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Fotografías de la maternidad

Por Nerea Barón:

Oh, my Mama

She gave me these feathered breaths

Oh, my Mama

She told me “Use your voice,

my little bird”

Alela Diane, Oh, my mama.

I.

San Cristóbal de las Casas, Chiapas. Un campamento con algunos tráilers –casas rodantes– y también un par de casas cimentadas. Una familia vive ahí. La mujer, morena, tiene el cabello castaño con un afro de revista. Usa vestidos holgados y pasea con un bebé. El hombre recoge leña, con coleta de caballo.

Me encuentro a la mujer en el baño. Los baños son públicos y hay varios cubículos, pero casi siempre está vacío; no hay mucha gente. Me la encuentro sentada en la tasa del baño con el bebé sobre las piernas cantando una canción hermosísima. Al verme, cierra la puerta sin vergüenza y continúa cantando. Cuando digo que la canción es hermosa no exagero. Recuerdo haber pensado: con que así suena la maternidad. Una melodía que se esparce gentilmente, dando una atmósfera de bonanza, de fe en el mundo.

II.

Hasta hace poco todavía, cuando me enfermaba, la palabra que se me venía a la mente era siempre “mamá”. El sonido encarnaba a la perfección mi deseo de sentirme mejor: mamá. El sonido me permitía soltar el cuerpo y dejarlo a merced de una fuerza otra, benevolente, que me procuraría y me sacaría de ese estado pesadillesco, febril. Mamá significaba absolución, sopa de pollo, té de jengibre y magia para que, sin yo hacer nada, el mundo cambiara de color.

Curiosamente eso no se lo decía a mi madre. Y digo madre y no mamá porque esa elegía (o a esa podía acceder) cuando desde el fondo de mi telón de ensueño escuchaba el teléfono sonar. Madre se preocuparía, madre me llenaría de llamadas cada media hora y si la cosa era muy grave, viajaría hasta la ciudad sólo para verme. Y atosigarme un poco. “Estoy bien, mamá, todo en orden”.

Madre y yo nos volvimos personas al mismo tiempo: yo porque había dejado de acurrucarme en sus brazos para ser por cuenta propia, y ella porque en su enormísima terquedad de tener nombre propio —tragedia humana— de pronto dejaba la canción a la mitad y a mí con mis juguetes y mis fantasmas, al fondo de la habitación.

III.

No osaría llamarme madre sólo por tener a una cuadrúpeda con ojos verdes que se hacen agua cuando me miran. Sin embargo, desde que adopté a Esdrújula todo mi círculo ha tenido que escuchar de sus andanzas y algo dentro de mí borbotea cuando la nombro. Me da risa pensar que eso me ha hecho caer en el tobogán insondable de la normalidad. “¿Nere? Es buena gente, habla mucho de su perro”.

La semana pasada la esterilizaron y parece que la lastimaron. Empezó a orinar con sangre. Sentí cómo la burbuja de bonanza y fe en el mundo que habíamos construido juntas —huesos, paseos bajo la lluvia, siestas de cuerpos encimados— de pronto se veía amenazada. Y aunque ella seguía  confiada, durmiendo en mi regazo mientras le hablaba, a mí se me quebraba la voz por no poder ser madre abrigo infinito, madre diosa, sin nombre propio, diseñada sólo para protegerla.

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