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Haśka

Por Deniss Villalobos:

es agradable pensar
que el mundo morirá un poco
cuando yo muera

Halina Poświatowska

Supongo que ya es un cliché decir que las personas son lugares, o que una persona es tu lugar favorito, aunque muchas veces los clichés justifican su existencia con una razón muy simple: por un momento son verdad, al menos para quien cae en él. Y si las personas son lugares que podemos visitar yo las imagino más como sitios con límites tangibles que se las arreglan para abarcar más de lo que parece. ¿Qué persona podría ser, por ejemplo, todo un océano? ¿En quién cabe tanta agua, algas y ballenas? ¿Quién podría ser un bosque, con zorros de boca ensangrentada, musgo pegado a las piedras, ríos que cantan?

Con lo que sí fantaseo son con chozas en las que un día crece la hierba y a la que después cubre la nieve; con jardines, siempre jardines, en los que se plantan flores o árboles frutales, y también pienso en personas-cuartos, tan serenas que en el espacio tan pequeño que ocupan parece no pasar nada hasta que te acercas con lupa y entonces un charco causado por una gotera resulta ser una laguna.

Y a veces las personas que admiramos, incluso esas a las que solo conocemos por las cosas que han creado y compartido con el mundo, se vuelven una colección de lugares por las que pasamos un rato, un mapa personal en el que no vemos un lugar que existe en la Tierra, sino más bien una especie de carta de navegación para conocer nuestros gustos y, también, lo que nos ha ido formando. Nuestros amigos, las personas que amamos o incluso esas que detestamos pero dejaron alguna marca, son lugares que se forman en ese mapa tomando partes de lo que son y lo que nosotros agregamos; las personas son lugares que intervenimos, y nosotros mismos somos un lugar en el que siempre hay alguien asomándose por la ventana, cocinando o tomando una siesta.

Me gusta, entonces, descubrir lugares; seguir migajas que dejó una ardilla en el último parque en el que estuve y encontrarme con una estación de tren; cerrar los ojos y salir de un músico-granja porque a lo lejos se escucha el sonido de gotas de agua cayendo en un balde junto a un pozo y encontrarme con un nuevo lugar-persona que puedo explorar. Así pasó hace unas semanas con Halina Poświatowska, poeta polaca de la posguerra que escribió como nadie antes que ella sobre vivir, morir y amar, cosas que muchas veces, en sus poemas, parecen lo mismo.

“…you look at me so seriously, as if you saw in my eyes a gothic church. But I am not any house of worship, rather a garden and a meadow—the tremor of leaves, which press into your hands.”

Halina nació en mayo de 1935 y murió a los 32 años a causa de una insuficiencia cardiaca, los últimos poemas que leí en la antología bilingüe Właśnie kocham / Indeed I love son poemas sobre su muerte, algo que Halina esperaba, algo de lo que solo el amor, ella creía, podría salvarla. Pero el amor de su vida, a quien conoció en un sanatorio al que su madre la llevó (fue ella quien, entre hospitales y salas de operación, educó a Haśka, como sus seres queridos la llamaban) murió también de una falla cardiaca, poco después de que se casaran cuando Halina tenía solo veintiún años, y aunque ella tuvo un poco más de tiempo, diez años más en el mundo que tanto la emocionaba, periodo en el que viajó a Estados Unidos para operarse y estudiar Filosofía, el amor no fue suficiente. Poco antes de morir en 1967, al enterarse de que su condición no tenía cura, escribió:

When I die, my love,

when I part with the sun
and I become a sad, oblong object.

Will you cuddle me then,
embrace me with your arms
and set right what cruel fates has broken?

I often think of you,
I write often to you,
silly letters with love therein,
silly letters with a smile inside.

Then, I hide them in a stove
the flame leaps between the words,
until calmly drifting asleep among the ashes.

Gazing upon the flame, my love,
I wonder what will happen
with my love-filled heart.

But you don’t let me die in this world
that is dark, that is dark and cold.

Halina era un jardín, mi tipo favorito de persona, mi tipo favorito de lugar. En uno de sus poemas dice que no puede ser solo un cuerpo humano, porque dentro de ella vive un ratón asustadizo, y tampoco puede ser solo un árbol, porque no quiere crecer y crecer para permanecer quieta. Halina sabía que las personas sí son lugares en los que habitan algunos animales, unas flores y quizá un árbol, también sabía que nunca se es solamente eso. Halina era también una canción y bailaba, era tanto deseo y ganas de vivir que su corazón no aguantó. Halina, Halina, Halina, incluso su nombre suena como canto de pájaro, forma que puede tomar porque ella es todo lo que habita en un vergel, y aunque estoy segura de que ahora mismo se encuentra en alguna fuente tomando el sol al lado de su querido Adolf, solo me gustaría que supiera que el mundo no murió un poco cuando murió ella, al contrario; más ratones tímidos crecieron en cuerpos, más besos se dieron y más llamas ardieron. Y siempre estará marcada como un hermoso jardín en muchos mapas.

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