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La belleza real todavía no es real

Por Deniss Villalobos:

El mundo no necesita otro post sobre belleza real pero eso es lo que voy a escribir, porque últimamente me he encontrado con tantas campañas que intentan reivindicar la belleza de las mujeres de una manera tan engañosa y mandona, que me gustaría decir algo al respecto.

Empezaré hablando de las campañas de Dove que en algún momento nos emocionaron tanto. Mi favorita es la de los bocetos: varias mujeres entran a una sala en la que una persona que no puede verlas hará un retrato de ellas basado exclusivamente en la descripción que ellas hagan de sí mismas mientras quien dibuja les hace algunas preguntas. Después, el mismo artista hará nuevos retratos de las mismas mujeres, pero ahora basado en la descripción que alguien más (un amigo, pareja o familiar) haga de ellas. Cuando se muestran los retratos a las participantes su reacción es conmovedora. Podemos ver en sus rostros que, por primera vez, se dan cuenta de que se perciben físicamente de una manera negativa, cuando las personas que las rodean ven a mujeres hermosas en las que importa más una sonrisa o un lindo gesto que los defectos que puedan tener.

Pero los intentos de Dove por hacer que las mujeres nos sintamos mejor con nuestro físico no han sido siempre un acierto. La última campaña que pude ver de la marca se trataba de algo así: colocaron letreros encima de dos entradas a un edificio en diferentes ciudades del mundo. Uno de los letreros decía “bonita” y el otro “normal”, así que las mujeres que entraban al lugar debían elegir una de las puertas y así, según Dove, también definían la forma en la que se perciben a sí mismas. De una campaña a otra pasamos de una descripción completa que las mujeres hacían de sí mismas, a tener que elegir entre dos etiquetas tramposas, sin importar que una de ellas pueda ser positiva.

¿No los intentos por reivindicar la belleza deberían también tomar en cuenta que no tenemos que sentirnos hermosas todo el tiempo? Si estamos muy lejos de un mundo que no necesite de estas campañas, entonces me gustaría que nos dijeran que está bien no pensar que somos hermosísimas todo el tiempo; que dejen de decirnos que nos sintamos bonitas y hablen de por qué no nos sentimos bonitas. Eso sería mucho más realista que dividir al mundo entre cisnes y patitos feos, porque creo que en el mundo real, fuera de lo que esas marcas nos muestran, la mayor parte de las mujeres saltamos, en mayor o menor medida, de una idea a otra en relación a nuestra apariencia, pasando mucho tiempo en los lugares intermedios que caben entre las etiquetas “bonita” y “fea”.

Por otro lado, están las campañas que giran en torno a fotografías o videos de mujeres con tipos de cuerpo distintos entre sí, y que tienen como fin mostrar que sin importar el peso o el color, todas las mujeres somos bellas. Un ejemplo de esto es la campaña I’m No Angel de Lane Bryant que se volvió viral hace unos meses. Me llama la atención cuando veo este tipo de campañas encontrarme a mujeres con sobrepeso y obesidad que siguen teniendo la misma piel perfecta y rasgos que tienen las modelos que se muestran en las revistas o pasarelas que promueven estereotipos de belleza inalcanzables, contra los que se supone que están estas campañas de reivindicación. Mujeres que siguen siendo sexualizadas, que siguen teniendo ojos azules, pelo hermoso y brillante, pechos perfectos y sonrisas con dientes de comercial de dentífrico.

En estas campañas, la palabra “real”, según entiendo, se usa para hablar de las mujeres que vemos todos los días en la calle: nuestras madres, abuelas, maestras, compañeras de trabajo, primas, amigas y nosotras mismas, no para sugerir que las mujeres delgadísimas son irreales. En esas fotografías casi siempre hay una mujer asiática, una negra, una latina, una pelirroja y una rubia para que se cumpla la cuota de colores. Hay una muy delgada, una atlética, una con caderas grandes, una con grasa en el abdomen y senos protuberantes, una muy curvy y alta y otra con obesidad. Esos tamaños y colores están bien: era necesario que la televisión, las pasarelas y las revistas dejasen de ser medios exclusivos para mujeres de menos de 50 kilos y más 1.70 de estatura, no porque el mundo tenga algo contra ellas, sino porque lo que representan es muchas veces dañino, aunque existan excepciones de modelos que no se matan de hambre y de mujeres delgadas que también sufren burlas o acoso.

Pero entonces, ¿dónde está lo “real” en esas campañas? Parece, viendo varias de ellas, que solo cambiaron el color y el tamaño de las modelos de Victoria’s Secret, y si le mostramos las imágenes a las mujeres de nuestra familia o la colonia en la que vivimos (estemos en México o en la India) probablemente la gran mayoría se sientan tan lejos de ellas como de Cara Delevingne o Frida Gustavsson. Citando a Virginia Lemus: más que belleza real, estas campañas son una muestra de un estándar mínimo común de lo que se considera comerciable.

Tal vez el día en que las campañas muestren a mujeres con estrías, celulitis, cicatrices, vello o pechos asimétricos, entre otros “defectos” que hoy en día siguen sin formar parte de lo que la publicidad y la industria de la moda nos dan permiso de considerar bello, llegaremos a esa reivindicación que algunas marcas pretenden lograr ahora a base de regaños y más estereotipos; un día en que estas campañas, además de ser comerciales bonitos que nos hagan llorar y tengan como único fin vender más, se conviertan también en programas que ayuden a crear un cambio significativo en la forma en que nos percibimos no solo diciéndonos que debemos sentirnos de tal forma, sino también analizando y exponiendo las razones por las que muchas mujeres nos podemos llegar a sentir tan mal al vernos frente al espejo.

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