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La felicidad en un cajón

Por Deniss Villalobos:

Emma aparece caminando por alguna calle de Apizaco, en el centro de Tlaxcala. En esa imagen, adivino, tendría alrededor de dieciocho años. Su expresión es seria: la boca recta, la mirada al frente y las manos en los bolsillos de un pantalón muy suelto de color claro. Encima lleva un suéter largo y oscuro que se confunde un poco con su pelo, tan corto que apenas roza los hombros y que lleva peinado con un par de pasadores.

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La casa llena de globos, mi mamá jovencísima con una sonrisa enorme y una camiseta azul. Las paredes de hace cinco colores, tal vez durazno o crema. Pastel, regalos y refrescos. Una bebé en sus brazos con los cachetes rosados y los ojos casi cerrados.

En la puertita de un mueble algunas fotografías de varias mascotas. Una perrita negra y un gato bicolor acostados en la misma cama, una gatita gris esperando a que alguien meta el brazo por la ventana, un pastor alemán sentado en las escaleras y, la más especial: un canario que tenía cuatro nombres por el que lloró toda una tarde.

Una visita a la zona de manglares en Mandinga, Veracruz. En una foto aparece una araña enorme que tomaba el sol en un tronco. Parece amigable, como si hubiera posado para un documental de National Geographic. En otra, un montón de agua verde y la punta de una lancha. Cuando las veo, vuelvo a sentir que me asfixia la humedad.

Yo a los quince años tapándome el rostro porque no quería que mi cara de ese día quedara impresa en un papel para siempre.

Mi hermana viajando en un barco, con lentes oscuros y el pelo en la cara por culpa del viento.

El árbol de navidad lleno de regalos.

Todos sonriendo.

El campo.

El mar.

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Mi abuela guarda en un cajón cientos de fotografías que ha tomado a lo largo de ochenta años. En cada rollo hay imágenes que hace algunos años parecían ser eternas, tomadas en un tiempo en el que hacer clic en una cámara significaba que no había marcha atrás. Nadie dirigía su lente al mismo sitio dos veces, porque se sabía que ya no era el mismo, que después de unos segundos todo en el mundo había cambiado.

Es triste que la cámara de mi abuela ya no sirva para nada porque cada vez es más difícil encontrar rollos y cada vez hay menos lugares que se dediquen a revelarlos. Me doy cuenta de cuánto extraña tomar fotos cuando salimos, y el pesar con el que nos pide que imprimamos algunas de las muchas que nosotros tomamos con un iPhone y que realmente no nos importan tanto.

Probablemente no le cueste trabajo usar una cámara digital. Funciona casi de la misma forma que su vieja análoga, excepto que en lugar de un rollo hay una tarjeta negra en la que caben miles de imágenes. ¿Le causará el mismo entusiasmo tomar fotos sabiendo que, si salimos con los ojos cerrados o alguien hace cuernitos, puede simplemente volver a presionar el botón una y otra y otra y otra y otra y otra vez?

A veces entra a su cuarto, cuando todos estamos ocupados, y se sienta en la cama a ver fotografías. Aparta algunas, sus favoritas, y nos las vuelve a enseñar. Cuenta varias veces la historia de cada una. Y todos nos reímos de nuevo, como si hubiesen pasado apenas un par de días y no un montón de años. Nunca ha dirigido su cámara a algún momento triste, y ése es uno de sus muchos superpoderes: sus fotografías solo nos hacen pensar en buenos momentos. Creo que algunos pedazos de la felicidad de Emma caben en un cajón, y ya decidido su regalo de Navidad, espero que también quepan en una memoria de 16 gb.

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