Looking for Something?
Menu

Historias sin edad

Por Deniss Villalobos:

Leer es una forma de escapar. Correr por tu vida es otra.

Lemony Snicket

Ser niño es fantástico: jugamos mucho y nos preocupamos poco, al menos si somos lo suficientemente afortunados, pero el concepto de infancia que conocemos en la actualidad es relativamente joven y cae con frecuencia en la idealización. Este concepto, influenciado por la teoría de Rousseau en el  Emilio y por los modelos educativos de finales del siglo XIX, ha creado y popularizado ideas que además de cursis son erróneas y hasta dañinas. Pasamos de tratar a los niños como adultos a verlos como príncipes y princesas que solo bailan y cantan tomados de la mano en un bosque.

Olvidamos que los niños se enfrentan todos los días, en cualquier parte del mundo, a sentimientos y acontecimientos que consideramos propios de la adultez: muerte, soledad, pérdida, envidia, ira, dolor, abandono y un largo etcétera que nosotros mismos experimentamos desde una edad temprana. El problema es que constantemente cubrimos a la infancia con un manto que nos impide recordar que lo que vivimos y fuimos de niños no fue siempre bello y adorable. Vemos a los niños como seres puros y perfectos, criaturas mágicas que deberían vivir rodeadas de animalitos sin que nada “malo” llegue a ellos. Ignoramos y minimizamos sus problemas, como si eso sirviera para que desaparezcan: los encerramos en una burbuja, olvidando que tarde o temprano se va a reventar.

Las historias que leemos cuando somos niños se vuelven, muchas veces, parte de esa burbuja. Los libros que forman parte de la infancia son muy importantes, pero no porque puedan o deban educarnos —mal o bien según el adulto que esté juzgando—, sino porque nos ayudan a ponernos en los zapatos de alguien más, a interesarnos y reflexionar sobre ciertos problemas, y a conocernos mejor a través del otro. Pero, ¿qué pasa cuando las únicas historias que se nos ofrecen son cursis y simplonas con el fin de esconder los problemas a los que también los niños se enfrentan, o aquellos que aquejan a, por ejemplo, el país en el que viven? ¿Dónde queda la oscuridad a la que habremos de enfrentarnos con una lámpara o un libro en la mano? ¿Dónde está el escudo con el que nos protegeremos y la magia con la que lucharemos si no sabemos que existen los magos malvados y los dragones?

Una de las grandes diferencias entre un niño y un adulto como lector radica en que, al crecer, poseemos más experiencias que cuando somos niños. Algo obvio, pero que constantemente se le olvida a los adultos a la hora de hablar de literatura infantil. Esto explica que los libros para niños más “sencillos”, con un lenguaje fácil de entender y con mundos y personajes que llaman la atención (magos, brujas, dragones, viajes a Marte, detectives, etc), independientemente del tema que traten, pero eso no significa que deban estar libres de problemas en sus páginas, o que por estar dirigidos a los niños sean automáticamente textos negados y aburridos para un adulto. Es un poco como cuando tu mamá te servía de comer lo mismo que a tu hermano mayor, pero lo acomodaba en tu plato para que pareciera un dinosaurio o una carita feliz.

La literatura infantil y juvenil no es precisamente un género, pero tendemos a llamarla así por cuestiones prácticas, pues en el mundo editorial actual esa etiqueta funciona. El encanto de las historias para niños y jóvenes no está encerrado en la infancia: viaja con nosotros cada vez que volvemos a esos textos o nace si los descubrimos siendo adultos. Se trata de tiempos distintos que nos llevan a formas diferentes de interpretar un texto, y esas interpretaciones no son inamovibles en ninguna etapa de la vida: sin importar a qué edad nos acerquemos o regresemos a un texto, nuestra percepción será distinta.

El gran problema de las etiquetas “infantil” y “juvenil” es que muchas personas piensan que el público de esas obras se reduce, cuando en realidad se está ampliando: un libro recomendado para niños de nueve años no es un libro exclusivo para esa edad, es un libro que, según el criterio de quien lo edita, puede ser comprendido por una persona a partir de los nueve y hasta el número que mida la edad del ser humano más longevo sobre la Tierra.

