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La mariposa y la polilla

Por Deniss Villalobos:

Sin importar de qué están hechas las almas, la suya y la mía son iguales.
Emily Brontë

Cumbres borrascosas, novela de Emily Brontë, es el libro que más veces he leído en mi vida. No sé si pueda decir que es mi libro favorito (¡tengo muchos libros favoritos!), pero sí es uno que tiene un lugar especial en mi corazón, aunque suene cursi, porque es el primero que me hizo sentir angustia, miedo y dolor. Cuando lo leí tenía quince años y estaba enamorada, o eso creía, así que memoricé varios párrafos en los que Cathy, protagonista de la historia, hablaba de lo que sentía por Heathcliff, imaginando que lo que yo tenía con mi primer novio era parecido al romance tan trágico de esa famosa pareja.

Por supuesto que ahora, casi una década después, no recuerdo mucho de ese novio, pero siguen en mi memoria, intactos, los fragmentos de esa novela que memoricé y que vuelven a mí constantemente. Algunos libros son fantasmas que, en voz baja, te hablan varias veces al oído para enviarte un mensaje.

Tengo un recuerdo más viejo y menos constante: a los trece años mi papá me llevó por primera vez a la Feria del Libro de Minería, me dejó en la entrada con cincuenta pesos y me dijo que me veía ahí mismo después de dos horas. Más tarde supe que mi papá se quedó por ahí vigilándome, pero durante el par de horas que me creí libre entre gente y libros, busqué los títulos que me parecieran más terroríficos para comprar con mis cincuenta pesos (que, según yo, alcanzaría para mínimo tres libros). Salí de ahí pensando que los libros eran la cosa más cara del mundo, pues solo me había alcanzado para una edición de Fontamara de El castillo de Otranto de Horace Walpole.

Así fue como entré a un mundo de castillos, casas con fantasmas y horror en el que pasé muchas tardes de mi infancia y adolescencia. Mi mamá me compró Drácula, Santaclós me dejó Frankenstein bajo el árbol de Navidad, en mi cumpleaños pedí La caída de la casa Usher y poco a poco me hice de una pequeña colección de terror gótico sin saber nada de esa etiqueta o de géneros.

La razón por la que cuento todo esto es porque la semana pasada pude ver, por fin, La cumbre escarlata (Crimson Peak) la última película de Guillermo del Toro. He leído varias críticas y reseñas llenas de palabras como “terror”, “horror”, “gótico”, etc. Todo eso ayuda a describir un poco la película, pero al mismo tiempo creo que dice poquísimo, no lo suficiente para que quede claro lo maravillosa que es esta película-novela. Porque, para mí, eso es Crimson Peak: una novela. En la sala de cine volví a tener trece o catorce años, volví a estar en mi cama leyendo una historia que me aterraba no por los fantasmas y las cosas extrañas que sucedían en las mansiones y castillos, sino por las personas de carne y hueso que las habitaban. Crimson Peak es, también, una carta de amor —de un amor terrible, que sangra como Allerdale Hall— a todos esos libros que también han sido parte de la vida de Del Toro.

Este homenaje no es un homenaje “típico”, la única mención a un par de autores se hace al principio de la película (una estupenda broma en relación a Jane Austen y Mary Shelley), pero no es necesario hacer guiños directos a alguna obra o autor, pues la película completa respira y exhala aquello de lo que se nutre. Otra cosa que amé profundamente es el papel de las mujeres en la historia. La protagonista, Edith (interpretada por Mia Wasikowska), es una aspirante a escritora que, a pesar de haber perdido a su madre y vivir las cosas más extrañas, tristes y terroríficas, nunca deja de ser fuerte. Y, por otro lado, está Lucille (Jessica Chastain), una mujer que es por sí misma una casa llena de fantasmas y horrores. Sir Thomas (Tom Hiddleston) está ahí ocupando el papel que, casi siempre, es el de las chicas. Una persona herida que necesita ser salvada, que busca redención en el amor, y que ha sido víctima desde pequeña.

Tal vez parezca que la historia que cuenta Crimson Peak ha sido contada varias veces, y hay algo de cierto, pero nunca ha sido contada de la forma en que Guillermo del Toro lo hizo. Los verdaderos monstruos no son aquellos que caminan por la casa lanzando alaridos, los verdaderos monstruos no son solo monstruos, todos tenemos un poco de eso. El horror sí puede ser resultado del amor, y la fuerza puede venir de quien menos se espera, incluso de una mariposa amarilla que sobrevive a una polilla negra.

Ilustración de Allegra Lockstadt

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