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Kintsugi

Por Deniss Villalobos:

Los solitarios somos personas rotas a las que les gusta jugar con sus piezas.

Merlina Acevedo

I

De niña, cuando me quedaba sola, me gustaba abrir la puerta de cristal de una alacena que mi abuela tiene en su casa y curiosear todo lo que había ahí. Recuerdo especialmente dos cosas: un elefante gris, el más pequeño de un juego de tres, que iba agarrado a la cola de su madre y ésta a su vez agarrada a la cola del esposo elefante. La figura pequeña era mi favorita porque tenía una de las patas quebradas. Era un gran misterio para mí observar a ese elefante que, a pesar de no tener la mitad de una pata, estaba siempre de pie. Me angustiaba que los elefantes nunca pudieran llegar a casa porque el más pequeño estaba roto. Mi otro objeto favorito de aquella alacena era una taza pintada con flores rosas, la típica taza que imaginas cuando hablamos de té y abuelitas. Una tarde, mientras veía todos esos tesoros, me atreví a ir más lejos: en lugar de solo abrir la puerta de cristal y observar, decidí sacar la taza y llenarla de agua para fingir que estaba tomando café. El horror llegó cuando ni siquiera pude llegar a la mesa. No sé si fue culpa de los nervios o de mi torpeza, quizá una mezcla de ambas, pero vi cómo la taza resbalaba entre mis manos  y se estrellaba contra el piso. Ahora no recuerdo qué hice después, si escondí los pedazos, los tiré o confesé mi crimen, lo único claro es la imagen de la taza de flores rosas hecha añicos.

II

En Japón existe una técnica llamada kintsugi (金継ぎ), una vieja tradición que consiste en reparar piezas de cerámica rotas con una mezcla de resina y polvo de oro. La historia de esta técnica puede rastrearse hasta finales del siglo XV, cuando se cuenta que el shōgun Ashikaga Yoshimasa envió a reparar a China un tazón de su propiedad que se había roto. Cuando la pieza volvió, Yoshimasa se encontró con un tazón tosco e inservible que había sido reparado con unas feas grapas de metal, y entonces decidió buscar la ayuda de artesanos japoneses que pudieran hacer un mejor trabajo, naciendo así esta nueva forma de reparar cerámica que, más tarde, se convertiría en un arte. Se dice que algunos coleccionistas japoneses fueron acusados de romper a propósito varias piezas de cerámica muy valiosas con el único fin de que fueran reparadas con esta técnica. Las piezas, según los artesanos, son todavía más fuertes y hermosas de lo que eran antes de ser reparadas, ya que las grietas que dejó su ruptura son ahora visibles. La historia del objeto no debe esconderse, sino que se enaltece mostrando a través del oro que la fragilidad de la pieza y su capacidad de recuperarse la vuelve más fuerte y valiosa.

III

Me  gustaría haber sabido algo sobre la reparación con oro cuando rompí la taza de flores o cuando veía fijamente la pata fracturada del elefante. No para reparar esos objetos, sino para entender que algo roto no se convierte siempre en algo inservible. He llorado al ver una gran cantidad de cosas que apreciaba partidas en dos, tres o cien pedazos, pero con el tiempo ya no me pesa tanto la fractura o la pérdida total de ellas: prefiero que las grietas de los objetos que encuentro valiosos me hagan recordar historias que, de haber permanecido intactas, seguramente habría olvidado.

IV

Todos hemos roto algo: anteojos, platos, discos, macetas o espejos, pero también nos han roto a nosotros. Pienso, por ejemplo, en la cicatriz que llevo en la frente causada por una caída junto al mar, o en la herida que dejó la pérdida de la mascota que me acompañó durante toda mi infancia: esas fracturas son parte de mí y de mi historia. Alguna vez hablaré con alguien sobre cómo me hice esas cicatrices. Alguna vez las grietas serán palabras y las palabras serán oro. Tal vez no hay forma de controlar qué puede rompernos o cuándo caeremos, tal vez las heridas nos preceden y es imposible no llegar a ellas, pero nos queda la opción de seguir caminando para caer otra vez, para rompernos una vez más y, de vez en cuando, sentarnos a jugar con nuestras piezas.

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