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Formas de crecer

Por Deniss Villalobos:

“I suppose it’s like the ticking crocodile, isn’t it? Time is chasing after all of us.”

― J.M. Barrie, Peter Pan

Diciembre llegó y eso solo significa una cosa: todo mundo hará listas de lo mejor del año. Bueno, también significa que hará más frío, pronto habrá vacaciones, cena de Navidad, el año se acaba, etc. Pero es justo en este mes cuando las redes sociales, blogs y revistas se llenan de conteos con las mejores películas, series, discos y libros del año. Estas listas no me molestan y de hecho me causan curiosidad, porque así encuentro cosas de las que no sabía nada o me doy cuenta de qué tanto gustaron o fueron odiadas las que a mí me gustaron. Pero algunas, confieso, sí me hacen voltear los ojos o bostezar, en especial aquellas que en lugar de tener la finalidad de compartir obras que vale la pena conocer se limitan a hacer de escaparate publicitario.

Por mi parte, seguro publicaré en facebook la lista de los libros que más me gustaron este año para que mis tías y mi mamá le den like, o la de mis películas favoritas en tumblr, por si un director de cine está mordiéndose las uñas de nervios por saber en qué posición de mi top estará su más reciente película, pero hoy desperté pensando en una lista que probablemente solo me interese a mí y que igual voy a compartir, porque los momentos pequeños, que quizá se pierdan en mi memoria con el tiempo, esos a los que seguramente les debo haber llegado al último mes del año sin saltar de un puente, también merecen ser nombrados. De entre esos momentos elegí los que me hicieron sentir que crecí, algo que no había sentido en muchos años a pesar de que el tiempo pasa aunque yo lo note o no. Este fue el año en el que pasé de sentirme arbusto a árbol, y quizá aún no doy sombra pero ya siento cómo algunas ramas crecen. Gracias por eso, 2016.

Leer Peter Pan por primera vez

Supongo que esto podría entrar en la lista de los mejores libros que leí durante el año, pero no estoy segura de que decir algo como “oh, este es un gran libro” le haga justicia a lo que leer Peter Pan significó para mí. La historia la conocen todos, pero la dimensión de ésta cambia dependiendo de quién, cuándo y bajo qué circunstancias se lea. Imagino libros que crecen y se hacen pequeños aunque ocupen el mismo espacio en el librero pero que, en la mente y corazón del lector, tienen el tamaño de una nuez o un dinosaurio. Peter Pan llegó a mí después de mi cumpleaños, justo cuando empezaba un nuevo año y yo me sentía triste por haber crecido un poco más. Leer la historia de Nunca Jamás me hizo sentir mejor, no más joven o vieja, pero sí menos incómoda por ser cada vez más adulta. Así que espero recordar por más tiempo la tarde que pasé en mi cama comiendo galletas y leyendo a J.M. Barrie, definitivamente fue un gran momento.

Volver a ver Gilmore Girls

Este fue el año en el que muchos volvimos a Star Hollow. Gilmore Girls es una de mis series favoritas. No está al nivel de Mad Men o Los Soprano, supongo, pero en la historia de Rory, Lorelai y Emily hay algo encantador que hace que siete temporadas se pasen como agua. La disfruté como si fuera la primera vez, pero al mismo tiempo noté que algunos personajes no eran como los recordaba. Fue extraño notar que, aunque las chicas Gilmore de esa serie siempre serán las mismas, la forma en que las veo cambiará cada vez porque yo no soy la misma. Esta serie es una parte importante de mi adolescencia, y volver a ella este año fue uno de los highlights del 2016. Me reí, lloré, me enojé y, sobre todo, me di cuenta de que crecí. De que noto errores en otros y en mí que antes eran invisibles a mis ojos. De que ya no admiro a gente a la que antes tomaba como ejemplo a seguir. De que soy cada vez más yo y menos lo que, muchas veces, creí que debería ser.

Mineral del Chico

Mineral del Chico es un pueblo minero que se encuentra en la Sierra de Pachuca. Ya escribí una vez sobre el cariño que le tengo a esa ciudad, y en especial a esos pueblos de la sierra que visito un par de veces al año, pero algo en mi relación con ese lugar cambió la última vez que estuve ahí. Hasta ahora, visitar ese bosque de coníferas y la presa del Cedral era para mí una forma de escapar. Mi familia y yo íbamos ahí para pasar un rato lejos de la ciudad, pero para mí era también un rato lejos de mi familia. Regularmente voy ahí y me siento a leer lejos de todos, me pongo los audífonos durante el trayecto del D.F. a Hidalgo y no digo más de diez palabras en todo el viaje. Esta vez fue diferente. Jugué con mi sobrina y mi primito, hablé con todos mis tíos y tías, me reí con bromas que de verdad me parecieron graciosas y, en general, conviví no porque me lo propusiera sino porque realmente tenía ganas de hacerlo. No creo que crecer se trate de disfrutar más de la compañía de otros, pues con el tiempo tal vez se aprecia más la soledad, pero sí creo que crecer se trata de querer mejor. De apreciar más a las personas que te rodean, y que si no las necesitas a tu lado todo el tiempo, sí se convierten en la razón por la que un lugar te es aún más querido.

