Instrumento desafinado

Por Nerea Barón:

A menudo pienso en mis emociones como si fuesen un instrumento a afinar. Basta con que una cuerda esté demasiado apretada o demasiado floja para que un chillido incómodo, fuera de registro, rompa con la musicalidad y todo el empeño puesto en sostener la melodía se pierda en el zumbido molesto de la disonancia.

A menudo me gusta imaginarme como una diosa madre de pelo suelto que con guitarra en mano y sonrisa en boca arrulla con su música amor, con su música alegría. Afino mi instrumento pensando siempre en esa imagen. ¿Quién quiere ser para el otro un peso, una estridencia, un entornar de ojos? No se puede ser medicina, ser canto, ser guarida, con las cuerdas rotas y las clavijas tensas.

Ocurre, sin embargo, que con frecuencia mis esfuerzos no bastan para mantener afinado mi instrumento. Me da vergüenza, la verdad. Me da vergüenza cuando sé que hablo de más, cuando una disculpa no basta para enmendar un daño, cuando siento el llamado al silencio pero no puedo sostenerlo porque tengo un torbellino dentro y unas ganas incontenibles de lanzar un grito al aire.

Cuando me percato de ello, siento ganas de desaparecer, de abandonar mi empresa musical del todo y guardarme lejos, ahí donde pueda evitarles la pena a todos. No obstante, también en eso fracaso. Gajes del oficio de estar vivo, supongo: no hay forma de detener del todo la inercia del canto-alma que vibra desde mi cuerpo hacia los otros cuerpos.

Soy amada por los míos y eso aminora el daño, pues muchos optan estoicamente por quedarse aunque sea tapándose un oído y a veces, hasta me ayudan a afinarme sacando ellos mismos sus instrumentos melodiosos. Pido perdón, lloro hasta quedarme dormida y al despertar regreso a la tarea, cansada pero inclemente, de seguir afinando mi instrumento.

«Si estamos pudiendo sanar nuestra relación ahora es porque te has permitido renunciar a ser una diosa madre y enseñarme de donde se desafina tu instrumento», me dijeron recientemente, palabras más, palabras menos. Me lo dijeron mientras me desbordaba en discursos circulares y, tapándome la cara, pedía perdón por la estridencia. «Esto es acompañarse, esto es ser familia».

Creo que nunca antes me había sentido lista para dejarme abrigar por esa clase de amor. Quisiera no necesitar pero necesito. «Amar es dar lo que no se tiene», dice la máxima lacaniana. Pues bien, aquí está: tengan mi falta. Todavía me resisto a la idea de que la consideración se vea delimitada por la vulnerabilidad, de que no haya forma de extenderle siempre al otro un manto de abundancia, de comprensión, de recato y autosuficiencia. Pero empiezo a ceder. Estoy cansada de este desprecio autoflagelante a mi propio defecto. Más aún: intuyo que acabar de aceptarme humana, de aceptarme desafinada de cuando en cuando, es un mejor camino, más amable y más efectivo, para empezar a afinarme realmente.