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Grietas

Por Nerea Barón:

Sé que es una improbabilidad pero el asaltante y Matías se abrazaron aquel día del asalto. Era tarde y a Matías le conmovió mucho que el asaltante necesitara tanto el dinero. De un momento a otro pasó de ser el agredido al compañero, y el agresor, desconcertado, aflojó el cuerpo, bajó las defensas y se dejó envolver por ese gesto de humanidad.

Me gusta pensar que llegó a casa confundido. Me gusta pensar también que la confusión es una forma de esperanza. La confusión, ese punto de desanclaje en el que se interrumpe la secuencia infinita del saber y por un segundo dudas sobre lo que sigue, como el niño al que se le olvida la tabla de multiplicar y ve cómo se abre un vacío frente a él, en medio del salón, y en ese vacío –con suerte– piensa.

Sé que es una improbabilidad pero yo no cargo tras de mí un resentimiento impronunciable. Podría acomodar en mi historia las lágrimas y el miedo, los dientes temblando, los discursos de muerte y su nombre tachado más de diez veces en mi libreta, ¿pero no es el pecado original condición de la vida?

Vinimos con mácula. Vinimos de un desencuentro que por azar de la esperanza un hombre y una mujer aprendieron a llamar encuentro, aunque fuera un tiempo breve, y yo, vengo también de esa grieta de amargores, culpas y gritos, esa grieta de ojos, cuerpos y besos, esa grieta de tiempo.

Ser grieta es también dejar que las cosas entren, que las cosas caigan. Decir miedo a la muerte es ceder al consenso fácil cuando bien se podría llamar, no sé, pulsión de vida. Y es justo vida lo que corre entre la gente apurada de la calle, vida la que encerrada acompaña la precariedad humana, el moretón maquillado y la adrenalina del animal envenenado de rabia.

Sé que siempre fue una improbabilidad pero en otro espacio, en otro tiempo, la conversación pudo haber sido otra. Hay casos registrados de banderas blancas, de soldados desertores y de afligidos en quienes el cansancio sabio un día terminó por aflorar y reacompasó sus latidos a un ritmo en donde sí cabía el tiempo.

No conozco militante de la luz que no mienta de cuando en cuando. La dureza de la tierra no perdona y abre la piel con cada caída, aunque cierres los ojos. Es terrible, sí, pero terrible es también el amoroso pacto entre la madre y el bebé que defenderá con su vida, el secreto que unirá a dos almas despertando el recelo del mundo, el amanecer tras una jornada dislocada, el recuerdo y la promesa. Terrible y hermoso, como una improbabilidad pulsando en el centro del mundo.

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