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La insoportable levedad de la disponibilidad

Por Oscar E. Gastélum:

“A truth that’s told with bad intent

Beats all the lies you can invent.”

-William Blake

En su número de este mes, la revista emeequis, que no toca el piano pero descuartizó su propia reputación hace unos meses al ensalzar y justificar a un feminicida, publica un texto firmado por Jacinto Rodríguez Munguía, en el que el autor parece zanjar, otra vez, de manera definitiva la vetusta y soporífera “polémica” en torno a la “renuncia” de Octavio Paz a la embajada de México en la India tras la matanza estudiantil del 2 de octubre de 1968.

La investigación parece minuciosa e irrefutable y no dudo de la veracidad de sus hallazgos. Incluso, es importante aclararlo, el autor cita a Ángel Gilberto Adame, un buen amigo, extraordinario investigador y mi jefe en estas páginas, como una de sus fuentes más sólidas.

¿Pero qué es exactamente lo que “descubrió” (es un decir, pues lo único que aporta el texto son unos documentos que confirman lo que ya se sabía desde hace años) Rodríguez Munguía? Que Paz se valió de un recurso burocrático conocido como “disponibilidad” para separarse de su cargo y que no “renunció” estrictamente al mismo, a pesar de que pudo haberlo hecho, pues la figura de “renuncia”, contrario a lo que habían venido repitiendo algunos intelectuales cercanos a Paz a través de los años, sí existía en el Servicio Exterior Mexicano en esa época.

Aparentemente, Paz escogió esa opción para seguir recibiendo su sueldo como diplomático y no perder su jubilación tras treinta años de servicio público. Es decir, para hacer valer sus legítimos derechos como trabajador. Además, al tomar ese camino, Paz pudo entregar la embajada de manera responsable y ordenada a su sucesor y sus gastos de traslado fueron cubiertos por el Estado.

Hasta aquí todo bien. Supongo que algún profesor estadounidense de literatura latinoamericana encontrará fascinante un detalle anecdótico como ese y, a final de cuentas, la verdad, por más insignificante que sea, siempre termina por enriquecernos.

Pero el problema con el artículo de Rodríguez Munguía no es la minucia trivial que confirma, sino lo que insinúa a lo largo del mismo con la mala leche y el tonito sarcástico y hostil al que los más taimados detractores de Paz me tienen tan acostumbrado.

Y es que el autor trata, infructuosamente, de inflar ese detalle baladí hasta transformarlo en un pecado capaz de manchar de manera indeleble la reputación de Paz y anular el valor y la trascendencia de su postura tras la matanza estudiantil. Quizá el amarillismo histérico que permea el texto de Rodríguez Munguía, desde el título hasta la frase final, estaría justificado si hubiera descubierto que Paz fue compañero de Günter Grass en las SS, pero suena completamente fuera de lugar ante una falsa controversia urdida a partir de jerga burocrática.

Me gustaría detenerme en el asunto del sueldo que Paz devengó durante cinco años después de su “renuncia”, detalle que el autor no se cansa de repetir en tono gazmoño y satisfecho a lo largo de su artículo y que la propia revista, con exquisito buen gusto, decidió incluir en su portada. Vale la pena recordar que el primero que trató de transformar esa bagatela en un estigma fue el mismísimo Gustavo Díaz Ordaz, un tirano derrotado y embriagado de sangre y amargura, que sabía perfectamente que la historia lo había condenado en vida a su basurero más inmundo y que Paz había tenido mucho que ver en esa sentencia inapelable.

Para empezar, habría que aclarar que Paz dependía de su salario para vivir pues no era un hombre rico, la poesía y el ensayo no son géneros que suelan producir bestsellers, y por ello me parece sensato y racional que haya elegido el camino de la “disponibilidad”. Haber renunciado imprudentemente a sus derechos, cuando tenía la opción de protestar por las acciones del gobierno y denunciar un crimen de Estado ante el mundo sin tener que quedar en la indigencia, habría sido una torpeza irresponsable, un gesto indigno de un hombre brillante y mesurado.

Quien piense que esa decisión encierra una contradicción hipócrita revela que la tóxica cultura del patrimonialismo mexicano corre por sus venas. Pues el honrado salario de Octavio Paz no era parte del patrimonio personal de Díaz Ordaz o del PRI sino que provenía de los impuestos de la ciudadanía. Y Paz, en esos días aciagos, representó con muchísima mayor dignidad y gallardía a su país que los cobardes que permanecieron en sus puestos, cobrando por ocultar un crimen de lesa humanidad y manchándose las manos de sangre en el intento.

Que quede muy claro, ni todos los billones de dólares que se han robado los políticos del PRI, de Miguel Alemán a Peña Nieto pasando por Salinas y Elba Esther, alcanzarían para pagarle a Octavio Paz su inconmensurable aporte a este país amnésico y salvaje. Por eso, regatearle un honesto sueldo de funcionario público intachable y una merecidísima pensión, me parece un acto de ingratitud repugnante y un despliegue de mezquindad mojigata digno de un ama de casa que le dosifica los chiles en nogada a la sirvienta.

¿Afecta en algo esta “revelación” la reputación de Paz? ¿Anula o ensombrece su gesto de protesta tras la matanza de Tlatelolco? Desde luego que no. El prestigio intelectual, artístico y moral de Paz es demasiado sólido como para resquebrajarse ante un ataque tan endeble. Para el lector que se acerque por primera vez o vuelva constantemente a su deslumbrante obra poética y ensayística, esta polémica artificial no es más que una curiosidad bizantina.

Sobre todo porque el propio Paz se cuidó mucho de no usar públicamente la palabra “renuncia” al hablar de ese capítulo de su vida. Según investigaciones de Ángel Gilberto Adame, la única vez que, aparentemente, empleó el controvertido vocablo, fue unos días después de la matanza estudiantil, en una entrevista con una agencia internacional de noticias. Supongo que Paz fue tan cuidadoso no solo por ser fiel a la honestidad intelectual que lo caracterizó durante toda su vida sino porque sabía muy bien que siempre habría buitres revoloteando alrededor de su legado y tratando de enlodarlo.

Pero lo más importante de todo es que nadie puede borrar el hecho incontrovertible de que Octavio Paz sacrificó un puesto importantísimo, en un país que le apasionaba, porque así se lo dictó su conciencia ante un crimen gubernamental injustificable. Y que, con ese gesto y gracias a su inmenso prestigio, no solo honró a los estudiantes masacrados y reivindicó su causa, sino que exhibió a Díaz Ordaz ante el mundo como el simio sanguinario y obtuso que era, revelando de paso el verdadero rostro, decrépito y deforme, del régimen revolucionario.

Sí, la iconoclasia es una ocupación honorable y socialmente útil. Profanar los mausoleos donde reposan las cuestionables reputaciones de algunas vacas sagradas es un ejercicio de higiene moral indispensable en una sociedad moderna y democrática. Pero si lo único que sus enemigos lograron exhumar, tras décadas de investigaciones exhaustivas motivadas por un rencor inextinguible y un virulento resentimiento, fue esta nimiedad ridícula e irrelevante, entonces es más que obvio que en el caso de Paz no hay esqueletos en el armario.

Y como dijo el propio poeta:

“Hay que distinguir entre el picapedrero iconoclasta que derriba las estatuas y el perrito incontinente que orina a sus pies”.

Así sea…

P.D. Reto al autor del artículo de marras y a la revista que lo publicó a que se zambullan en un diccionario y le expliquen a sus lectores qué acepción de la palabra “trampa” se ajusta al proceder de Octavio Paz al abandonar la embajada de México en la India en 1968. Buena suerte…

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