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Grullas en el tiempo

Por Nerea Barón:

Para Luciano y Sebastián

No se espera que los niños recuerden el paseo escolar a la fábrica de reciclado, la ida al zoológico, la fiesta infantil o la tarde en el salón de juegos de McDonald’s. Recordarán, sí, pero lo harán con la subversión de su mente libre que tomará a contentillo las más azarosas memorias –el vómito de su compañero en el autobús, la oruga en el camino–, como los gatos que desechan el juguete para quedarse con la caja.

Los adultos han de ofrecer amor, tiempo y energía conscientes de esa fatalidad: la desmemoria terminará por deslavar hasta las más esmeradas vacaciones y sin embargo, mírales la cara, la boquita abierta de asombro, los ojos grandes, las mejillas chapeteadas, y cómo duermen después de un día cansado y cómo recogen piedras y cómo se acercan con miedo al venado de la reserva y le extienden la mano con comida y voltean a ver para otro lado y aprietan los ojos y se ríen nerviosos. ¿Dónde está la cámara?

Los niños nos dan con su constante descubrir la medicina del presente, y basta y sobra, aunque los adultos terminen agotados al final de cada día. ¿Qué mundo simbólico están construyendo mientras brincan en la cama, mientras se les escapa el globo recién regalado o la tía abuela les limpia las mejillas con saliva? No lo sabemos. Sólo tenemos un voto de fe y una manita que nos aprieta bien fuerte y a la que apretamos de regreso confiando en que con ello les estamos enseñando la lengua silenciosa del amor, de la confianza; lengua con la que después podrán salir al mundo y abrir todas las puertas.

Cada vez que intercambiamos una mirada con un niño pequeño, se crea una alianza. Somos el mundo, o al menos quien lo representa en ese momento. ¿El mundo canta? ¿El mundo juega? ¿El mundo se preocupa? ¿El mundo se pelea con papá? ¿El mundo se marcha de súbito, sin que nadie explique por qué?

En alguna otra vida vi crecer por un tiempo breve a dos niños. Con suerte las olas de la desmemoria ya han borrado mi rostro y otras formas suaves lo han cubierto; sonrisas, canciones, Transformers, visitas al bosque. Sin embargo, cada tanto pienso en esa alianza, en la voz grave con la que me contestaba a mí misma cuando el más pequeño no quería hablar, en su sonrisas tímidas, en los lápices de colores que guardo al fondo del clóset y que ya nadie saca, en la calavera de arcilla que alguna vez perteneció a un pirata y ahora es un adorno más de mi casa.

El mundo no se marcha de súbito, niños míos. Los adultos somos idiotas, eso es todo. Pero si el azar de su memoria me ha de regalar algo, regalándoselo a ustedes, que sea esa confianza de que, no importa cuando estiren la mano, habrá alguien para tomárselas. El mundo los abraza no sólo en la cercanía con las presencias que permanecen, sino también desde acá, a la distancia.

Que las grullas de papel que soltamos en el lago encuentren su rumbo entre el agua y el sol, entre este presente y todos los presentes que les sucedan.

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