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La criatura que habitamos

Por Deniss Villalobos:

En Japón se creía que los terremotos eran causados por un pez gato gigante llamado Namazu que vive en el centro de la Tierra; el pez movía tanto la cola que eso causaba movimientos demasiado intensos para los hombres, así que la tarea de mantener a Namazu quieto fue asignada a Kashima, un semidiós que con ayuda de una roca sagrada y su fuerza se encarga de evitar que el pez cause destrucción, aunque de vez en cuando Kashima necesita descansar y es entonces cuando Namazu comienza a moverse.

En el Noroeste del Pacífico, en los Estados Unidos, los nativos americanos contaban una historia diferente: mientras una ballena privaba al pueblo Quileute de comida y aceite, un ser sobrenatural benévolo, el ave del trueno, se lanzó al mar para detener al monstruo. Durante las peleas un gran número de olas y movimientos se generaron, causando la muerte de muchas personas, hasta que finalmente el ave ganó y logró sacar a la ballena del mar arrastrándola hasta la orilla.

En Siberia creían que la tierra se encontraba sobre un trineo conducido por el dios Tuli, y cuando los perros que arrastraban el trineo sentían comezón a causa de las pulgas, se rascaban causando que el mundo temblara. En Mozambique se dice que la Tierra a veces está resfriada y los terremotos suceden cuando ésta estornuda.

En la Antigua Grecia la culpa era de los dioses: los griegos creían que Poseidón, el dios de los mares, era responsable de que la tierra se sacudiera; los romanos acusaban a Vulcano, hijo de Juno y Júpiter, dios del fuego y los volcanes. El punto es que los humanos hacían enojar a los dioses y estos, para castigarlos, descargaban toda su furia haciendo que todo cayera. A pesar de estos mitos, fue también en la Antigua Grecia donde aparecieron las primeras explicaciones asignando causas naturales a los terremotos, pues Anaxímenes y Demócrito pensaban que la humedad, el vapor y el agua eran la causa.

Hoy en día sabemos que los terremotos son “movimiento telúricos, un fenómeno de sacudida brusca y pasajera de la corteza terrestre producida por la liberación de energía acumulada en forma de ondas sísmicas”. Todas estas historias son leyendas y ya nadie piensa que vivimos en un mundo que descansa sobre tortugas, elefantes y serpientes que se mueven pero, como escribió una vez Tolkien, hemos olvidado que esas cosas que nuestros antepasados explicaron con magia sí están vivas.

Desde el martes pasado le pongo tanta atención a la tierra que todo el tiempo siento cómo respira. Había olvidado que habitamos un ser vivo. Si ignoro un poco los sonidos a mi alrededor; la televisión, la música en la calle, los autos, las voces… la tierra bajo mis pies está siempre vibrando. Como mi gata cuando descansa sobre mi regazo, imagino que el pecho de la Tierra sube y baja mientras duerme, o le cuenta secretos a las rocas en un susurro que a veces mueve el suelo sobre el que nuestras casas fueron construidas.

Sigo muy triste por lo que pasó en mi ciudad, salgo a la calle y estoy alerta, intento encontrar los puntos hacia los que tendría que caminar en caso de temblor para estar a salvo, me alejo de los edificios de más de dos pisos, tengo miedo de dormir en ropa interior por si hay que salir corriendo a media noche, me baño tan rápido como puedo y bajo el agua no me siento tranquila. Pero recordé algo importante: la tierra se mueve.

No solo orbita al sol, no solo da vueltas. Bajo nosotros se está moviendo. Qué simple. ¿Cómo lo había olvidado? Todo el tiempo se está moviendo. Hay en todo momento temblores casi imperceptibles, pero que no causen destrucción no quiere decir que no sucedan. La tierra se mueve. El lugar que habitamos se mueve. Construimos un mundo sobre algo vivo; placas tectónicas, peces gato, ballenas, trineos arrastrados por perros pulgosos. La criatura que habitamos se mueve. Siempre hay que estar preparados. No hay que volver a olvidarlo.

 

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