, tan grande, que tiene el poder de transmitirse a otros por medio de las palabras, así que existe la posibilidad de que éstas sirvan para ayudar a que alguien se sienta mejor.

El año del pensamiento mágico y Noches azules son los dos libros que escribió Didion después de la muerte de sus grandes amores. Seguir con su vida luego de tener que enfrentarse a la muerte de la manera en que lo hizo es la razón más fuerte por la siento un profundo cariño por ella. Más allá de ser una ensayista excepcional, la forma en la que pudo convertir su dolor en letras y cómo se repuso a la pérdida es lo que la convierte en una de las mujeres más admirables de mi mundo. Están ahí los dos títulos para quien los necesite, es decir: para todos.

En el libro sobre la muerte de Quintana, Joan escribió: Uno teme por lo que todavía no ha perdido. Puede que ustedes todavía no vean nada por perder. Y, sin embargo, no hay nada en su vida en que yo no lo vea.

Todos, en el mejor de los casos, nos convertiremos en una fotografía sobre la mesa de alguien, pero antes de eso vamos a tener que ver las fotografías de varias personas a las que amamos y que ya se habrán ido. Aceptemos eso. Hagamos las paces con nuestros muertos, incluso antes de perderlos, y aprendamos de la forma tan estoica en la que algunas personas le han plantado cara a la pérdida, en especial aquellas que lo han hecho convirtiéndose en la imagen de Céline.

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