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Huraño manifiesto

Por Alejandra Eme Vázquez:

La gran tragedia para La Causa de Las y Los Huraños es que no tienen un modelo a seguir, alguien que les inspire a ser cada vez mejores en el arte de evitar al prójimo ni un santo al cual acudir para rogarle por el máximo respeto a su espacio personal. Los más grandes exponentes de lo antisocial se caracterizan justamente por no dejar rastro tras de sí, ésa es la medida de su éxito; sin embargo, lo que podría parecer una libertad de decisión sobre la propia conducta se ve a menudo estigmatizado por una convención que da mayor valor a quienes pueden compartir su metro cuadrado con una sonrisa enorme en los labios.

Para conocer un poco más de la hurañez, su contexto y derroteros, entrevistamos a una experta en la teoría y la práctica del tema, quien nos pidió omitir su identidad y ser llamada solamente “M.”, no porque corra algún peligro o esté en juego alguna circunstancia delicada, sino porque no quiere ser molestada con preguntas, contraargumentos y mucho menos, elogios. En un acto extraordinario para alguien que lo que menos busca es atención, M. platicó en exclusiva con Juristas UNAM y nos reveló los secretos de ese mundo elusivo y misterioso de lo ermitaño.

Muchas gracias por aceptar esta entrevista pese a su condición, M. Primero que nada, ¿con qué se enfrentan las y los huraños en su día a día?

Hay muchas ideas equivocadas acerca de los huraños o, como prefiero llamarles, Personas Con Hábitos Preferentemente No Sociales (PCHPNS). En mi más reciente libro, Los huraños también aman, me enfoco en explicar estas imprecisiones a partir de la Teoría de los Afectos. Me parece que el error más grave es pensar que ser una PCHPNS es una identidad rígida, y esto se refuerza incluso en la autopercepción, decir “yo soy huraño” como si fuera un designio funesto. También es muy común es pensar que antisocial es sinónimo de insensible, y así podríamos seguirnos con mil prejuicios más que hay que derribar.

Como podrá entenderse, las PCHPNS del mundo no tenemos la posibilidad de formar asociaciones para difundir nuestros puntos de vista y aclarar mitos. Normalmente no nos preocupa, hasta que de pronto nos encontramos con ideas muy populares que negativizan nuestra identidad. La otra vez leía de un fenómeno que está ocurriendo en las relaciones afectivas, el ghosting, que se trata de desaparecer por completo de la vida de alguien que nos ha conocido, generalmente sin explicaciones. Yo sonreí con alivio y celebré que se estuviera socializando un hábito que las PCHPNS solemos tener, bajo códigos muy particulares porque alejarnos también lo vemos como una forma de afecto, pero luego vi que esto del ghosting lo catalogaban como algo terrible, muy negativo, y me entristecí profundamente. No me malentienda, los huraños no queremos lastimar, pero sí nos gustaría que las personas con hábitos preferentemente sociales consideraran otras posibilidades de interacción, incluida la de simplemente no interactuar, y que no hicieran un drama de eso.

¿Es decir que el “amor huraño” puede ser igual de potente que el “amor sociable”? Y en ese caso, ¿qué hacer si somos objeto del amor de una PCHPNS?

Por supuesto que los no sociales sienten afectos fortísimos. Los mitos alrededor de esto, sin embargo, son muchos: primero está esa tendencia a irse a los extremos cuando nos enfrentamos con, como los llama usted, amores huraños, es decir, infravalorarlos o sobrevalorarlos. Ni un huraño es menos capaz de querer, ni le está haciendo un favor increíble a alguien si decide amarle. Tampoco es más o menos vulnerable desde sus afectos, o sea que no hay que sentir esta especie de obligación a corresponderlos, porque la hurañez no es una discapacidad ni una enfermedad.

