Por Nerea Barón

Escuchar historias supone escuchar inconsistencias. No que las historias lo pretendan de suyo. Por el contrario, cuando alguien cuenta una historia la ordena para que sea comprensible, es parte de lo que la hace ficticia, imprimirle un hilo conductor, un sentido subyacente y una intención. Por odioso que sea el protagonista de una película cualquiera, por ejemplo, si ha sido elegido como protagonista significa que veremos su lado de la historia y en consecuencia, que estaremos predispuestos a, si no darle la razón, cuando menos comprender sus motivos.

Mas no hace falta irse al cine o a la literatura para constatar eso. En nuestra vida cotidiana usamos el mismo recurso. La memoria es ficción, cualquier tipo de relato es ficción: mientras seleccionamos información, mientras la ordenamos para hacer sentido, se nos cuela siempre la voluntad, el miedo, el deseo. Somos nuestro propio punto ciego. Y es justamente esa condición la que hace nacer, como por efecto secundario, la inconsistencia.

Ahora bien, ¿esto es un problema? Parece que narrativamente lo es. Asumimos que si no podemos explicar o justificar claramente el por qué de nuestras decisiones es porque no tienen sentido, porque nos estamos mintiendo de una forma u otra o porque estamos eligiendo erradamente. Esto se ve claramente en las charlas con los amigos, que a menudo acompañan las comparticiones de explicaciones que les dan sentido, sobre todo cuando se trata de elecciones poco populares –regresar con el ex, renunciar al trabajo–, pues si la historia tiene sentido significa que está bien que haya ocurrido.

Sin embargo, es en las inconsistencias que se escapan, precisamente, en donde suele residir la verdad. La mayoría de las terapéuticas trabajan precisamente con eso, con encontrar el hueco que de luz, no a lo que se está contando, si a lo que se quiere ocultar cuando se cuenta. En ese hueco, en este sinsentido, aparece algo que permite contar una historia distinta, una más honesta aunque quizá también menos espectacular.

Solemos ser prisioneros de nuestros propios relatos, de nuestra propia necesidad de hacer sentido. ¿Pero por qué? ¿Por qué nos parece tan humillante movernos al borde del sentido, tener algo dentro de nosotros que palpita contradictoria pero inexorablemente, que nos invita a salir siempre de nosotros mismos, de nuestros propios códigos? ¿Por qué nos atormenta si es precisamente en esa negociación, en esa lucha, en ese salto al vacío en donde nos entramos más vivos?

Decir yo es decir no-yo y, quizá, si aprendiéramos a soportar la contradicción que eso conlleva, podríamos vivir tener más tranquilamente, sabiendo que la verdadera historia no es la que se cuenta sino la que no se puede contar.

  • 1
    Share