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Guía práctica para el bello sexo

Por Alejandra Eme Vázquez:

CAPÍTULO I. DARSE SU LUGAR

En diversas ocasiones y distintos contextos se escucha una idea constante respecto a la naturaleza y características del vivir en este mundo bajo el inefable signo de lo femenino, alrededor del cual se han construido tantos mitos y elevado tantas plegarias, que hay quien piensa equivocadamente que más que una condición o un formato se trata de una mística. Esta idea se articula más o menos de la siguiente manera, palabras más, palabras menos: “La mujer debe estar en el lugar que le corresponde”.

Pues bien, las nobles personas que esta idea repiten no pueden tener más razón.

Hoy día, las señoras y señoritas de buena sociedad han de entender que los tiempos que atravesamos requieren de ellas ocupar su lugar sin dudar ni un momento. “Darse” su lugar, dicen las buenas lenguas con frecuencia, y dicen bien porque las señoras y señoritas de buena sociedad poseen entre su arsenal de cualidades la suficiencia para tomar aquellos espacios que les corresponden sin siquiera tener que pedir permiso, ya que es de todos sabido que no hay un solo recoveco en esta realidad que esté imposibilitado para admitir presencia femenina.

El hogar es un concepto que se ha ido ampliando gracias a la esforzada labor de señoras y señoritas de buena sociedad, quienes han dado una grácil batalla para dejar claro que el ámbito hogareño corresponde a todos aquellos sitios en que sus congéneres puedan ejercer actividades que les plazcan y para las que muestren cualidades o voluntad. De tal modo que hogar es también la calle. Hogar es cuerpo. Hogar es lenguaje. Hogar es la certeza de que se pueden abrir puertas con la confianza de que nadie al otro lado asumirá ningún trato que no corresponda a su entera y maravillosa humanidad. Hogar es ser su propia habitación.

Así, es importante apartarse de cuando en cuando de los señores y dejarlos entre el su humo de pipas, sus vasos de coñac y su encantadora tendencia a las explicaciones, para cultivar el fino arte no sólo de tomar el lugar que le corresponde a cada mujer, sino de entablar lazos importantes y duraderos entre ellas, sea en reuniones programadas o encuentros casuales que permitan tomar acciones y hablar sobre los temas llenos de delicadeza que interesan a las señoras y las señoritas. Estos temas, como la pasarela política, la confección de equidad, la remodelación de estructuras ancestrales, las costuras del universo y el corte de las violencias son la delicia de tertulias que inundan de elegancia los espacios públicos y privados, doquiera que se efectúen.

Y cuando un caballero cometa el desacato de intentar por algún medio contravenir a la regla dorada de la buena sociedad respecto a que una dama debe tomar en ella su lugar, nada hay mejor que devolver la invectiva con mordacidad, entereza y con la ayuda de cualquier prójimo que pueda hacer recapacitar al caballero, quien seguramente ha pasado un mal rato o sufrido alguna especie de convulsión inexplicable. También es deseable comunicar a las demás señoras y señoritas lo sucedido mediante alguna pieza de oratoria o correspondencia redactada en la más bella caligrafía, pues se sabe que no sólo la agudeza, el empeño y la inteligencia son las cualidades mejor vistas en una damita de cualquier época y región, sino que para que estas cualidades resplandezcan es necesario estimular la expresión de toda duda, incomodidad, emoción o idea que le parezca preciso compartir.

Las señoras y señoritas de buena sociedad deben darse su lugar, por lo que es inaceptable que al llegar a ese lugar lo encuentren cerrado; por el contrario, la buena sociedad es la que protege, cultiva y alimenta la permanencia de esos, sus espacios. Hoy por hoy, no sólo existen para las señoras y señoritas sitios físicos en los que pueden hacer convivir sus presencias y pensamientos, sino que la virtualidad ofrece escaparates en los que pueden, por ejemplo, solazar sus mentes con las lecturas de otras señoras y señoritas de buena sociedad o hasta expresar sus invaluables pensamientos para propiciar la cháchara y el intercambio. Es importante contribuir a su creación, mantenimiento y difusión para salvaguardar el íntimo tesoro que en ellos se ofrece.

El mundo es, pues, un teatro. Y el comportamiento en él, como en cualquier recinto de esta índole, obliga a respetar sagradamente el sitio numerado de cada cual y permitirle disfrutar el espectáculo. Nada hay peor que quien se toma la atribución de hacer comentarios sobre la conducta y apariencia de señoras y señoritas antes, durante y/o después de la función, pues no sólo interrumpen con sus cuchicheos incomprensibles los acontecimientos que transcurren sin necesidad de que su persona sea notoria, sino que propician la vergüenza de sus seres queridos cuando es de todos sabido que a nadie incumben estos asuntos más que a las propias señoras y señoritas. No olvidemos que tanto estorba al sitio ajeno una cabeza excesivamente alta como un criterio excesivamente corto.

De forma tal que es posible, para cada señora y señorita, tomar con toda comodidad su asiento en el mundo-teatro para ocuparse exclusivamente de su bienestar y disfrute sin que esto signifique de ninguna manera ignorar a los amables caballeros que con ellas coexisten, porque la buena sociedad ha dejado claro que los amables caballeros pueden despreocuparse ya que nada ahí se trata de ellos. Esto, por supuesto, es por su propio bien, para liberarles del pesado equipaje que significa cargar con asuntos y decisiones ajenos y que puedan así dedicarse al cultivo de las innumerables reflexiones que seguramente les ocupan en todo momento acerca de lo que les significa ser quienes son, libres al fin del yugo de tener que pensar cualquier cosa relacionada con la conducta, apariencia y condición de las señoras y señoritas de buena sociedad; y sobre todo, con la absoluta tranquilidad de que ellas ya están haciéndose cargo de sí mismas, dándose su lugar justo donde les corresponde: al lado suyo, hombro con hombro, o incluso arriba. O lejos.

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