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La muerte bajo el reflector

Por Alejandra Eme Vázquez:

Los espacios profesionales de pelea tienen mucho de ring, de válvula de escape y de arena de gladiadores si se quiere, pero también de escenario. Sobre todo la lucha libre ha lidiado siempre con la idea de que nada de lo que sucede ahí es real, pero también se ha hablado mucho de los riesgos físicos que conlleva aun cuando implique una narrativa fantástica entre máscaras, falsas identidades, rivalidades y exageraciones que le dan elementos de teatralidad, especialmente en la lucha libre mexicana. Tan sólo recordemos la experiencia de Jorge, el protagonista de El principio del placer de José Emilio Pacheco, quien durante todo el relato apoya a un luchador técnico y hasta le avienta un elote en el ojo a su “acérrimo rival” cuando parece haber maltratado demasiado a su ídolo, pero al final se da cuenta de que en realidad los gladiadores en cuyo odio siempre creyó son grandes cuates: el fin de la inocencia es representado en el acto de reconocer la alta dosis de ficción implicada en la cultura del entretenimiento.

Ahora que murió en plena pelea el “Hijo del Perro Aguayo” y tuvimos acceso a las imágenes que nos mostraban la tragedia entre la aterradora indiferencia de los demás participantes (réferi, contrincantes, compañero, equipo técnico, público), el carácter ficticio de la lucha libre se vuelve a poner en el ojo del huracán, pero de manera distinta. Si hubiera sido una pelea de box, un  enfrentamiento de arte marcial o cualquier otra disciplina de contacto físico que se enmarque en un escenario desprovisto de ficción, seguramente las consecuencias hubieran sido otras: más seriedad en el tratamiento, más rapidez en la atención médica, suspensión de la pelea… Nunca, eso sí, una sanción legal al rival, pues para bien o para mal quienes fungen como nuestros gladiadores modernos aceptan de antemano las posibles consecuencias de su riesgo físico y asumen que la violencia está exenta de dolo; pero de cualquier forma, sí hubiera sido distinto en otro contexto. Porque si ponemos en perspectiva estas otras formas de pelea profesional frente a la lucha libre, lo distinto es la ficción.

Y la ficción adormece al sentido común, eso es un hecho, en tanto que abre un espacio “seguro” en el que todo lo que se ve está etiquetado como simulacro; entonces, si a la realidad se le ocurre manifestarse en pleno acto ficticio, esta convención de simulación la devora y cuesta trabajo deshacer el encanto. Circula una leyenda urbana, por ejemplo, de que en la facultad de Filosofía y Letras de la UNAM alguna vez un estudiante de teatro murió entre la gente porque pensaron que estaba ensayando algo cuando en realidad le habían dado un tiro. También ha pasado que actores mueren durante rodajes, actos en vivo o puestas en escena y las reacciones son tan espeluznantes como lo que sucedió en el fatídico cuadrilátero del 20 de marzo con Pedro “El Hijo del Perro” Aguayo.

Como el público que no dejaba de reír cuando el mago y comediante inglés Tommy Cooper cayó muerto en televisión en vivo porque pensaban que estaba actuando, o el perfecto timing logrado por la actriz Edith Webster cuando en 1922 presentaba una obra en la que su personaje cayó muerto al mismo tiempo que ella sufría un ataque al corazón, y todos aplaudieron sin darse cuenta de que estaban aplaudiendo una muerte verdadera; y tantas otras historias que hacen valer esa típica declaración de “quisiera morirme sobre un escenario” dicha de quienes se deben a un público, como una manera de anotar que su labor les nutre de tal forma que no quieren abandonarla ni en sus últimos momentos. Se oye muy romántico, pero cuando de verdad sucede activa un enfrentamiento con la muerte muy crudo, que quizá nunca podremos alcanzar a comprender.

La propia ficción ha hablado al respecto. Ejemplos sobran, pero ahora me vienen a la mente “Un sueño realizado”, impresionante cuento de Juan Carlos Onetti en el que una mujer contrata a una compañía teatral para escenificar su propia muerte, la real, sin que ellos lo sepan; y Birdman, en cuyo desenlace el personaje principal intenta suicidarse en el escenario y entre la tragedia personal de no haberlo logrado recibe la más positiva reseña de una encarnizada crítica teatral, quien asegura que su tentativa de suicidio ha inaugurado una nueva corriente artística y le agradece haber devuelto a los escenarios de Brodway la sangre que ya les hacía falta. El apunte sarcástico es notable: la cultura del espectáculo es una hidra de tantas cabezas, que lo mismo encumbra la tragedia que provoca linchamientos. En este sentido, la lucha libre está justo en la frontera entre el deporte y el espectáculo; de ahí su éxito y su maravilla, pero también de ahí lo triste de este caso concreto.

Yo coincido con mi buen amigo Gerardo Pacheco, quien decía en su cuenta de Twitter (@lgpachecos) que Aguayo había entrenado para recibir esa patada, caído sobre las cuerdas y fingido estar malherido tantas veces, que lógicamente entender el código de emergencia llevó más tiempo del normal; que antes de hablar de protocolos y negligencia, consideráramos el escenario en el que la rutina de todos se vio manchada por la mala suerte, la falla técnica fatal o como queramos llamarle; pero que al final, cuando la niebla de ficción se disipó se actuó con el estupor y la diligencia que se actúa normalmente en estos casos. Esta me parece la perspectiva de análisis que más suma realmente, pues se da desde dentro del mecanismo de las luchas y no con intención de cortar cabezas, nada más.

Y aunque no hay aquí ni la menor intención de justificar la lentitud al atenderlo, es cierto que si la reacción ante la muerte presenciada sorpresivamente suele ser de una torpeza infinita, cuánto más si sucede en un espectáculo en vivo que de por sí tiene tantos tintes de no-verdad. Nos será muy fácil juzgar cuando son los otros quienes se equivocan, y más cuando hablamos desde hechos consumados, pero en general la capacidad de reacción ante la emergencia es una enorme “área de oportunidad” (como se les dice ahora a las debilidades). Lo que tal vez habría que entender es que esto no debe continuar así, que debemos buscar otros códigos para escuchar a los demás, dejar de paralizarnos en nuestras reacciones y no dar las rutinas por hecho. Y si ya la tragedia se va a consumar de cualquier manera, al menos que no sea entre la dolorosa indiferencia que se observa en el caso de Pedro Aguayo, y en tantos otros que le subyacen. Porque por cada caso conocido, cuántos similares habrá sin conocer.

Que quede claro: nada hace que deje de ser terrible que un hombre sano de 35 años haya muerto dando el espectáculo por el que era idolatrado. El problema es que buscando culpables difusos en cacería de brujas corremos el riesgo de que esto que pasó no provoque el necesario cambio las estructuras. Lo de honrar las muertes es quizá otra idea romántica, pero vale la pena retomarla de tal manera que no sea posible que vuelva a pasar, que podamos llegar al punto de que el sentido común esté activo durante los espectáculos y que la ficción no sea sorda ni ciega a los accidentes. Que se revisen los protocolos y los códigos, el espectáculo no tiene por qué ser voraz: esto de “the show must go on” no es palabra divina, aunque la fascinación por su cumplimiento lo parezca. Qué distinto sería si tuviéramos la seguridad de que para todos y en cualquier caso, antes que el entretenimiento está la humanidad.

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