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La cabina del Paradiso

Por Deniss Villalobos:

Creo que el tiempo es la razón por la que una persona va normalmente al cine: por el tiempo pasado, perdido o aún no vivido.

Andréi Tarkovski, Esculpir el tiempo

Si los momentos se pudieran congelar, como dice Jarvis Cocker en Slush, existen un par que me gustaría conservar en el refrigerador para no perder nunca, como aquellos que tengo del cine cuando era niña. Mi papá no trabajaba los fines de semana, así que los domingos se trataban de despertar a las nueve o diez de la mañana, almorzar lo que él había preparado —casi siempre hotcakes o huevo en salsa verdeacompañados de un jugo de naranja — e ir al cine más cercano, que se encontraba a media hora caminando y constaba de tres salas, una taquilla pequeña donde solo cabía una persona, un baño siempre abarrotado y una dulcería donde te servían palomitas dos veces.

En ese cine, cuando existía la permanencia voluntaria, vi alguna película de Star Wars de la que solo conservo algunas imágenes: una nave enorme sobre un campo árido y batallas llenas de luces rojiazules; La Dama y el Vagabundo en alguna matinée infantil donde pasaban clásicos de Disney a falta de algún estreno; Toy Story en compañía de todos mis primos; Titanic y Jóvenes Brujas de las que solo recuerdo haber estado formada por casi cinco horas con mis padres; Una mente brillante, la primera película no infantil que me hizo llorar; Million Dollar Baby y El Pianista, que hicieron llorar a mi papá; además de todas las cintas de fantasía que me distraían o hacían viajar durante dos horas en las que ni siquiera iba por más palomitas para no perderme un solo segundo, como Harry Potter y la piedra filosofal, El señor de los anillos o El viaje de Chihiro, que en 2003, y casi milagrosamente, fue exhibida en ese complejo de Multicinemas que estaba cerca de mi casa.

También recuerdo a papá los días en los que casi no había gente, cuando el cine a las once de la mañana se convertía en área de juegos, dormido en la penúltima fila, con la cabeza echada para atrás lanzando repentinos ronquidos que ninguno de los otros padres dormidos notaba. Mi hermana y yo jugábamos a recorrer toda la sala, donde nos encontrábamos con los hijos de esos otros padres dormidos, y se creaba entre nosotros un vínculo brevísimo y fuerte que nos habría alcanzado para robar con éxito todos los bancos del municipio, pero que usábamos para recorrer juntos la sala en busca de algún tesoro que hubiese quedado perdido en el suelo, entre todas las butacas de tela roja de aquella sala que rara vez se barría.

Después del cierre del complejo Multicinemas, un enorme Cinépolis se inauguró un poco más cerca de casa y en esa nueva rutina, mucho más normal y aparentemente grata, me costaba trabajo encontrar algún hilo que conectara al viejo y al nuevo cine, algo que me hiciera sentir como antes. A pesar de las comodidades y ventajas había algo que no iba bien en ese nuevo lugar, y constantemente me sentía triste al recordar que el cine en el que pasé tanto tiempo era ahora una tienda llena de lavadoras y celulares que se vendían en pagos quincenales. Me decía a mí misma que el nuevo cine era mucho mejor; había más espacio, baños decentes, una dulcería futurista y trece salas siempre limpias, pero en el fondo extrañaba el viejo lugar de los domingos, con el refill de palomitas, los carteles rodeados de focos amarillos, la alfombra roja en la entrada y los padres roncando. Fue algunos años después, cuando vi Cinema Paradiso, que entendí por qué extrañaba tanto el lugar en el que vi las primeras películas de mi vida.

Una de mis partes favoritas es esa donde Totó, el protagonista, va a dejar su pueblo natal. Alfredo, quien ha sido un amigo y mentor para Totó desde que éste era pequeño, le exige que nunca vuelva al lugar del que se marcha; que no piense en él ni en su familia, que se olvide por completo de aquel sitio y le advierte que si vuelve, no lo dejará entrar a su casa ni hablará con él. La escena continúa con Alfredo, sentado en una banca de la estación de trenes (usando lentes oscuros debido a la ceguera causada por un accidental incendio del que Totó lo salvó en el cine), tomando el rostro del muchacho quien de rodillas escucha conmovido las palabras de su amigo.

“Lo que sea que termines haciendo, ámalo, como amaste la cabina del Paradiso.”

Esa secuencia termina con Totó alejándose de Alfredo y su familia en un tren, observando por última vez el lugar y a las personas que no volverá a ver hasta mucho tiempo después. Ese tren y esa despedida se han repetido una y otra vez en la pantalla, antes y después de Cinema Paradiso, como en Falso movimiento, Antes del amanecer, Los paraguas de Cherbourgo y hasta en Toy Story. Las personas, en el cine y fuera de él, siempre se están yendo, despidiéndose de una parte de sí mismas en una estación de trenes, y siempre se van en busca algo que, tal vez, algún niño se encontrará tirado entre las butacas de un cine.

Las películas de nuestra vida son todas las que vimos cuando éramos niños. Los besos que vamos a recordar en una pantalla son los que nos sonrojaron y emocionaron a los siete años, aquellos que nuestros padres creían que no podíamos ver si nos cubrían los ojos, pero que continuaban clarísimos en nuestros párpados, convirtiéndonos en directores de cine al poner la palma de su mano sobre nuestro rostro. Somos, en gran medida, lo que vimos en el cine, pero también lo que solo imaginamos.

Más que los títulos, lo importante del viejo cine, al que extrañaba estando en uno moderno y con una gran oferta, eran todas las horas que pasé ahí: los juegos con los otros niños durante el intermedio, las butacas rojas, el señor que recibía las entradas y la luz saliendo del pequeño cuadro en lo más alto de la parte trasera de la sala. La pantalla y la luz. El tiempo fuera del tiempo.

Amar la cabina de nuestro propio Paradiso. Eso es lo que hacemos cada vez que entramos al cine. De algún modo somos Alfredo y Totó, los dos al mismo tiempo: quedamos ciegos en nuestro Paradiso, perdimos ahí una forma de ver el mundo que vivirá por siempre en el cine de nuestra infancia; y también somos la persona que se aleja en un tren, intentando recuperar la vista, intentando traer de vuelta los primeros besos, que no fueron los que recibimos de unos labios, sino aquellos que vimos o imaginamos   en la pantalla del primer cine.

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