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Gracias por tus lágrimas

Por Nerea Barón:

Para todos aquellos con quienes he compartido llanto.

“Para el místico, la lágrima es el signo del amor, el signo de que nuestra humanidad se une de pronto a la divinidad.”

J. -L. Charvet, La elocuencia de las lágrimas.

Si tuviera un hijo, una hija, me gustaría enseñarle a llorar. Enseñarle que eso que se derrite dentro no debe infundirle temor ni mucho menos vergüenza. Las palabras son fronteras que delimitan pero también encierran y en el caso del llanto nos hemos encargado de despojarlo de su aura redentora con semánticas inclementes. ¿Ser qué: débil, azotado, sufriente, exiliado, menesteroso, incómodo, cobarde?

Le enseñaría a mi hijo a no escuchar la bulla del miedo y resistir la tentación de cercenarse para caber en el armazón del fuerte. «La aparición de las emociones, con su fuerza secreta y abiertamente desestabilizadora, excede el discurso conceptual preocupado por conservar el control de toda circunstancia», dice Catherine Chalier en El tratado de las lágrimas. Estamos frente al abismo: no controlamos nada.

El espíritu se pronuncia desbordándose –es decir, colocándose más allá de toda apropiación racional– y honrarlo supone ser al mismo tiempo presencia y desdibujamiento: Soy ésta que lloro y soy ésta que al llorar da cuenta de lo que no es y de lo que ya no puede seguir siendo.

El cuerpo también tiene un lenguaje y aquel que se entrega al llanto adquiere de súbito una estrepitosa elocuencia: entre el espasmo y el gesto desencajado, aparece un ser que necesita, que vibra, que anhela y que palpita. La total rendición es un milagro, una hendidura en la línea del tiempo que la bifurca, dando lugar a nuevas posibilidades.

Le diría a mi hijo que no tenga miedo de ser fisura. Nada hiere más al mundo que la malograda pretensión de ser monolitos pulcros, llenos de posturas rígidas y consignas deshumanizantes que no dejan lugar para la escucha, la muerte y el renacimiento.

Saberse con derecho a existir es saberse suficiente incluso en el desmoronamiento, en el silencio y en la duda. Somos nuestros atributos y su negación; somos, simplemente. Las lágrimas hablan también de la alegría que embarga al constatar esa verdad: nada, mientras estemos vivos, puede despojarnos del fuego secreto que nos alimenta.

Llora, hijo mío, y limpia al mundo con tus lágrimas. Llora y haz de tu llanto un llamado. Recuerda: quien se atreve a mostrarse es siempre, a su manera, invencible.

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