Looking for Something?
Menu

La culpa es de Elena Garro

Por Alejandra Eme Vázquez:

nombre tan poco nombre

vives del otro lado

del precipicio de los sueños

“Adivinanza”

Las estadísticas indican que cada vez que se publica un libro nuevo de Elena Garro −una compilación de sus cuentos antes no existente, una de sus obras de teatro pobremente distribuidas, un estudio sobre su literatura, una antología de su poesía inédita−, un libro de Octavio Paz deja de editarse. Es un escándalo. Los textos de Garro ocupan, cada uno, invaluables páginas que podrían destinarse a una quinta parte de Piedra de Sol en minuciosa edición crítica o a los estudios sobre la mexicanidad sin los que la idea de patria no podría sostenerse. Pero son tiempos difíciles para el Canon de la Literatura Mexicana y éste, generoso como todo lo divino, también está dispuesto a diversificarse, a prestar oídos a quienes reclaman un espacio para los santos y santas de su devoción, siempre y cuando se compruebe que pasan por el indispensable control de calidad no sólo literaria, que eso sería demasiado fácil, sino humana y testimonial.

El próximo 11 de diciembre se cumple el centenario de “una de las mujeres más inteligentes, seductoras y terribles de nuestro siglo XX”, como la llama el crítico literario Christopher Domínguez Michael, quien ha dedicado una gran parte de su valioso tiempo a desenmascarar todo lo relativo a la autora poblana. Debe ser un enorme sacrificio para un estudioso de tal dimensión escudriñar tan exhaustivamente los detalles más recónditos de la vida de una persona para encontrarle todos los puntos cuestionables, pero nada es poco para el servicio a la Literatura: como todos sabemos, para pasar la prueba de la crítica y ser tratada como Escritor, una escritora debe ser auditada en su vida privada. Lo dice el propio Domínguez Michael, que “el trasfondo biográfico es indispensable para entender el genio de la autora”; no así con los varones, quienes, como todos sabemos, viven vidas más bien medianas y sólo interesan por lo que escriben, por lo bueno que dicen de sí mismos y por testimonios de sus más caros amigos.

Que Garro fue repudiada por toda la comunidad intelectual y pasó sus últimos años muy amargada, oiga. Que hasta el último día de su vida odió muchísimo a Paz, qué perturbador. Que fue espía, no puede ser. Bueno, que no se encontraron documentos específicos sobre ella en los archivos del ‘68 que el IFAI liberó, pero que sí fue mencionada en algunos a los que nunca se pudo acceder y por lo tanto no se puede comprobar nada contundente, da igual. Que embrujaba y envenenaba a todo el que la conocía, fíjese. Que fue amante, enemiga, paranoica, que únicamente escribía sobre sí misma, que se hundió ella sola. Y que fue una autora brillante como pocos, prolífica y disciplinada, por supuesto, eso se da por sentado y también lo mencionamos siempre pero no sin antes contextualizar todo lo necesario.

La culpa es de Elena Garro por no ser ejemplar. Cómo vamos a ponerla en el salón de oro de la Literatura Mexicana con esos antecedentes, qué dirían los lectores jóvenes ante el escandaloso hecho de que una mujer con tantos problemas personales esté, digamos, en el centro de múltiples homenajes oficiales por el centenario de su nacimiento o que se tapice con su rostro la vía pública. Cualquiera podría preguntar quién es y en qué embrollo nos meteríamos al tratar de explicarle que fue una enorme y extraordinaria autora, pero con una intimidad en tela de juicio. Su ejemplo deberá servir para que las autoras actuales lo piensen dos veces antes de ponerse al tú por tú con una figura probadamente importante del mundo literario o de tomar una decisión personal que el escrutinio futuro juzgará implacablemente; por eso deben hacerse de allegados y sobre todo allegadas que en cuanto vean que están manchando su posibilidad de validación póstuma, les adviertan: “Amiga, detente: estás haciendo un Elena Garro”.

Porque Garro lo habría puesto menos complicado si hubiera amado más a su patria, si hubiera sido buena esposa, si hubiera educado bien a su hija, si no hubiera huido, si no hubiera tenido amantes, si hubiera sido menos conservadora, si no hubiera sido tan seductora, si se hubiera resistido más a ella misma pero si con todo eso, hubiera escrito exactamente igual. Entonces sí, entraría al Canon de la Literatura Mexicana por la puerta grande como todos los autores que seguramente se lo han ganado por ser hombres de intachable reputación, cuya vida personal seguramente conocemos transparente y diáfana cual sauce de cristal, y cuyo ejemplo dorado seguramente seguimos al pie de la letra, jubilosos, en nuestro diario vivir.

Feedback

1

Deja un comentario

Efemérides

uncached

Twitter