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La curiosidad salvó al gato

Por Adriana Med:

Nacemos con una semilla por dentro que si se lo permitimos seguirá creciendo aunque nuestro cuerpo haya llegado a su límite de desarrollo. Se llama curiosidad. Quizá la conozcan por éxitos como “¿Por qué el cielo es azul?” y “Veamos qué sucede si muevo un imán a través de un circuito cerrado”. Goza de juventud eterna y plena  salud, de modo que ha asistido al funeral de la esperanza en numerosas ocasiones. Se reproduce muy rápidamente: cada pregunta te lleva a muchísimas preguntas más, tanto así que sacas al menos diez preguntas del sombrero por cada conejo.  Sin embargo no podríamos hablar de una  sobrepoblación de preguntas porque nunca se es demasiado curioso.

La curiosidad es también un acto de rebelión porque implica salir de tu zona de confort y decirle al mundo: “No me da igual, me interesa, quiero saber”. Para obtener conocimiento primero debemos estar abiertos a él, desearlo. Ser conscientes de nuestra ignorancia es una de las mejores cosas que pueden pasarnos. Una vez que te sepas ignorante querrás saber más y más, y entre más sepas, más te sabrás ignorante. La curiosidad alimenta la curiosidad. No se conforma. Quien crea saberlo todo nada aprenderá.

Uno de los tantos sabios consejos de Tove Jansson es que nunca pierdas el interés ni la curiosidad porque eso equivaldría a dejarte morir. Estoy de acuerdo. Tal vez por eso me extraña tanto la  teoría de que la curiosidad mató al gato. ¿No habrá sido al revés? Supongamos que sí, que por curiosidad el gato se metió en aprietos, pero gracias a los conocimientos adquiridos con anterioridad (guiado también por la curiosidad) logró superarlos. O que alguien más, un médico por ejemplo, salvó su vida con un tratamiento que fue producto de la curiosidad de una larga lista de investigadores. Podemos entonces concluir que la curiosidad salvó al gato. O quizá murió sabiendo algo grandioso que nosotros ni si quiera podríamos imaginar. Quién sabe. De cualquier modo es preferible ser un gato asesinado por la curiosidad que un hombre muerto de aburrimiento.

Una de las mejores cosas de la curiosidad es que no solo podemos alimentar la propia sino también la ajena. Y eso es la inspirar, después de todo: regar la semilla de los demás. No se trata de hacer el trabajo por ellos, sino de encenderles el entusiasmo por aprender, por pensar, por descubrir, por escribir, por viajar, por vivir. Para mí los divulgadores de ciencia y cultura son también y sobre todo divulgadores de curiosidad. Pero todos podemos ser eso último sin importar cuál sea nuestro oficio o profesión. Digamos que así como todas y cada una de las plantas son fuentes de oxígeno, nosotros podemos serlo de inspiración. Ser ese estímulo que alguien necesita para escuchar una canción, abrir un libro o cuestionarse cosas que antes daba por sentadas. Ni si quiera tenemos que hacerlo conscientemente, basta con que vivamos emocionados, con que seamos apasionadamente curiosos.

Nuestro peor enemigos es la indiferencia. Los seres humanos somos capaces de crear y descubrir tantas cosas tan maravillosas que no puedo creer que a veces seamos tan apáticos. Hay un universo allá afuera que nos llama y espera impacientemente. Lo menos que podemos hacer es no darle la espalda. Así que, ¡a regar!

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