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#HashtagAmistad

Por Alejandra Eme Vázquez:

“A mis amigos, a mis verdaderos amigos, los cuento con los dedos de una mano y sobran dedos”, decimos, orgullosos, cuando se trata de catalogar nuestros afectos. Afectos que no damos a cualquiera, por supuesto, porque hemos aprendido con el tiempo que existen la traición y el abuso, que la gente cambia comenzando por nosotros, que hay cosas imperdonables, que las relaciones tóxicas no se llaman así gratuitamente, que siempre es sano conocer gente nueva y que nuestra integridad física no corre peligro si no hacemos reuniones cada mes al salir de la prepa.

Dice mi amiga Sandra que en su infancia, allá en su natal Argentina, cada vez que se mudaba al vecindario una familia con alguien de su edad, el protocolo era conocido y simple: se apersonaba con una enorme sonrisa a tocar la puerta de la casa en cuestión y una vez frente al prospecto o prospecta le decía un simpático “¿quieres ser mi amigo(a)?” que recibía sin excepción una respuesta afirmativa y se sellaba, como todo buen contrato, jugando por horas en el parque. Hasta el día de hoy, Sandra sigue poniendo en práctica esa forma de hacer amistades y le va de maravilla porque resulta que mucha gente tiene un sí listo para las solicitudes de amistad nacidas del genuino entusiasmo; el asunto es por qué tantos otros nos trabamos de sólo pensar en hacer algo parecido, incluso con gente que ya ha dado muestras de que no le somos nada desagradables.

Yo no sé cómo pueda ser un estatus quo en el que la amistad sea cosa fácil. Y es que por si pensábamos que conseguir un amigo ya era el fin del juego, resulta que de ahí sigue el mantenimiento y que nunca podemos dar nada por ganado ni por suficiente. B. Traven tiene un cuento titulado Amistad, en el que un restaurantero francés desarrolla una relación entrañable de mutua simpatía con un perrito que todos los días se detiene frente a su establecimiento hasta que (perdonen el espóiler) un día el restaurantero está de malas, le avienta un insultante pan duro al pobre perrito y éste da por terminada su amistad. Es muy desolador pensar que generalmente así iniciamos nuestras aventuras con los otros, las otras y les otres: sabiendo que en cualquier momento alguna de las partes podría hacer algo que lo arruine todo.

A lo mejor es que hemos crecido con el pensamiento mágico de que la amistad es algo que “se da” y no algo que se decide. Las ideas de compatibilidad, química, conquista y cultivo ya se nos metieron hasta las vísceras para cuando somos capaces de ejercer un mínimo de voluntad, y si a eso sumamos las decepciones que se nos van acumulando desde que en la primaria nuestras ídolas Tati y Jessi disfrutaban escondiéndose de nosotros todo el recreo y tratándonos como sus sirvientas, llegamos a la edad adulta ya curtidos en desconfianza, ya maestros en el arte de evitar cualquier signo de rechazo aunque eso signifique ni arriesgarse a intentar cercanía con alguien cuya amistad deseamos. Pero a veces sucede que sí corremos el riesgo y obtenemos amistades que son un oasis, porque aprender a ser amigas, a ser amigos, nos reconecta con todo en nuevas dimensiones. Luego pasa que ni éramos tan grinches como creíamos y que podemos sólo amar a otras personas que nos aman de vuelta, sin exigencias ni reservas.

Esa amistad que aprendemos es una plantita en un mundo lleno de plagas, muchas de ellas invisibles. Es decir, si llegamos a ser conscientes de nuestra propia identidad después de varios años de existencia formal, es lógico que cuando tomamos posesión de ella tengamos ciertas ideas sembradas y cierta educación adelantada que van a predeterminar algunas conductas o pensamientos. ¿Qué concepto nos hemos formado de la gente, qué prejuicios, qué intolerancias, qué amores u odios incontrolables? A saber. O mejor dicho, lo iremos sabiendo en el camino y con suerte, algunas veces hasta podremos decidir cómo manejarlo.

Y todavía hay que sumarle que las relaciones afectivas han sido coptadas por las más voraces prácticas capitalistas, que lucran con los afectos cada vez que se puede, o sea siempre. Entonces, Amistad es una marca registrada que usa Telcel para vender paquetes de telefonía y que Facebook capitaliza en ofrecer a las empresas los datos personales de sus usuarios y sus conversaciones más queridas para que las conviertan en publicidad focalizada. Amistad es eso que dices con kisses de Hershey’s™ y eso que te vende la serie del momento. Todo contradictorio, todo lleno de matices y qué difícil salirnos de ahí, ¿queremos salirnos de ahí? Quizá pase como con otros conceptos tan significativos y tan corrompidos: que la única esperanza por ahora es encontrar algunas respuestas en el ejercicio de reconstruirlos y de replantear las prácticas que conllevan, con todo y que ese reacomodo suponga también algunas pérdidas.

Quizá las generaciones actualmente adultas no podamos superar las ideas de amistad que hemos absorbido desde tiempos inmemoriales y a partir de las cuales nos las hemos tenido que ingeniar para crear redes desde donde estamos. Es un privilegio enorme que a veces estas redes se vuelvan exitosas y crecientes, que nos hagan redescubrirnos, que nos infundan confianza. Es un privilegio, también, descubrir gente preciosa a cuya puerta podemos tocar para preguntarle si acepta una amistad que ofrecemos entera porque es consciente. Después de una ardua observación de los alrededores, me parece que eso es a lo mejor que podemos aspirar las y los adultos de ahora, al afecto como resistencia, a la amistad como un acto performativo, que no es poco. Más aún si ponemos los ojos y las esperanzas en quienes están por venir. En una de ésas, la verdadera revolución consiste en lograr un mundo en el que cada persona pueda contar sus dedos de las manos y le sobren amigos.

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