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Hablar poco y sentir mucho

Por Deniss Villalobos:

Sospecho que se está usted preguntando si soy muda o si solo soy tímida.
Laura Freixas, El asesino en la muñeca

Hace algunos años, en la librería en la que solía trabajar, pusimos una mesa con títulos en oferta para que quienes pasaran por la acera se detuvieran a curiosear y, claro, a comprar algún libro. Me ponía muy nerviosa la idea de tener que estar ahí, expuesta a la mirada de cualquiera que pasara, pero también me daba mucha pena confesar a mi jefe que no quería hacerlo, así que simplemente me senté en las escaleras deseando que la tierra me tragara o que me convirtiera en la niña invisible de los moomins. Luego de unas horas los nervios pasaron y comenzó a agradarme estar ahí: el clima era muy bueno, la vista me parecía bonita y, sorprendentemente, las personas que veían o compraban los libros eran, en su mayoría, amables e interesantes.

A mitad de turno, ya aburrida, tomé una caja de cartón vacía y corté en ella dos círculos a la altura de mis ojos. Después puse la caja sobre mi cabeza y me quedé así un buen rato, escondida del mundo. Lo grandioso de ese trabajo era poder hacer cosas como ésa sin que mi jefe me regañara o mis compañeros se burlaran, y justo cuando pensaba en eso escuché el clic de una cámara al hacer una foto y una risa que me hizo sentir pequeñísima.

De inmediato me quité la caja para voltear en todas direcciones en busca del monstruo que me había tomado una foto y, además, se había carcajeado de mí. Entonces me encontré con un chico que sonreía y movía la cabeza de un lado a otro como si todo aquello fuera muy divertido. Sentí que la cara me ardía de vergüenza, síntoma de que mi rostro debía estar tan rojo como un tomate, y todo aquello me parecía tan espantoso que ni siquiera intenté correr, pero el fotógrafo se acercó y, algo apenado, dijo que le parecía muy tierna con la caja encima y por eso había tomado la foto, ofreciéndose a borrarla si yo lo pedía. Me mostró la imagen y la verdad es que, aunque yo no vi nada de ternura en ella, tampoco era tan horrible como había imaginado, así que dejé que la conservara y nos despedimos.

Según la RAE, la palabra “tímido” significa “temeroso, medroso, encogido y corto de ánimo”. Leo esa definición un par de veces más, pero no me convence y además me incomoda un poco, porque no alcanza a explicar nada de lo que soy y porque además enlista adjetivos únicamente negativos. Me preocupa que la timidez sea vista como un enorme defecto, algo que debe ser corregido de inmediato, y que eso haga sentir mal a tantas personas que, como yo, han sido y tal vez serán tímidas por siempre.

Quizá tendríamos que empezar por dejar claro que timidez no es lo mismo que fobia social, pues esto último es un trastorno de ansiedad que debe ser diagnosticado y que necesita tratamiento psicológico y/o psiquiátrico. La fobia social impide que una persona pueda llevar su vida con normalidad, que se relacione con otros y que disfrute de cualquier tipo de interacción, causándole molestias físicas y emocionales de manera insoportable, llevándola a desarrollar una serie de manías que, con frecuencia, la aleja casi por completo de la sociedad, trayendo serios problemas en su vida personal, escolar o laboral, llegando incluso a cortar todas esas relaciones y aislarse por completo. Es obvio que ni siquiera en los casos de fobia social alguien deba soportar burlas o comentarios negativos, sino que debe recibir apoyo, ayuda profesional y comprensión de quienes le rodean.

En el caso de la timidez, aunque los síntomas puedan ser parecidos a los de la fobia social, son de mucha menor intensidad, sin que le impidan poder divertirse y tener amigos o cualquier tipo de relaciones perfectamente funcionales. Aquí va un ejemplo: si una persona con fobia social es invitada a una fiesta, lo más probable es que no vaya, pero si lo hace, casi siempre siendo obligada por alguien más, pasará un rato espantoso en el que intentará no estar en contacto con nadie, sufriendo de ansiedad y pensamientos negativos que lo agotarán física y emocionalmente. En cambio, si una persona tímida va a una fiesta, aunque sea en pocas ocasiones porque más bien prefiera estar sola o con amigos cercanos, podrá pasar un buen rato sin sufrir de ansiedad, aunque sus habilidades para socializar no sean tan buenas y quizá tarde un poco más que el resto en sentirse cómodo y en confianza.

Ser callado y reservado, ruborizarse con facilidad, sentirse nervioso en algún momento o tener miedo a enfrentarse a algún evento en específico, no son razones para sentirse mal ni es algo que deba ser corregido como si fuera el peor de los defectos. Todo eso es parte de la personalidad de algunas personas, características que pueden considerarse importantes, como piezas del complejo mecanismo de un antiguo reloj. Es fantástico que existan personas muy seguras de sí mismas, pero no significa que no ser parte de ese grupo convierta a los otros en seres dañados que necesitan ser reparados, como si se tratara de un molde que perdió su forma. Pienso que muchos casos de timidez terminan en fobia social a causa de la presión que se ejerce alrededor de una persona tímida; de todos los comentarios que exigen un cambio, cuando el intentar o no superar ciertos miedos que no afectan la calidad de vida debería ser una decisión personal, basada exclusivamente en los deseos propios y no en intentar complacer a los demás o encajar en algún grupo.

Se puede lidiar con la timidez sin verla como a un enemigo que hay que vencer a palos. Exponerse a situaciones que no son del todo agradables, poco a poco y bajo ningún tipo de presión, puede ayudar mucho a que esos miedos sean más como un amigo imaginario que como un fantasma. Está bien bailar solo en tu habitación, está bien preferir ver netflix un viernes por la noche en lugar de ir a fiestas, está bien bajar la vista para ver los zapatos que mueven a las personas, está bien hablar poco y sentir mucho.

Volviendo a la anécdota del principio: no tengo ni idea de qué hizo aquel chico con la fotografía que me tomó, pero tampoco importa mucho. Hay una imagen mía que me causó vergüenza en la memoria de la cámara de un desconocido. Así es como le di un amistoso apretón de manos a mi timidez. Ahora, cuando recuerdo ese día y me imagino con una caja en la cabeza, no pienso en si alguien me encontró rara o tonta, sino que entiendo mejor el papel que la timidez ocupa en mi vida y en mi personalidad. Aprendí que esconderse no es tan malo. Una caja sobre tu cabeza, hecha de cartón o de pequeños miedos, no te impedirá ser parte del mundo ni disfrutar de él. Se trata de no olvidar hacer dos agujeros para observar lo bueno y lo malo de las personas, además de estar atentos para que al escuchar el ruido que viene de afuera, podamos salir de la caja y mostrar a los demás nuestro rostro y nuestras ideas, con las mejillas rojas y en voz baja.

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