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Jaula de pájaros

Por Nerea Barón:

No necesito que las cosas me salgan bien. A veces tengo el privilegio de estar ahí, en medio de ellas, como en medio de una jaula de pájaros. Basta y sobra. La gratitud es también la dulce realización de que todo, a nuestro alrededor, revolotea. Las plumas caen y alguien las barre. Fin del día, triste maravilla.

A veces duele que la vida sea buena con nosotros. He seleccionado las palabras correctamente: duele. Impronta fugaz de la hermosura sobre el barro de la sensibilidad. La otra noche, Ata se me quedó mirando con dulzura triste como si mirara el tiempo, infinito y acuoso. Descalza y con el pelo suelto, sentada en cuclillas como se sientan los niños, entendí que yo encarnaba el tiempo y, cigarro en mano, cerré los ojos. Compartí su tristeza. El nombre propio –ese vocablo vibrante– es simultáneamente el inicio y el fin del vuelo.

Estoy triste, que es otra forma de decir que guardo en el fondo del paladar una bocanada de silencio. El tiempo –que soy yo– es también un espejo de agua. ¿Acaso mueren los pájaros? ¿Acaso les ocurre la muerte como un evento súbito y fulminante o será más bien que en sus pequeños cuerpos llenos de hormigas siguen asomándose las dos puntas de la vida?

Se requiere cierta serenidad para abrazarse y dejarse ser un ovillo de nada. La gente se consuela entre sí diciendo que el tiempo pasa sin penetrar en el corazón de esa afirmación. El tiempo pasa, sí, pero eso significa también que ya pasó, que está pasando en el viento frío que roza la cara, en el café caliente, la somnolencia suave y la promesa que abre brecha aunque no se cumpla. El tiempo no pasa: somos nosotros, nudos de aliento, quienes lo transitamos.

Quiero aprender a ser, yo misma, una jaula de pájaros. Aprender a sostenerme, impávida, mientras contengo el alboroto colorido de una parvada de latidos. Siento. ¿Por qué habría de encorvar la espalda y negar el secreto? ¿Por qué habría de maldecir el torbellino de pájaros, la mirada triste de quien me ama, los libros olvidados en el camino o la mala memoria del viajero? El tiempo es una caricia, la estela de una partida.

La gata, con su corazón de ojo de agua, se me escurre entre las piernas. Ella también es un ovillo de nada, un instante encarnado. Se deja acariciar. No necesito más para sentirme enraizada. En unas horas alguien volverá a pronunciar mi nombre y seré, una vez más, un derrotero del tiempo; la cuerda tensa entre el acaecer y su resistencia.

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