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Grítelo a la nube

Por Alejandra Eme Vázquez:

Pasa en el episodio 13, en español titulado “El viejo y el amar”, de la temporada 13 de Los Simpson. El abuelo Abe Simpson se enamora de Rosanelda, una recién llegada al asilo, y para conquistarla decide pedir prestado el auto de su hijo y renovar su licencia de conducir. Cuando está en la oficina de Tránsito con la tía Selma, el abuelo pregunta si es posible usar en su licencia una foto que él trae consigo; ella acepta y él saca un recorte de periódico en el que aparece con una expresión de furia y el puño levantado hacia una pequeña nube, con el titular “Old man yells at cloud”, es decir, “Viejo le grita a una nube”.

El chiste dura un segundo, pero es suficiente para pasar a la historia de esos momentos brillantes y entrañables que nos ha ofrecido la serie creada por Matt Groening. Tan extraordinarias son la imagen y la ocurrencia, que han cobrado vida propia y los creadores de memes las han sacado de su contexto original para identificarlas con uno de los oficios milenarios de la raza humana: poner el grito en el cielo, y mejor si es en público. Y muchísimo mejor, aún, si ese grito va a parar a un cielo lleno de todas las quejas, todas las opiniones y todos los reclamos que otros han lanzado como si en ello se les fuera la vida. Digamos, Internet.

Nada más contemporáneo que gritarle a la nube, ésta que se parece tanto a la de Abe Simpson pero corregida y aumentada Lo que tenemos los internautas es precisamente una nebulosa, individual y colectiva, que se alimenta de los datos que en ella decidimos almacenar y esto quiere decir que lo que enviamos ahí existe en una dimensión vaporosa pero fija. Porque la nube de Internet recuerda con exactitud y soporta no solamente los archivos que decidimos alojarle sino nuestro historial, nuestro comportamiento en redes, nuestros contactos, búsquedas e interacciones. Así que además de los problemas existenciales de todos los días y todos los tiempos, esta era nos enfrenta con un nuevo dilema: ¿cómo incorporar al autoconcepto nuestra dimensión cibernética?

Desde que existe esta nube en línea, se ha dado el curioso fenómeno de que las voces tradicionalmente autorizadas para expresar sus opiniones y con ellas representar a la gente han puesto también el grito en el cielo. Umberto Eco, por ejemplo, repitió hasta el cansancio que Internet era una maravilla pero que también tenía el defecto de dar voz a “legiones de idiotas” que podían opinar o decir “lo que fuera”. Eso parecía enojarle mucho, al grado de que podríamos tomar el meme de Abe Simpson gritándole a la nube y acomodar la foto de Eco gritándole a los iconos de Google, Twitter, Facebook, YouTube y anexas.

Tal vez lo que hace falta es reconocer que hay suficiente espacio en la nube para todos y aprender a leer distinto. Porque la verdad es que digamos lo que digamos en tono de viejito cascarrabias, sea reconocido o no por la clase intelectual, sea escuchado o no por un gran público, lo que no cambia es la necesidad impulsiva de alzar el puño al aire y decir lo que nos sale del corazón a quien nos alcance a oír; si la nube cibernética ha abierto la posibilidad de recepción y ha facilitado la ejecución a “cualquiera”, pues vamos aprovechándolo en lugar de censurarlo, qué tal que por ahí logramos alguna diferencia.

Que no soporta usted el café aguado, grítelo a la nube.

Que la tienen harta las llamadas que le ofrecen créditos bancarios, grítelo a la nube.

Que no puede creer que haya gente a la que le dan asco los nopales, grítelo a la nube.

Que le gustó mucho un libro, grítelo a la nube.

Que encontró el sentido de la vida, grítelo a la nube.

Que se siente triste, hastiada, emocionado, rota, orgulloso, segura, optimista, grítelo a la nube.

Que odia a la nube, pues ya lo sabe: grítelo a la nube.

Porque pasan varias cosas cuando uno se convierte en ese viejillo cascarrabias que alza el puño y la voz para decir “lo que sea” y enojar al espíritu de Umberto Eco, que está muy vivo en muchas almas internautas escandalizadas por las legiones de imbéciles entre las que, por supuesto, jamás se cuentan. La primera cosa que pasa es que verbalizar los gritos a la nube ya es dotarlos de una materia que nos une a ellos aunque no queramos, porque la nube es memoriosa y así como a veces nos pide cuentas, también nos permite autoexplorarnos. La segunda cosa es que gritar a la nube no hace daño real a nadie y a cambio nos abre la posibilidad de la risa: por muy enojados que estemos, al usar estas plataformas para desquitarnos del mundo entero no podemos evitar que lo que digamos tenga potencial humorístico, de modo que muchas cosas que probablemente sonarían terribles o tajantes en vivo diluyen aquí su intrínseca violencia porque Internet es ante todo un campo de juegos y provocar sin querer la risa ajena podrá dejarnos rumiando del coraje, pero nos recuerda nuestros límites y eso se agradece. Capaz que hasta aprendemos a reírnos de nosotros y nos caemos mejor.

La tercera cosa es que gritarle a la nube nos hermana con los viejitos cascarrabias que habitan en todos los otros internautas. A veces creemos que algo sólo nos molesta a nosotros y nos guardamos de decirlo por aquella consigna de “si no tienes nada bonito que decir quédate callado”, pero la verdad es que en cuanto abrimos nuestro ronco pecho vamos encontrando también afinidades y hay un alivio inmenso en reconocerse en los demás, también cuando se trata de lo que intoleramos y nos saca de quicio. Que eso no va a cambiar el mundo muy probablemente es cierto, pero quién quita que si comenzamos por validar cada voz que tiene algo que decir, eventualmente podamos figurarnos cómo sí cambiarlo de veras.

Así que: eso que siente, grítelo a la nube. En una de ésas, llueve.

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