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La magia del cine

Por Deniss Villalobos:

 

Tú y yo entramos
al cine
del pueblo, lleno de niños
y aroma de manzanas.
Pablo Neruda

 

Me encanta ir al cine. Empiezo con una frase tan corta y sencilla porque esas cinco palabras describen lo que siento. También podría contar anécdotas sobre directores o guionistas a los que admiro; compartir detalles raros sobre los rodajes de mis películas favoritas; escribir acerca de alguna época específica dentro de la historia del cine, pero creo que basta con decir «me encanta ir al cine», y solo con eso muchas personas pensarán «a mí también».

Eso es lo realmente maravilloso; todos podemos decir que también nos gusta el cine, porque todos, al ir por primera vez, pensamos que era la cosa más sorprendente del mundo. No se trata de qué película ves ni en qué lugar lo haces: da igual si es una sala VIP con meseros que te llevan las palomitas o si es un cine pequeño con dos salas viejas en algún pueblo. Lo que importa es la pantalla y la persona que observa. Ahí, en medio de esas dos cosas, existe la magia.

Lo triste, actualmente, es que nos hemos acostumbrado tanto a esa magia, que dejamos de darle el valor que en realidad tiene. Nos parece ya muy normal poder entrar a una sala en la que, por dos horas —y por un precio bastante accesible—, podremos viajar a cualquier lugar y vivir mil cosas. Extraño que nos sorprenda el cine, extraño los rostros con los ojos como platos que todos poníamos hace mucho frente a la pantalla grande. Cuando era niña aún existían los intermedios y la permanencia voluntaria, y el cine que más cerca tenía constaba de tres salas y una pequeña dulcería. Después ese cine se convirtió en uno mucho más grande, cuando una cadena lo compró y mejoró, pero hay algo que cambió desde entonces.
 

El cambio que vivieron los cines me golpeó hace algunos años de forma peculiar. Una tarde, cuando fui con mis padres a ver alguna película que ahora ya no recuerdo, me encontré con el señor que trabajaba como taquillero en el cine al que iba cuando era niña. Llevaba ahora una camiseta con el logo de la nueva cadena, pero el cambio no estaba en su uniforme, sino en su rostro. Yo recordaba a ese hombre como alguien que formaba parte del cine tanto como la pantalla y el cuarto de proyección. Cuando era niña lo veía tan sonriente, tan amable y tan feliz de trabajar en ese lugar, que al verlo entonces en la nueva taquilla me costó un rato reconocerlo. Se veía cansado, malhumorado y, claro, más viejo. Ya no era ese hombre de mi infancia que me dirigía una sonrisa y un guiño cuando entraba a la sala tomada de la mano de mi madre; ahora era un empleado de una gran cadena de cines que debía preguntar si contábamos con tarjeta de cliente frecuente y si deseábamos un calendario por treinta pesos más.

Qué tristeza me dio ver eso. Sentí cómo de pronto todo a mi alrededor —las salas grandes, los pasillos largos y las tres dulcerías enormes dentro de un mismo complejo— se transformaba en algo horrible que nos había convertido en zombis consumidores, como si las películas fueran ya cualquier cosa. Claro que luego le bajé a mi drama, me di cuenta de que tendemos a idealizar el pasado y que no todo era tan malo. Creo que perdimos varias tradiciones bonitas, como la del taquillero o la bolsa de palomitas pequeña en color blanco y rojo, pero ganamos un sinfín de posibilidades. Ahora muchísimas personas pueden ir al cine, y es más fácil que lleguen a nosotros películas que, de otra forma, solo podríamos ver en nuestra computadora. 

Lo único que creo que empeoró, y que sí deberíamos cambiar, es cómo nos comportamos dentro del cine. El otro día, hablando sobre el tema con mi amigo Marco, él mencionaba cómo la forma en la que actuamos cuando estamos en el cine dice mucho de nosotros, como individuos y como sociedad. Estoy totalmente de acuerdo. No tiene que ver con zonas dentro de una ciudad, ni pasa más en hombres, niños o mujeres. Es un mal que alcanza a cualquier lugar y a cualquier persona. A todos nos ha tocado estar en una sala en la que las personas sentadas en la fila de atrás no dejan de hablar o revisar su celular. El respeto por los demás se ha perdido completamente. Llegamos a un punto en el que disfrutar de una película sin que alguien esté golpeando tu butaca o hablando todo el tiempo, se ha convertido en algo rarísimo que muy pocos podemos experimentar. Muchas personas piensan que pagar un boleto de cine les da el derecho a convertirse en cavernícolas durante 120 minutos.

Es ahí cuando recuerdo cómo nos hemos acostumbrado tanto a la magia que dejamos de apreciarla. He tenido que pedir, de la manera más amable que mi frustración y enojo me permiten, que por favor se callen. Hay quien termina saliéndose de la sala porque en ella hay una familia enorme que solo entró a comer y a hablar, en lugar de poner sus ojos y atención en la pantalla. A todas esas personas me gustaría recordarles que, al ver una de las primeras películas que se proyectaron, las personas creían que el tren que veían saldría de la pantalla y los aplastaría.

No deberíamos olvidar lo afortunados que somos al estar en una butaca frente a una enorme pantalla. Las cosas van a cambiar, los cines que conocimos ya no existen y los que conocemos ahora, tan modernos, un día nos parecerán viejos y habrá nuevas formas de ver películas. Quizá un día los cines dejen de existir. No habrá más salas, ni dulces, ni filas largas para disfrutar de una première. Así que disfrutemos ahora de algo que nos parece tan normal, pero que es una de las cosas más bellas que existen en el mundo.

Respetemos a las personas que por un par de horas comparten con nosotros el espacio y una historia. Que los únicos ruidos que interrumpan una película sean los de las risas de todos en la sala, o los llantos conmovidos, o los gritos por un gran susto; pero no nos permitamos ser uno de esos salvajes que contestan llamadas en medio de una película o que al salir dejan toda su basura tirada en el suelo. Seamos civilizados y respetuosos, demostremos que somos capaces de disfrutar una película y de respetar a los demás, hagamos que siga valiendo la pena lo que personas como los hermanos Lumière, Georges Méliès o Charlie Chaplin le regalaron al mundo. 

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