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Finjámonos

Por Nerea Barón:

Tal vez hemos estado entendiendo mal el síndrome del impostor; tal vez no se trata tanto de que la pretendida víctima de dicho síndrome sea insegura o incapaz de internalizar sus logros, como que, por algún infortunio de la autoconciencia, esa persona puede ver cómo su Yo es resultado de un sinfín de arbitrariedades, de constructos narrativos que no tienen solidez per se salvo por el hábito, un par de accidentes afortunados y la fe de uno que otro incauto.

Viene a mi mente una anécdota que cuenta Carlos en la que José Emilio Pacheco habla, en un homenaje que le hacen, sobre la distancia que existe entre el escritor homenajeado y el escritor que esa mañana se estaba peleando, sin mucho éxito, con un cuento que no terminaba de gustarle.

José Emilio Pacheco no exageraba al sugerirse como impostor, en cuanto a que nadie se pertenece a sí mismo: aquello por lo que estaba siendo homenajeado era sólo una fotografía, un momento seleccionado dentro del continuum de sus yos, muchos de ellos irrelevantes y otros tantos fortuitos.

Cuando me encuentro ensimismada en mis tiempos libres, me parece sorprendente que haya tantas Marianas danzando por el mundo de los deberes y haciendo cosas. A veces, temo no poder invocar a la Mariana correcta en el momento correcto y me sorprende que haya llegado tan lejos, que haya tantas cosas mías que no son realmente mías, tantos textos con mi nombre que quién sabe quién escribió, tantas posesiones pertinentes.

Me parece que es a lo que los antiguos le llamaban inspiración, a la conciencia de que uno es sólo una oquedad por la que transitan los dioses. Pero no hablo sólo de la escritura, hablo del desdoblamiento social, de la continua puesta en escena que es el nombre propio con todas sus ramas de historias, de expectativas y de funciones.

D. dice que en realidad no hay contradicción, que el yo puede verse como un fluido en el que se integran todos los polos. Uno es puro momento presente que es como decir que uno es nada, apenas un punto de fuga por el que confluyen las posibilidades. Momento presente y deseo, tendencia palpitante hacia un extremo.

Me pregunto si el síndrome del impostor no deviene precisamente de ahí, de la creencia de que se puede ser alguien sin grietas ni rupturas y de que allá afuera hay personajes así: siempre sólidos, siempre avalados, siempre confiables. Una mejor alternativa sería asumirnos todos impostores y seguir reproduciendo la farsa del yo –la farsa como juego, la farsa como creencia puesta en acto–, como el bloque de mármol que, heroico, finge ser una estatua.

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