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Feliz (umbral) nuevo

Por Alejandra Eme Vázquez:

Por primera vez desde que recuerdo, en estos días me surgieron muchas reservas hacia las formas de celebrar el inminente año nuevo. Me parece claro que si tenemos como modelo a la Madre Natura, campeona en el despliegue de etapas perfectas que vuelven cada vez a su punto de partida, nos inventamos los ciclos de vida para mantener la sensación de límite y regeneración al suponer que después de acumular ciertas vivencias, se crea con ellas un círculo cuyo punto de partida espera estático a que le demos carpetazo, bueno o malo, para buscar que los nuevos círculos que se abran sean cada vez mejores. Porque sí es tentador asumir que con cada experiencia dejamos atrás una pequeña vida y que tenemos la oportunidad de repetir los éxitos y corregir los errores en la siguiente oportunidad. Como si nada hubiera pasado, como poder ser uno mismo pero muchas veces.

Y tampoco está mal si después de terminar una relación amorosa, después de sentirnos muy tristes o de concluir un viaje, así sea metafórico, damos por terminado un "estado de la cuestión" con el ritual de atar las puntas y pronunciar: he aquí un ciclo cerrado. Sobre todo porque muchas veces tendemos a tropezar con los cabos que quedan sueltos y generalmente los maldecimos; después de todo, estamos en un sistema donde se inscriben las formas de sociedad, los modelos de relación con los otros y hasta las libertades, un sistema que exige de todos nosotros estar alertas y ser proactivos, de modo que adaptarnos al pensamiento cíclico nos evita ir arrastrando caudas innecesarias y nos permite reconocer más claramente ciertos umbrales que pueden ser útiles. Porque también es verdad que a todo, hasta al dolor, corresponde un umbral.

Pero justo ahora que estamos por cruzar uno de estos umbrales que le hemos construido al tiempo, me preocupa que en este jugar a los años y a los ciclos podamos terminar cayendo en el olvido irresponsable. Y quizá, más que en el olvido, en esta perversa idea de que a cada ciclo cerrado corresponde un borrón y cuenta nueva, una especie de "reset" que vuelve a poner todo en el punto de partida y que hace aparecer al nuevo ciclo como un libro en blanco que nos invita a comenzar desde cero.

Justo ahora que en México enfrentamos tantas realidades simultáneas que nos rebasan, los discursos de quienes se benefician con que las cosas se queden como están nos insisten tanto en darle vuelta a la página, que parecería posible, e incluso deseable, hacerlo: llevamos sobre los hombros tantos siglos de lesa humanidad, que a veces resulta irresistible la idea de dar carpetazo a ese lado terrible de la realidad que se nos cuela por todas partes, que nos duele y que nos corresponde tanto como nos desborda. Pero cuando alguien pide a una sociedad "dejar atrás" un ciclo tan evidente de crímenes y de injusticias gratuitamente, lo que está pidiendo en realidad no es superar una etapa sino simplemente voltear hacia otro lado; es decir, ser cómplice. Ante una máquina de desigualdad e injusticia, cerrar los ojos no equivale a cerrar ciclos.

He visto con mucha alegría que este cliché insoportable de "el cambio está en uno mismo" ha sido rebatido muy oportunamente en el discurso crítico actual, pero hoy quiero rescatar una idea que al menos a mí me permite ir entendiendo qué hacer para organizarme en lo personal ante todo lo que está pasando: ya que no podemos evitar vivir entre ciclos, personales y colectivos, lo que sí podemos sacar de ellos es la mayor ventaja que nos ofrecen: conciencia. Es decir, llegar a los umbrales de tiempo, de dolor y de vida con mucho pensamiento de por medio; saber en qué estamos convirtiendo lo que nos dicen las entrañas y lo que vamos aprendiendo sobre la marcha, con qué nos estamos quedando, cómo lo manifestamos en el día a día, qué estamos capitalizando, a qué renunciamos, cómo ensanchamos nuestras ideas, qué de lo que escuchamos del mundo se va quedando en los actos que cometemos por muy pequeños que parezcan.

Tal vez en la medida en que podamos ser conscientes de qué va haciendo el tiempo con nosotros, menos vulnerables estaremos ante los intentos de manipulación y mejor seguiremos contribuyendo a la reflexión colectiva, a la defensa de las causas urgentes de resolver y a nuestra propia tranquilidad, sin la tentación de ceder a la resignación y el olvido. Así visto, no se trataría de cerrar círculos perfectos sino de buscar pausas entre el espiral. Nunca vamos a volver al cero, quizá ni volviendo a nacer, así que la pausa es una buena oportunidad para replantearnos el mundo sin ansiar el imposible reset: y si la pausa es construcción, reacomodo y vehículo para la memoria, rituales como el año nuevo constituirían una herramienta para recapitular y ajustar, en lugar de tirar todo y proponernos imposibles como si no hubiera pretérito. Igualito que nuestros gobiernos cada que cambian de titular, cuando entre la corrupción y la soberbia dan la impresión de estar comenzando siempre desde cero, como si les hubiera dado amnesia. Pero es sólo apariencia, y a nosotros no nos puede pasar lo mismo.

Esta es la última columna de 2014 que aparecerá en esta sección, así que por mi parte un mínimo ritual ha concluido. Lo único que quedaría esperar es que aprovechemos el ciclo impuesto para reacomodarnos de manera que el nuevo año nos encuentre dueños de nuestros actos y nuestra voz, que son muy necesarios pese a que todo el tiempo nos estén haciendo creer que no es así. Porque parafraseando a Alfonso Reyes, entre todos lo sabemos todo y en la suma de las posibilidades de cada quien están las posibilidades de todos en conjunto. Así que a usted que lee, le deseo que tenga una pausa muy sustanciosa y aquí nos encontraremos, reajustados, en ese umbral llamado enero. Hasta entonces.

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