It began as a mistake

  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •   
  •  

Por Nerea Barón:

Recientemente leía a alguien preguntar qué consejo nos daríamos a nosotros mismos hace un año exactamente. Pensé la pregunta y claro que vino una respuesta a mi mente. Pero cercenar el error es cercenar la vida: ¿cómo podría haber tenido los aprendizajes que tuve hace un año, si no hubieran tenido lugar las equivocaciones que les dieron origen?

La tira cómica de Saturday Morning Breakfast Cereal se burla de eso en una de sus entregas: parece que los humanos tenemos un síndrome de Estocolmo con nuestra propia historia. Es verdad. Por otro lado, también es verdad que no tenemos un genio que nos permita corregir los errores del pasado, por lo que asumir e integrar es el único recurso que tenemos disponible para hacer valer el paso del tiempo. No es un recurso menor.

Dan Gilbert llama a eso felicidad sintética: a la capacidad que tenemos para apropiarnos de nuestra realidad de modo tal que nos parezca que nos encontramos en el mejor de los mundos posibles. Obtener lo que queremos está sobrevaluado, dice Gilbert, o al menos no tiene una injerencia tan contundente como creemos en nuestra felicidad.

Pero empezar por ahí ya es empezar con el pie equivocado, pues supone de entrada que sabemos distinguir lo deseable de lo indeseable, como si de suyo fueran independientes e incompatibles. Como esa tendencia tan nuestra a etiquetar los años como buenos o malos. ¿Un año difícil es necesariamente malo, por ejemplo?

El problema de moralizar los eventos es que nos distrae del mensaje que en ellos habita. Tenemos parámetros, por supuesto, como la abundancia, la salud, los logros, el bienestar de los nuestros. Si estuviera en nosotros controlar todas las variables de nuestras vidas, seguramente tendríamos más de una idea de por dónde comenzar.

No obstante, los problemas aparecen irremediablemente, los desastres naturales, los cambios de planes, la disparidad con las voluntades de los otros. Y con ellos, generalmente aparece también la queja o el lamento, lo que sólo acaba por solidificar la impotencia, borra todo matiz y nos desconecta por completo del sentido de gratitud.

Cuando miro este año en retrospectiva, no puedo sino honrarlo en silencio. Cada encuentro, cada pérdida, cada momento de confusión, cada trago amargo de humildad trajo consigo un llamado a comprender, a crecer en compasión, a escuchar y escucharme mejor y a hacerme cargo de mis necesidades y de mis descuidos. No puedo pedir más. Y es que la abundancia también tiene sus formas, sus ritmos y sus cobros siempre justos. Basta ver más allá de lo que nuestros caprichos imponen.

Nos vemos el siguiente año para seguirnos acompañando en los nuevos desastres, en los nuevos errores que sucedan. Será maravilloso.


  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •   
  •