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Just to surrender

Por Nerea Barón:

It’s hard to hold the hand of anyone who is reaching for the sky just to surrender”, dice Leonard Cohen en The stranger song, una de las canciones más evocativas que conozco. Si tuviéramos que forzar alguna interpretación, la canción habla de gente que llega y gente que se va. De gente que cree que quiere quedarse (He was just some Joseph looking for a manger) pero termina sintiéndose traicionado cuando el otro le ofrece el refugio buscado, porque éste no era su verdadero deseo. (He’ll say one day you caused his will / to weaken with your love and warmth and shelter).

The stranger song trata de la imposibilidad del apego y la imposibilidad del desapego. Trata de gente que, por no querer conformarse nunca, termina sin ver lo que tiene delante, y entre más crece su avidez más se le esconde su propio anhelo. (Like any dealer he was watching for the card that is so high and wild / he’ll never need to deal another). Trata de gente cansada que quiere dejar de hacerse cargo de sí misma, pero una vez que encuentra cobijo, sus sueños vuelven a despertarse y a arrojarla lejos del nido que creó. (But now another stranger seems / to want you to ignore his dreams / as though they were the burden of some other).

Y trata, también, de cómo todos participamos de esa voracidad primitiva, de ese autodesconocimiento, de ese bucle temporal que, en cuanto se desenreda, se desvanece. (The door is open you can’t close your shelter / You try the handle of the road / It opens do not be afraid /It’s you my love, you who are the stranger).

Pero de toda la canción, el verso “It’s hard to hold the hand of anyone who is reaching for the sky just to surrender” me atrapa como ningún otro. Siempre creí que era el stranger, ávido de victorias y conquistas, el que no podía sostenerle la mano a ella, quien sólo quería alcanzar el cielo para rendirse –abrir los brazos y, sin mayor agenda, entregarse–. Sin embargo, hace poco escuché la interpretación opuesta: no era ella sino el stranger el que se rendía en cuanto alcanzaba el cielo; es decir, el que no podía sostenerse ahí, el que desistía.

La diferencia de interpretaciones reside en qué entendemos por rendirse. ¿Rendirse es bueno o es malo? Nos han enseñado a nunca rendirnos, a resistir, a no ceder en nuestras conquistas, ¿pero no es la rendición en sí misma una conquista? Rendirse es también dejar de oponerse a la realidad del deseo y del devenir, es dejar de querer regir sobre todo lo vivo que se expresa dentro y fuera nosotros, es atreverse a ser nada. Porque quizá el cielo no se alcanza escalando la montaña más alta, sino dejándose caer al suelo y desde ahí, ver cómo se abre el universo.

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