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Guerras ficticias

Por Nerea Barón:

En febrero de 1974 se encontró en la selva de Filipinas a Hiroō Onoda, un oficial de inteligencia del Ejército Imperial Japonés que había llegado ahí durante la Segunda Guerra Mundial con la misión de luchar por su país y la orden explícita de «nunca rendirse ni suicidarse». Treinta años después, el soldado seguía en la batalla, demacrado y exhausto, pero fiel a su propósito. La noticia de que la guerra había terminado en 1945 con la rendición de Japón aparentemente no había llegado a sus oídos y todo ese tiempo se había mantenido en pie de guerra, matando personas, quemando cultivos, robando arroz y causando tanto sabotaje como podía.

Mentira. La noticia sí había llegado a él, sólo no de la forma en la que él la esperaba. Varios lugareños habían querido hacerlo entrar en razón y la sola ausencia de las señales del enemigo o de sus camaradas era suficiente indicio para sospechar que la situación había cambiado. Incluso había llegado a sus manos un folleto que decía «La guerra terminó el 15 de agosto de 1945. ¡Bajen de las montañas!», pero Onoda creyó que era propaganda aliada. Todavía cuando lo encontraron se negó a creerlo y no se rindió sino hasta que el oficial que había estado a su mando viajó a su encuentro hasta Filipinas y le ordenó deponer las armas.

«Nunca rendirse». La historia conmueve por lo familiar que resulta al sentimiento. En el consultorio o en la vida, ficciones semejantes se repiten continuamente; neuróticos de a pie, navegamos por la vida con ideas como uñas encarnadas que modifican nuestra percepción y generan un correlato artificioso entre nuestros miedos y afanes y la realidad que tenemos enfrente.

Seguramente hubo quien le dio batalla a Onoda en esos treinta años; campesinos enojados por su vandalismo, niños que creían que sólo se trataba de un juego. Si por él hubiera sido, habría reactivado la guerra entera, casa por casa, cual belicoso testigo de Jehová, empeñado en hacerle recordar a cada de una de las personas la hostilidad del mundo y de su propio corazón.

Humanos demasiado humanos, seguimos al pie de la letra las instrucciones que se nos dieron para sobrevivir, esté o no presente el enemigo. Somos capaces incluso de inventar al adversario con tal de seguir siéndole fieles a nuestras instrucciones. No es sencillo mudar de mecanismos de defensa, ni cesar esa compulsión a repetirnos y con ello seguir repitiendo nuestras circunstancias, por inhóspitas que nos resulten.

El otro momento que me seduce imaginar es el de regreso del oficial a su pueblo natal en Japón. El hueco en el pecho, la falta de misión. Los días que son sólo días, el desayuno con la familia, la luz de la mañana. El descanso se ha de sentir como una suerte de derrota para quien se ha identificado con la suspicacia constante. Después de la guerra llega la vida, qué terror. Cuántos en el lugar de Onoda no habrían preferido morir en la selva. Cuántos no mueren todos los días en su propia selva, incapaces de enfrentar el derrumbe de su ficción.

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