Blinis y hamburguesas

Sospecho que para la mayoría de las personas hacer de comer es tan normal como respirar. MIles de mamás preparan sopa y guisados diariamente para alimentar a familias enteras; chefs famosísimos crean platillos que más que comida son arte y podrían estar en un museo, oficinistas de todo el mundo se compran una maruchan en el oxxo y la devoran a la hora del lunch, pero hasta este año yo era incapaz de hacer eso. Alimentarme dependía de otros: lo que preparaba mi abuelita, salir a comer con mi mamá o ir sola a algún restaurante si ese día tenía dinero. Supongo que eso último, de alguna manera, cuenta como hacerlo sola, pero fuera de eso era de las personas que una vez por semana preparan un sándwich y sienten que hicieron ratatouille. Pero, hace unos meses, las cosas cambiaron y si no me preparaba mi comida sola me iba a morir de hambre. Así que aprendí a hacer arroz, sopas, cuarenta formas diferentes de preparar pasta, montones de ensaladas y de vez en cuando preparo los blinis más ricos fuera de Rusia (eso creo yo) o hamburguesas de frijol y avena que si vendiera seguro me hacen rica.

Ya sé, ya sé, no es la gran cosa, pero aprender a alimentarme todos los días yo sola me hace sentir, a veces, como un gigante en lugar de una pulga.

Trabajar, comprar

Esto también es algo nuevo para mí: trabajar para comprar. Y es que, aunque mi primer empleo lo tuve a los quince años y desde entonces he tenido varios (desde organizar fiestas infantiles, estar en la caja de un restaurante y ser la versión chafa de Audrey Hepburn en Funny Face trabajando en una librería) mis papás siempre me habían apoyado para comprar todas las cosas que se necesitan para vivir y que oh, sorpresa, no crecen en los árboles. No tenía ni idea de lo que costaba un shampoo, un pimiento rojo, unos jeans o una tablet. El dinero que había ganado hasta entonces lo gastaba en libros, libros, libros y más libros (y en tomar taxis, siempre comer fuera y mil tonterías que ahora ni recuerdo). Fue hasta este año que empecé a comprar cosas fijándome en las etiquetas para comparar precios y hacer cuentas. Vamos, aún no termino de pagar la computadora desde la que escribo esto y, aunque a veces extraño los días en que el dinero no me preocupaba, confieso que siente bien tener cosas que pagaste con el sudor de tu frente (o el dolor de tus dedos por tanto teclear).

El cumpleaños de mi hermana

Hace unos días fue el cumeplaños de mi hermana. Como siempre lo celebramos en familia y fuimos a comer pizzas a un lugar que no conocíamos. Mi sobrina reía mucho, jugaba, me pidió que la cargara, me abrazó, me dijo que me quiere y todos caminamos juntos un rato hablando de no recuerdo qué pero sintiéndonos bien. Fuimos a un parque y mientras mi sobrina se subía veinte veces a una resbaladilla, mi hermana y yo nos sentamos en una banquita, hablamos, nos tomamos selfies y reímos más. Fue un día simple y enorme al mismo tiempo. No necesitamos de nada espectacular para sentirnos bien. Pizza, un parque y un ratito con las personas más cercanas a nosotros. Quedan en la memoria los cumpleaños de ir a la feria o algún otro lugar “especial”, con los regalos enormes envueltos en papel metálico y las celebraciones con globos, y aunque quizá algo de eso regrese en próximos cumpleaños, este año bastó con poquito.

Fuimos un grupo de árboles que se juntaron, y supongo que es así como se forman los bosques.

**

Releyendo esto me pregunto si, como dijo Maya Angelou, en lugar de crecer no estaré solo envejeciendo; si todas estas cosas que ahora me parecen bien y que al imaginar hace diez años me parecían el infierno no serán una trampa horrible en la que todos los adultos caen; si pensar de cocinar, comprar cosas, sentirse feliz con poco y el simple hecho de aceptar que ya creciste no es una forma de traicionar al niño o adolescente rebelde que fuiste y que prometió que perseguiría sus sueños siempre sin convertirse en un aburrido adulto que escribe cosas como “crecer se siente bien porque ya me puedo alimentar solo y tener tarjeta de crédito”. Pero es que, siento honesta, mis sueños siguen ahí. He crecido y he cambiado pero no siento que haya perdido sueños e ideales sino que he ganado algunos y modificado otros. Siento que hay en mí espacio para pensar en cuánto costará comprar una casa y para quedarme en mi cama viendo el techo por horas, imaginando galaxias sobre la pintura blanca.

Siento que crecer, en lugar de matar una flor de tu jardín, es más bien fertilizante.

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