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La medicina del afuera

Por Nerea Barón:

Recuerdo el placer que sentía a los dieciséis años por meterme de lleno en un libro. Todos los clichés que el fomento a la lectura en su forzado afán ha romantizado me quedaban como anillo al dedo: se me quitaba el hambre, perdía la noción del tiempo y se me podía ver como contorsionista descalza tomando las posiciones más inverosímiles en el sillón para no cansarme. Me recuerdo –y continúan los clichés–, llorando a lágrima viva cuando le rompían el corazón a un personaje, enojándome cada vez que el protagonista dejaba crecer una confusión innecesaria para salvaguardar un secreto, fantaseando con viajes, con cuerpos, con lugares remotos.

Recuerdo el placer que sentía por leer y me reprocho un poco: hace años que no sucede. Paralelamente, nunca he sido muy cinéfila, mi falta de cultura popular escandaliza a cualquiera y debo de hacer un esfuerzo consciente para ver una obra de teatro, cuyos recursos narrativos con frecuencia me dejan con el ceño fruncido en desconcierto.  Me voy enterando de qué se trata el mundo conforme las redes sociales me lo van imponiendo: el año pasado pude conocer más de una canción de JuanGa (antes ni siquiera eso) y ya hasta puedo identificar a Maluma si me lo enseñan en foto, pero aun con eso sigo siendo siempre de las últimas en enterarse de lo que ocurre allá afuera. «¿Pues dónde has estado toda tu vida?», me lo preguntan con frecuencia. La respuesta es simple: en mi cabeza.

Hace unos años solía describirme como un hoyo negro que jalaba energía hacia sí sin dejar nada afuera. Estuviera caminando por las calles de Lisboa o compartiendo cama con un hombre de contornos deleitables, mi interioridad era siempre más apremiante y el resto, un mero ruido de fondo. El hoyo negro ha ido perdiendo fuerza, es verdad. Mi camino espiritual me ha llevado a procurar más mi presente y conforme ha crecido mi capacidad de disfrutar y de agradecer, ha crecido también mi disponibilidad hacia lo otro.

Sin embargo, aún me veo confrontada cuando, por ejemplo, paso la tarde con alguien volcado hacia fuera. «Vamos a la Cineteca», dice Ata, y siento dentro un estirón de resistencia. «Vamos a la presentación de este libro, vamos al teatro, vamos al centro en bicicleta». ¿No podemos sólo quedarnos viéndonos a los ojos?, me dan ganas de decirle, pero en sus ojos hay parques de árboles frondosos, conciertos callejeros, cielos abiertos, antojitos mexicanos en comedores viejos y personas bailando. Suspiro. Accedo.

Posiblemente nunca desaparezcan del todo mis ganas de resolverme —vaya, ni siquiera es algo que busque o que desee—, pero creo que comienzo a entender que de nada me sirve tanto voltaje si sólo me va a fundir los focos, que hay cosas que sólo las da el tiempo y la contemplación y, más aún, que el adentro sin el afuera es un mero nudo yermo.

No quiero precipitarme en mi entusiasmo, pero me siento de pronto lista para volver a los andares lectores, se me antoja muchísimo saborear otras mentes y ya no hablemos de viajar o de desbloquear la música. Quiero ser de esas que van solas al cine los domingos, que ven documentales por el puro gusto cuando cae la noche, que abrazan a la humanidad con su mirada y que, en fin, se permiten vivir, sólo vivir, en contacto con todo lo que el mundo les ofrece.

Intuyo además una paradoja en todo esto: posiblemente sea ahí, en los colores y en los tiempos de afuera, en donde encuentre la luz que me permita ordenar mis cavernas interiores; ahí y no adentro. Ya basta de excursiones a ciegas, la profundidad por sí misma no aporta nada.

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