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Hablemos de no hablar

Por Alejandra Eme  Vázquez:

Organizar un concurso de oratoria con mis grupos de secundaria fue una de mis metas en este año escolar. Dicen que en la Grecia antigua, además de las artes de la guerra, sólo se enseñaba a los jóvenes a pensar y argumentar, así que mi griega antigua interior convocó a un certamen en el que los discursos fueran libres en lugar de la terrible imposición de tema o peor aún, la memorización de discursos ajenos como me obligaron a hacerlo a mí en segundo de secundaria con una retahíla que todavía recuerdo: “El mundo agoniza, ¿es acaso el hombre el propio verdugo del lugar donde vive? Honorable jurado calificador, respetable auditorio en general, mi tema a desarrollar: los problemas del mundo…”, acompañada de movimientos robóticos que tampoco eran míos.

Pero aquí tenía que tratarse de encontrar la voz propia, más que de sepultarla para complacer a los adultos, y se inscribieron dieciocho alumnos que participaron en la fase eliminatoria para elegir a los ocho que llegarían a la final. Era mi primera vez organizando un concurso de esta naturaleza, pero también era primera vez de mi escuela y de los alumnos, de modo que había un nerviosismo especial y muchas ganas de que saliera bien. Y por supuesto, como suele suceder cuando se quiere que todo sea perfecto, un día antes de la etapa final me sucedió algo tan curioso como imprevisto: me quedé completamente afónica.

Tuve que ingeniármelas para dar clases a la Chaplin, para platicar muy poco y a susurros, para sortear las bromas y comentarios trillados con el mejor ánimo. No podía tomar taxi porque no me era posible ni dar indicaciones; tenía que dar el importe más alto en el camión para que no me preguntaran dónde iba a bajarme; cuando forcé la garganta para contestar el teléfono a mi madre, ella pensó por un segundo que era otra persona fingiendo la voz como si me hubieran secuestrado o algo así; regañé a mis alumnos con sentidas cartitas; no hablé sola, ni canté en la regadera. Sólo podía escuchar.

Desde ese silencio vi llegar la hora de la gran final de oratoria. Nos reunimos en un salón con algunos alumnos que fungirían como porra, la directiva de la escuela y varios familiares de los concursantes. Había café de olla, el pódium de los eventos elegantes, una mañana soleada, dos juezas invitadas de lujo y los premios que relucían en una mesa de honor. Entonces comenzaron los discursos: Monserrat reflexionó en voz alta sobre la libertad como búsqueda de sí misma; Armando señaló la injusticia en el reparto de la riqueza de nuestro país; María dio su perspectiva sobre los gastados arquetipos de género que increíblemente sobreviven en las mujeres de su generación; Natalia expresó sus preocupaciones por el estado actual de la educación; Alonso hizo un performance muy ingenioso y simpático para hablar de amor; Roberto compartió su impresionante sabiduría sobre autos; y por su parte, Teo puso el acento en la conciencia que debemos tomar acerca de la huella de carbono que dejamos en el mundo.

La ganadora fue Fátima, una alumna de primero de secundaria que había estado nerviosa toda la víspera y que finalmente se tranquilizó un poco cuando se dio cuenta de que su discurso tenía un mensaje muy poderoso y que era importante transmitirlo: ella eligió mostrar una perspectiva sobre la adolescencia que pocas veces solemos escuchar, acostumbrados como estamos a acusar a “la juventud”, así en general, de no saber o no querer responder a expectativas predeterminadas por ser “el futuro del mundo”, como lo fuimos todos en algún momento. Lo que deseaba Fátima era dar la vuelta al lado opresor de ese pensamiento adulto, pero tantos sentimientos encontrados le causaba su participación, que el día del concurso también amaneció afónica.

Pese a todo, y después de comprobar que tenía voz suficiente para hacerse escuchar, Fátima participó. Y de qué forma. Me gustaría reproducir íntegras sus palabras, pero ¿cómo representar la magia de un momento en el que una alumna afónica de primero de secundaria se convirtió en potente portavoz de su generación? Después de analizar con calma e inteligencia los clichés con que solemos referirnos a la adolescencia, sin tomar en cuenta que significa un absoluto cambio de paradigma al que es difícil enfrentarse de por sí, concluyó contundente: “No merecemos que nos juzguen tan duramente sin darnos oportunidad ni descanso; los adolescentes no merecemos que llamen a nuestra edad la edad de la punzada”. Y algo cambió al pronunciar estas palabras que, sumadas a todas las que habían sido dichas con tanta claridad por sus compañeros, terminaron revelando lo importante que es ser escuchados y lo determinante de darnos cuenta no sólo de que tenemos siempre algo que decir, sino de que todos tienen algo que decir y que necesitamos garantizar foros para que ese algo sea compartido. Y todavía más: que hace falta reconocer cuándo es momento de decir y cuándo, de escuchar.

Yo, que hablo tanto y me siento tan orgullosa de mi voz, tuve que quedarme en silencio justo en el momento en que ocho estudiantes decidieron de qué y cómo hablar. Nadie les prohibió nada ni interrumpió el proceso de estructurar su discurso, que una vez estructurado pudieron poner a disposición de un público para provocar reflexión y preguntas. Creo que eso es importante, y creo que es obligación de los adultos dar una tregua a los sermones y abrir para los jóvenes espacios de recepción atenta, no para decirles por dónde se tiene que pensar sino para entender desde dónde se está pensando. Eso aprendí. Y aunque después de cuatro días de silencio forzado disfruto poder volver a cantar en la regadera para deleite de mis vecinas, de algún modo agradezco haber experimentado ese peculiar silencio que sin querer, resultó tan significativo. Cuerpo es didáctica, y el mío dejó claro esta vez que hay que saber callarse para escuchar sin peros, sin prejuicios, sin trampas. Escuchar de veras.

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