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Inventario

Por Alejandra Eme Vázquez:

I

A finales del semestre pasado, iba yo subiendo las escaleras hacia el salón en donde daría clase de Literatura al grupo de preparatoria que apenas acababa de tomar, en sustitución de su maestro anterior que dejó la escuela sin terminar el semestre. Todo normal, hasta que escuché a dos alumnos de ese grupo conversar en el pasillo unos minutos antes de que comenzara mi clase:

− ¿Con quién nos toca?

− Con Mechacorta.

Mechacorta era yo. De esa manera me enteré por primera vez de un apodo que me hayan puesto mis alumnos, seguramente no el único pero sí uno muy ingenioso y, hay que decirlo, atinado. Había tomado ese grupo algunas semanas antes y había entrado el primer día con mis aires de “llevo dando clases desde 1998” y la certeza de que nada podría salir mal. Pero sí salió. Uno de mis alumnos me retó como nunca me habían retado antes de que pudiera siquiera presentarme, y tuve que convertir esos años de experiencia en acciones concretas para recuperar “mi autoridad”. Logré no amedrentarme y mostrar un poco de mi catálogo de regaños efectivos, pero a cambio de dejarlo a él con actitud derrotada y en total silencio durante toda la clase.

Una vez que me calmé y pasé el mal trago, le pedí una disculpa pública al alumno retador y él recobró el buen ánimo, pero también pude hablar francamente con el grupo sobre lo que entiendo por docencia y cómo sentirme agredida desata una actitud en mí que no me enorgullece, pero que he entrenado durante años casi como defensa personal. “O sea que usted es de mecha corta, maestra”, me dijo una chica con total franqueza. Yo sonreí y asentí: “Puede decirse que sí”. Y así fue como un grupo de prepa me recordó clarito que la docencia se trata de construir todos los días, sin confiarse de la experiencia, y me obsequió un apodo que entre más le pienso, más representa a ésa que también soy.

II

Hace algunos años, en Aguascalientes, obtuve mi primer trabajo como profesora de secundaria. Todos los grupos, todas las horas. Y durante los cinco años ininterrumpidos que trabajé ahí, hasta que cerraron la escuela y yo me mudé de ciudad, me transformé: aprendí a enorme velocidad muchas cosas sobre el trato con adolescentes y sobre estrategias de enseñanza. Aprendí a querer a mi programa de Español y a entender qué significa eso de propiciar alumnos competentes; resignifiqué la ortografía, la declamación, la creación literaria, la lectura misma ahora desde el punto de vista de todos esos jóvenes que se convirtieron en lo más importante, lo único, mi oportunidad de salvación eterna.

Hay que decir que en ese tiempo mi vida personal era conflictiva y un poco para escapar de eso, me entregué por completo a la vida docente. Qué conveniente, ¿no?, se supondría que eso es lo que se espera de un abnegado profesor que vive por y para sus alumnos, trascendiendo a través de ellos y siendo recordado durante toda la vida. Ése es el profesor que tanto se celebra cada 15 de mayo como si fuera la meta a alcanzar, pero doy testimonio de que no funciona así de bonito. De tanto pensar en mis alumnos, establecí una relación que casi podría calificar de obsesiva con mi trabajo, y no podía ver más allá. Lloraba cuando se iban las generaciones. Los mantenía como contactos en redes sociales y confundía las fronteras entre ser profesora y ser “amiga”. Recibía frecuentes mensajes de ex alumnos para que leyera sus trabajos o les ayudara con algún dato, porque después entendí que lo que había hecho era transmitirles el mensaje ególatra de que no había otra profesora que pudiera enseñarles Español como yo. Lo que hice fue poner el acento en mí, intentar volverme indispensable como si en eso descansara mi razón de ser docente. Grave error del que me di cuenta mucho después y en el que no deseo volver a caer, ni de cerca.

Por eso ahora no me molesta ni que me digan “miss”, ni que me hablen de usted o que me impongan un uniforme, lo que muchos profesores entienden como una afrenta a su individualidad; y no porque me haya resignado a cuadrarme ante esas formas de consonancia, sino porque he entendido que el truco de la docencia es justamente construir una identidad que no necesite de reconocimiento a cada momento ni descanse en confirmarse excepcional para poder subsistir. Estoy convencida de que el mensaje debe ser que toda acción positiva como profesor es una obligación y no un favor, porque a eso nos dedicamos; que luchar por nuestros derechos y tener una postura política es mostrar una adultez comprometida, pero siempre flexible y autocrítica; que el afecto es un elemento crucial para el aprendizaje; que hay que reivindicar al error; que lo que buscamos es que no dependan de nadie para aprender y que no nos deben nada, nunca, porque también nosotros salimos beneficiados profesional y personalmente.

Si he llegado a una conclusión es que el momento más disfrutable debe ser el momento del aula, los minutos efectivos frente a grupo. No creo en el “cuando crezcas me lo agradecerás”, no creo en que una travesura hoy o una actitud de renuencia al trabajo en el aula condenen a una persona a vivir mal por el resto de su vida; en cambio, he visto cómo el sistema educativo se puede volver voraz y los esquemas disciplinarios están muchas veces encaminados a sembrar en los alumnos ideas negativas de sí mismos y a crearles angustia, en esas ansias por formarlos como “gente de bien” y por asumirnos los salvadores de almas perdidas. Y ni son almas perdidas ni somos salvadores. Las conexiones, estoy segura, deben darse desde otros lados, y para empezar está bien entender que lo entrañable de dar clases es que debes construir una identidad tal que disfrute ceder el protagonismo a los demás y encuentre en ello una forma de aprendizaje que no se acaba nunca.

III

Por lo que vamos sabiendo de la reforma educativa, a cuentagotas con cada publicación autorizada y con cada reunión académica, la perspectiva es que la “calidad” se mida por lo inmaculado del proceso de enseñanza y aprendizaje. Un certificado ISO para cada profesor después de que haya demostrado que sabe lo que debe saberse, un montón de exámenes estandarizados para comprobar que los alumnos estén llegando a ciertos esquemas que se esperan de ellos, normatividades exhaustivas que no dejen lugar al error: una utopía de la vida empresarial, porque a final de cuentas sobre esa base se ha construido la idea de escuela moderna, encaminada a formar empleados competentes y útiles para el capital.

Pero la educación es un evento tan lleno de humanidad, que por sí sola crea reductos que se escapan a este sistema voraz. La combinación de individualidades y factores, creada por esta diversidad sólo posible en un aula, no va a dejar nunca que la docencia se reduzca una rendición de cuentas hacia la sociedad de las jerarquías y el consumo, ni hacia la idea de calidad que ésta crea; cuando en aquel siglo lejano se les ocurrió que era buena idea juntar a varias personas en un aula y poner a alguien al frente a controlar lo que sucediera, se creó un espacio para pensar todos los días en conjunto, para probar nuevas formas de convivencia y para reconocer nuestra propia voz a partir de las voces ajenas. Incluso en las circunstancias más adversas, la escuela sí es un semillero de oportunidades y mientras lo sea, hay esperanza en el mundo. Palabra de Mechacorta.

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  • Luis Alday López García

    Hace un par de años descubrí que me gustaba enseñar, por lo que decidí realizar una maestría en este campo luego de terminar la licenciatura. Soy muy joven, apenas estoy adquiriendo experiencia, por lo tanto aún estoy perfilando la identidad que quiero.

    Parte de la construcción de esa identidad se debe a lecturas y reflexiones como esta, que me parece que exhortan al pensamiento crítico y reflexivo de quiénes somos como docentes.

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