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La bendición de los exes

Por Nerea Barón:

Hace unas semanas me encontré con una columna de la querida Valeria Villa (@valevillag) que preguntaba “¿Cuántos exes te habrías podido ahorrar?”. La columna versaba sobre la dificultad de cerrar ciclos y hacía una invitación a ser más selectivos, “porque por intrascendente que sea una relación, aunque se trate de un intercambio estrictamente sexual, todas las experiencias se quedan, de algún modo y en alguna medida, en la mente, en el cuerpo y en el corazón”. Y agregaba: “De pronto el ático o el sótano de sus recuerdos se ve plagado de exes, muchos de los cuales debería haberse ahorrado”.

Pese a que por lo general suelo estar de acuerdo con ella, las implicaciones de esa columna me parecieron difíciles de digerir. No, yo no me pude haber ahorrado ningún ex, y no porque todos fueran grandes partidos, hombres buenos y apuestos en corcel blanco, sino precisamente por lo que ella enuncia como un pero: porque de algún modo y en alguna medida esas experiencias se quedaron en mi mente, en mi cuerpo y en mi corazón.

El mito de la vida higiénica, aquella que se atraviesa sin mácula, sin heridas y sin errores, no sólo apunta a un imposible (lo que puede derivar en grandes montos de culpa y autorrecriminación en las personalidades severas), sino que pierde de vista el hecho de que la vida también es una construcción, un proceso gradual de aprendizaje, un camino. Si somos capaces de diferir con nuestras decisiones del pasado es porque las trascendimos, pero de no haberlas tomado nunca, ¿cómo podríamos contar con el conocimiento necesario para tomar decisiones distintas?

Respetar lo que somos es también respetar toda la historia que nos constituye, poder ver con compasión a las versiones menos evolucionadas de nosotros y, en todo caso, redimirlas en presente con una forma de vida más plena y un ejercicio más consciente de la voluntad.

De cualquier manera, desengáñese tu vanidad: seguirás tomando malas decisiones, sobre todo si éstas son juzgadas desde el rígido ideal de la pureza. Sin embargo, basta cambiar de ángulo para que dichas decisiones sean también perfectas: por algo ese camino te seduce y te engancha; algo habrá que comprender ahí.

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