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Historias que salen bien

Por Alejandra Eme  Vázquez:

Hace poco concluía que por mucho que se vuelva a contar una historia, cada vez tiene algo de extraordinaria. No sólo cuando narras lo mismo a mucha gente, por turnos, o cuando primero anticipas la anécdota en un mensaje de whatsapp y luego das detalles ya en vivo, sino en aquellas experiencias que a simple vista parecerían repetitivas. “Otra vez me peleé con Fulanito”, “llegué tarde, como siempre”, “tropecé de nuevo y con la misma piedra”; pero esa pelea, esa tardanza y ese tropiezo no son exactamente los mismos. Cada vez hay nuevos componentes entre gestos, detalles que se recuerdan o se olvidan, matices y movimientos, porque nunca hablamos desde el mismo lugar aunque parezcamos monotemáticos.

Escribir es extender a la vista de todos, como en tianguis, el inventario de pequeñas y grandes obsesiones, a veces haciendo como que se habla a un gran público desde una cátedra imaginaria y a veces, como que se crea una atmósfera íntima con quienes nos conocen desde siempre y nos saben las costuras. Por eso hoy, que voy a repetir una historia, imagino a alguien que me leyó la semana pasada y al adivinar mis actuales intenciones, me increpa: “Alejandra, el 13 de febrero, justo hace una semana, ya hablaste de amor y ya recomendaste la misma obra que quieres reseñar ahora”. Y sí, es un poco cierto, pero quiero solicitar el recurso de amparo por distinción: el de la semana pasada no era el mismo amor del que voy a hablar hoy y tampoco la semana pasada estaba hablando de la misma experiencia escénica.

Me explico, si me lo permiten:

Me sale bien estar triste es una obra de teatro escrita y dirigida por Jimena Eme Vázquez para Café y Té Quiero; es decir, la obra recrea el espacio de una cafetería ni más ni menos que dentro de una cafetería. Y no cualquier cafetería, sino justo esa ubicada en Arquitectura 55, a unos pasos del metro Copilco. La disposición del escenario contempla cuatro mesas: dos de Americano, una de Latte y una de Tisana, en las que se distribuyen 15 espectadores a los que se sirve la bebida correspondiente a su mesa más otras tres que se preparan al momento, durante la función, mientras van recibiendo alternadamente la visita de “Elizabeth” (Alejandra Reyes), “Eduardo” (Daniel H. Gómez) y “Emma” (Talía Yael), quienes en la intimidad de compartir mesa les platican distintos fragmentos de sus historias de amor y también van llegando, juntos, a algunas conclusiones con las que es imposible no identificarse.

La obra, por tanto, tiene más de una posibilidad de ser “completada”. La primera es llegar a cualquier mesa, recibir las historias, salir con una revolución en todas las creencias sobre el amor romántico (su construcción, re-construcción, des-construcción) y atesorar la experiencia de haber acompañado ese replanteamiento con café de alta calidad. La segunda es volver, sentarse en otra mesa y recibir otra parte de las historias que ya se conocían pero que esta vez agregan algo nuevo, algo que hace percibir todo distinto desde la identificación o el rechazo, e incluso animarse a darle algún consejo a los personajes con los que se comparte mesa porque los actores son tan atinados, que hacen parecer fácil una labor titánica de acercamiento con el público.

La tercera posibilidad es regresar una última vez por el fragmento faltante. Y entonces sí, ya con todos los pelos de la burra en la mano, apropiarse del amor y desamor que quedaron en el aire como mejor parezca, convenga o acomode. Lo digo con conocimiento de causa: el pasado 17 de febrero me convertí en la primera espectadora que completó las tres versiones de Me sale bien estar triste y me sentí no sólo victoriosa, sino afortunada por haber tenido la oportunidad de que estos tres personajes me contaran su historia íntegra, cada vez con distintos matices, cada vez con detalles que aclaraban lo anterior y cada vez con la certeza de que yo misma estaba recontándome historias que parecían cerradas pero que nunca lo están, afortunadamente.

Así que sentarme el 17 de febrero en la mesa de Tisana fue un asunto solemne: era la última y quizá por eso disfruté más intensamente la función, que de por sí se disfruta enormemente sea cual sea el número de veces que se vea por la solidez y entrega de la propuesta. También por eso cuando Alejandra, Yael y Daniel comenzaron a decir lo que yo sabía que era el texto final, me llené de una muy intensa y muy linda nostalgia adelantada porque supe que mi historia con Me sale bien estar triste había sido hermosa pero había terminado después de tres sábados de ir a enterarme de una pieza más del rompecabezas, hasta llegar a querer y agradecer mucho a Elizabeth, Emma y Eduardo por todo lo que me hicieron conectar en ese universo entrañable y amoroso que crean junto con Jimena Eme Vázquez y el personal de Café y Té Quiero.

Supe, pues, que por mucho que vuelva a ver la obra desde cualquier mesa (y seguro que lo haré), ya no sería como estas primeras tres en que todo se armó por primera vez ante mis ojos y mi sorpresa. Y que lo iba a extrañar, porque no hay manera de no tener avidez de experiencias y de vida; al final, saber que estaba emprendiendo algo parecido a un rally escénico de alguna manera constituyó un breve eje que me tuvo pendiente y comprometida durante 21 días. Hasta que terminó, porque las historias acaban. Pero al menos en ésta fui feliz y única, todo a un tiempo, mientras duró. Y está bien. Y así debe ser. Y de corazón deseo que también ustedes puedan vivir historias así, que puedan contarse una y otra vez, con estos cierres inolvidables de tan necesarios.

Como en el amor, pues.

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