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La degradación de la calidad democrática

Por Frank Lozano:

En nuestro país existe permanentemente la tentación de reducir el episodio a la anécdota. El despido de Carmen Aristegui se inscribe en esta lógica. Defensores y denostadores de la comunicadora enarbolan posiciones antagónicas e inamovibles, más cercanas a la militancia que al ejercicio de la razón, pero, si el despido es la anecdótico, ¿cuál es el episodio que vivimos? La degradación de la calidad democrática en México.

Detrás de esta afirmación hay hechos que la respaldan. En primer lugar, el nombramiento de Virgilio Andrade al frente de la Secretaría de la Función Pública. La rendición de cuentas y la transparencia no pueden depender de un empleado del Presidente que, curiosamente, también es el protegido del Secretario de Hacienda. Ese nombramiento fue una simulación, como una simulación será el resultado de dicha “investigación”.

En segundo lugar, el golpe institucional que se le ha dado a la justicia poniéndola en manos de un personaje cuya trayectoria en el servicio público es gris, Eduardo Medina Mora. No puede haber calidad democrática cuando la impartición de justicia se entrega a un cómplice del régimen, eso vulnera la autonomía e independencia de la institución.

En tercer lugar, la degradación de la calidad democrática se da cuando el Instituto Nacional Electoral permite que la dupla PRI, Partido Verde Ecologista, actúen en evidente mancuerna y en función de privilegiar sus intereses. Todos podemos ver y leer la naturaleza, función y alcance de su inescrupulosa alianza, menos el INE. El Verde ha hecho de los principios de equidad e imparcialidad accesorios baratos.

En cuarto lugar, la forma en que el poder legislativo hace su trabajo. Trabaja de espaldas a los ciudadanos. Lo hace despreciando el diálogo político, la deliberación social y el disenso. Lo hace apelando a los acuerdos cupulares partidistas por sobre la naturaleza de representación que le da sentido y razón de ser.

Finalmente, otro signo de la degradación de la calidad democrática es, precisamente, el desempeño de los medios masivos de comunicación. En México no es necesario que el Estado censure de manera frontal, el Estado chantajea y su poder radica en el presupuesto. Por otra parte, este gobierno en particular tiene alianzas implícitas con el duopolio televisivo Azteca-Televisa, mismo que se traduce en una red de complicidades que van de las telebancadas al uso de actores para promover partidos sin ética y a la presión para nombrar funcionarios.

Si bien el despido de Carmen Aristegui se puede leer como un asunto laboral entre particulares, la realidad es que tiene todos los elementos de una revancha política. Resulta inevitable relacionarlo con el despido de otro comunicador, diametralmente opuesto, pero que coincidió con Aristegui en la crítica al Presidente, Pedro Ferríz de Con.

Si a esto último le sumamos que México es un país sumamente peligroso para ejercer el periodismo, concluimos que lo que está pasando en el país es un paulatino deterioro de la calidad democrática, un silencioso pero implacable regreso del autoritarismo y de la peor versión del presidencialismo cuyo único y evidente beneficiario es el PRI.

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