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Guerrero y Michoacán, similitudes

Por Frank Lozano:

a Hipólito Mora, en su dolor

 

Comencemos por lo obvio, los estados de Guerrero y Michoacán comparten una geografía accidentada y una frontera común, la tierra caliente. Ambos estados padecen de altos índices de pobreza.

Esta condición produce desigualdad y la desigualdad, al fragmentar el tejido social, es una puerta abierta para que los grupos criminales presionen a los productores para sembrar drogas, principalmente amapola y marihuana.

Ambas entidades sufren debilidad institucional y abandono del estado de derecho. Ayuntamientos controlados por el crimen organizado. Policías infiltradas al servicio de capos. Partidos políticos que postularon candidatos con  pasados oscuros y que también han sufrido el asesinato de militantes y dirigentes.

Impunidad total. En ambos estados, hay amplias zonas bajo el control de las mafias en donde el secuestro, la extorsión y el pago de derechos son una regla cotidiana.

En ambas entidades el gobierno ha tenido intervenciones erráticas, limitadas e insensibles. Los operativos estratégicos no han funcionado, en Michoacán, desde el sexenio anterior, en Guerrero, ahora mismo.

En ambos estados han sido sustituidos sus respectivos gobernadores, intervenidas policías y destituidos alcaldes. En ambos territorios, miles de ciudadanos han tomado en sus manos la gestión de la seguridad, unos por la vía de las autodefensas y otros, desde la clandestinidad de la guerrilla.

En ambas entidades operan grupos delictivos bien armados, con alcances logísticos claros, bien organizados y estructurados en jerarquías y funciones: los caballeros templarios, guerreros unidos, los rojos, los viagras, etcétera.  

Pero ambos estados también comparten algo interesante: están produciendo una nueva ciudadanía mexicana. Ambos estados, desde su dolor, están rompiendo el silencio, están provocando la creación de nuevas redes de solidaridad, están suscitando un nuevo activismo que se vierte en el mundo virtual y en el mundo real, están impulsando el surgimiento de nuevos liderazgos, están replanteando el papel de la indignación como motor del cambio, en síntesis, están cambiando la cultura política nacional.

Quizá pasen meses antes de que se modifique los ánimos de los indignados. Cada día se suman motivos que, lejos de provocar conciliación, tienden a ahondar la polarización social, uno de ellos, la muerte del hijo del fundador de las autodefensas en el estado de Michoacán, Hipólito Mora, a manos de las fuerzas rurales legitimadas por el Virrey Castillo y el gobierno federal.

Tampoco abona, por patético que parezca, la guerra cibernética para tumbar hashtags en twitter, esa estrategia, además de estúpida, incrementa el enojo de los activistas en redes.

Se antoja pensar que la coyuntura ideal para retomar la pacificación del país son las elecciones del año 2015. El proceso electoral, es, por decirlo de alguna manera, el marco institucional más plural e inmediato con que se cuenta para fraguar un escenario de acuerdo y de concordia con los grupos demandantes.

Claro está, esto es sería posible, toda vez que se cierre el capitulo de la desaparición de los 43 estudiantes de la normal rural de Ayotzinapa, que dicho sea de paso, es condición sine qua non para recuperar la confianza entre los indignados y las instituciones.

Mientras eso no pase, Guerrero y Michoacán seguirán encontrándose desde sus similitudes más destructivas. Desde el dolor, el resentimiento y la desesperanza. 

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