Lo que quizá correspondería es entender los mecanismos de afecto, que ahí sí pueden variar respecto del amor muy social. Hay estudios muy interesantes sobre esta condición que se han hecho con gatos. Todos conocemos a los gatos y los prejuzgamos de traicioneros y ariscos, pero es sólo que tienen otro código; así con las personas, con la ventaja de que con ellas sí podemos usar el lenguaje.

¿Y qué tenemos que hacer si somos nosotros quienes deseamos querer a una PCHPNS?

Lo primero que hay que derribar es esa distinción entre el “ustedes” y el “nosotros”. No existe tal cosa como “ustedes los sociables” y “nosotros los huraños”. Es decir, para como está acomodado ahora mismo el sistema de valores, afectos y conductas denominadas deseables, sí que hay una diferencia entre alguien que prefiere no ser rodeado de gente a quien no tiene problemas en sacarle plática hasta a una piedra; es lógico que este sistema tienda a separarnos y a crear la ilusión de que “somos de un modo”, pero pensemos más allá, ¿qué sociedad necesitaríamos para que cada quien ejerciera su derecho a ser como se le fuera dando y a veces, como deseara? Todas nuestras conductas están siendo medidas bajo criterios muy rígidos desde antes de que tengamos uso de razón, y se condenan las actitudes que no contribuyen a los intereses comunitarios, que son en gran parte establecidos desde el capitalismo. ¿Lo ve?, esto va mucho más allá de un caprichoso “déjennos en paz” o de un berrinche. Se trata de movilizar las estructuras sociales desde lo antisocial.

La idea sería, entonces, aceptar que todos somos distintos, eliminar conscientemente los mecanismos de control sobre los demás y escuchar. Medir cada situación. Valorar cada contexto. Y sobre todo, no sentir como un agravio el hecho de no ser tomado en cuenta: los otros no se tratan de nosotros. Excepto cuando logramos vincularnos afectivamente y entonces se crea una especie de cápsula que funciona de acuerdo a las reglas establecidas frente a frente, eso es bellísimo. Pero para que esto pueda suceder es necesario confiar, tomarlo con calma, no atribuir culpas y no satanizar. Es curioso esto de decir “no satanizar” porque en sentido estricto, así como está planteado, el mayor huraño del universo es el mismísimo Dios.

¿Qué mensaje final quiere dejar a nuestros lectores?

Para las PCHPNS, es una gran oportunidad de decirles que no están solas. O sea, sí están solas porque ése es el punto de la hurañez, pero nunca abandonadas. No están enfermos ni hay nada mal con ustedes, así que sigan descubriendo formas de ser desde sus pulsiones, y difundiendo La Palabra. Y a las personas con hábitos preferentemente sociales, que busquen en su corazón y acepten a su lado antisocial. Hasta ahora, ser huraño es considerado un error de programación social, una actitud que viene del odio, de la timidez o de algún trauma social. Huraños son Mr. Scrooge, el Grinch, la bruja de Blancanieves, y todos ellos tienen de dos sopas: o su vida acaba de una manera nada agradable o “se curan” y se vuelven sociabilísimos. Lo que se quiere es luchar contra eso.

No tendríamos por qué temerle a nuestro lado Scrooge, o Grinch, o bruja de Blancanieves, como también las PCHPNS vamos aprendiendo a disfrutar lo social poco a poco. Es un viaje de ida y vuelta, en el que todos salimos beneficiados. Dijo Virginia Woolf, célebre huraña: “Amar nos separa de los demás” y de eso se trata, de agregar a esa frase trillada de que “el ser humano es social” el complemento que le falta, que es que sólo puede ser social protegiendo lo antisocial. Se trata de límites, de límites lógicos, de límites amorosos. Estar unidos no necesariamente es estar codo a codo, abrazándonos y respondiendo de inmediato a los mensajes de Whatsapp; sólo podemos unirnos, unirnos de veras, si aprendemos a ejercer el derecho a apartarnos. No se ha podido por todos los miedos y los malos entendidos, pero yo estoy convencida de que hacia allá tenemos que ir, de que el amor se trata mucho más de eso que de toda la basura que nos han hecho creer.

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