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La casa de cristal en la vida cibernética

Por Nerea Barón:

De mi lectura de La insoportable levedad del ser, hace ya más de una década, se me quedó una pregunta que cada tanto vuelve a mi mente: ¿Qué es vivir en la verdad? Kundera, en su Pequeño diccionario de palabras incomprendidas, contrapone la perspectiva de dos de sus personajes que tienen un amorío destinado al fracaso:

Para Franz, vivir en la verdad significa no mentir, no ocultarse, no mantener nada en secreto y suprimir la barrera entre lo privado y lo público. Le agrada citar la frase de André Bretón acerca de que le gustaría vivir «en una casa de cristal» en la que nada sea secreto y en la que todos puedan verlo. En cambio, para Sabina vivir en la verdad es no mentirse a uno mismo, lo cual sólo es posible cuando se tiene una vida privada. «En cuanto hay alguien que observa nuestra actuación, nos adaptamos, queriendo o sin querer, a los ojos que nos miran y ya nada de lo que hacemos es verdad», dice Kundera. Tener público, pensar en el público, es vivir en la mentira.

Personalmente, más de una vez he aspirado a construir una casa de cristal. Lo digo con vergüenza, ya en perspectiva. He sido transparente hasta la escatología con mis parejas y en mis redes sociales. ¿Pero dónde está el límite? Lejos de sentirme cada vez más sincera, tal persecución sólo me ha llevado a sentirme cada vez más estridente. Entonces reaparece en mi mente Sabina: qué delicioso ha de ser saberse uno mismo a tal punto que toda ambigüedad, toda falsa acusación, todo secreto y todo vidrio empañado lejos de angustiarnos nos haga alzarnos de hombros, convencidos de que el dedo acusatorio apunta al aire: estamos siempre en otra parte.

Mentiría si dijera que estoy del todo rehabilitada de esta tendencia a la sobreexposición, pero ahora que se puso de moda el Sarahah, cohabitando con el Curious Cat, me dio gran alivio darme cuenta de que ya no sentía tentación alguna de jugar esos juegos. ¿Por quién ansiamos tanto ser vistos y hasta qué punto le rendimos pleitesía y le damos poder a esa mirada? Más aún, ¿qué trastoca dentro de nosotros el interrogatorio sobre lo que somos? ¿Realmente nos abre puertas de autoconocimiento, o sólo vuelve más turbio el canal de comunicación con nosotros mismos?

Vivir en una casa de cristal da problemas. ¿Podemos afirmar realmente que somos éstos cuando cada una de nuestras decisiones sobre vestirnos o desvestirnos, gritar o conciliar, hacer o deshacer, pasa por la conciencia de la mirada ajena? En todos los años que llevo en Twitter, me ha tocado subir al estrado del acusado cuando menos en un par de ocasiones, casi siempre por afirmaciones tajantes cuyo impacto no calculé al hacer. El resto de la coreografía es bien sabida: debate, justificación, maldisfrazado sentimiento de ignominia, bomba de humo. ¿He aprendido de tales deslices? Sí. ¿Ha sido la forma más generosa de aprender? Lo dudo mucho.

Cada vez que me revuelca la vida tengo la agria intuición de que la ideología es un arma blanca que muchas veces usamos contra nosotros mismos. ¿Qué fue primero, la vida o su sostén teórico? Quizá eso es el pecado original: primero ser y luego averiguar qué reglas hemos roto. Una feminista enamorada de un hombre cualquiera –sin deconstruir, naturalmente– puede lamentarse con amargura, pero el temblor que ese hombre le despierta y la brecha de aprendizaje que con ese encuentro se abre son tan verdaderos como sus creencias. El mínimo respeto que podemos extenderle es el de no hacerle demasiadas preguntas ni increparle su decisión, ya ella acomodará las piezas cuando llegue el momento.

No nos vendría mal reconquistar el derecho al silencio, el derecho a la privacidad, a no saber, a encontrarnos a la mitad de algo. Pienso en la sinceridad como una llama: no queremos que incendie un bosque, no queremos apagarla de un soplido. Honrarla es darle el espacio justo, no más, no menos. Toda autobiografía es una ficción y los discursos justificatorios o explicativos sobre la propia vida o las propias ideas no son más que danzas lingüísticas alrededor de un objeto, pero el objeto es nuestro y sólo nuestro. No hace falta que sea de otra manera.

 

 

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