Un libro al que decidamos acercarnos siendo adultos no tendrá una etiqueta que nos niegue o permita su lectura dependiendo de nuestra edad, aunque al abrirlo la experiencia que tengamos con el texto estará ligada a nuestros gustos y conocimientos previos. Lo mismo pasa con los niños, pero es solo a ellos a quienes hemos puesto tantos filtros y etiquetas de colores para que los adultos puedan decidir qué deben o no leer. En un fragmento de su versión de “La Cenicienta” en Cuentos en verso para niños perversos, Roald Dahl lo explica de manera sencilla:

¡Si ya nos la sabemos de memoria!”,

dirán. Y, sin embargo, de esta historia

tienen una versión falsificada,

rosada, tonta, cursi, azucarada,

que alguien con la mollera un poco rancia

consideró mejor para la infancia…

No se trata de lanzar a los niños al bosque para que peleen contra terribles bestias armados solo de un pequeño cuchillo. Es importante que, al menos en los primeros años de nuestra vida, podamos divertirnos y dejar las preocupaciones para después. Lo que no deberíamos hacer es pintar mundos rosas y azules en los que no existen el dolor o los problemas, porque eso es una gran mentira. Tampoco se trata de repartir copias de Cien años de soledad o Por el camino de Swann en primarias y secundarias, porque, como dije antes, no es lo mismo escribir para niños que escribir exclusivamente para adultos: el lenguaje que conocemos y las experiencias que tenemos cambia de manera considerable con los años. Lo ideal sería encontrar un balance, permitir que los niños se asomen a lo mejor y también a lo peor del mundo, sin llegar al extremo de considerarlos adultos bajos de estatura o ángeles de ropas blancas que no deberían ensuciarse jamás: ninguna de esas ideas son ciertas y polarizar es casi siempre un error.

Afortunadamente, entre todas las opciones que el mercado editorial ofrece desde el siglo XX, existen muchos autores que valen la pena y dejan a un lado esa idea de la infancia rosa para ofrecernos historias de muchos colores con momentos que llegan a ser totalmente negros: historias que aunque están concebidas para lectores que se encuentren en la infancia y la juventud, pueden disfrutarse también en la adultez.

Si mencionara todos los libros que encuentro maravillosos, sin contar aquellos que aún no tengo oportunidad de leer, nunca acabaría, pero hay algunos que nadie, niño o adulto, debería perderse, como el ya mencionado Dahl y su Superzorro borracho que se vive toda la historia al borde de la muerte; Neil Gaiman y Coraline, una niña que, como muchos, vive en un mundo oscuro sin un solo amigo y con unos padres que le ponen muy poca atención, sin que esto impida que viva una gran aventura; la serie de eventos desafortunados de Lemony Snicket, donde los hermanos Baudelaire, además de llevar el apellido de un poeta maldito, se enfrentan a la pérdida de sus padres y la persecución del terrible Conde Olaf; Edward Lear y sus pequeñas historias y dibujos que no tienen sentido; Maurice Sendak y su cocina de noche, donde hay que escapar de ser cocinado vivo; la visión de un mundo cruel y terrible que conocemos en las crónicas de CS Lewis; la infancia difícil de Papá Mumin en las historias de Tove Jansson; todos los consejos de Dr. Seuss, en especial cuando nos habla de los lugares a los que podemos ir o cuando nos cuenta cómo alguien robó la Navidad; el pato de Wolf Erlbruch que nos enseña tanto sobre la muerte; la separación de sus padres y la curiosa llave que Ana usa para visitar otros mundos en la historia de Pablo Mata Olay, o la orfandad que no conoce de geografía porque puede aparecer en París o Nunca Jamás con Madeline y Peter Pan.

Por supuesto me queda mucho que pensar y re-pensar, porque la forma en que interpreto y me relaciono con la literatura, en especial con la infantil y juvenil, va cambiando cada que abro un nuevo libro. Dejo aquí este texto para volver a él cada tanto y ver cuánto y por qué mis ideas irán cambiando, pero también para invitar a los adultos a leer libros para niños: novelas, cuentos, cómics o álbumes ilustrados y cualquier cosa que les llame la atención. Que mi sección favorita de una librería sea la de LIJ, aunque ya sea adulta, no fue una decisión consciente sino casualidad: me asomo y encuentro ahí, siempre, un libro que me pide llevarlo a casa, exactamente igual que cuando estoy en la sección de poesía o ensayo. Al final, las buenas historias no tienen edad ni etiqueta, son simplemente aquellas con las que podemos escapar: las que nos hacen correr por nuestras vidas.

Deja un comentario

Efemérides

uncached

Twitter