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Falsas equivalencias

Por @Bvlxp:

Son tiempos duros para la izquierda, tiempos muy confusos para los presos del sesgo ideológico. La realidad que ya se nos venía complicando, se nos terminó de complicar este año con la llegada del trumpismo al poder y el desencadenamiento de la decadencia de la dictadura narcochavista en Venezuela. Tanto piso tan poco parejo ha dejado francamente perplejos a los nostálgicos de la hoz y el martillo y las noches de ron en Playa Girón.

En apariencia, la violencia racista en Charlottesville y la violencia política en Venezuela no tienen mucho que ver; sin embargo, bien vistos, ambos fenómenos dan cuenta de la decadencia moral de la izquierda y resultan ser un palito más por el que también se les volteó el chirrión.

Por un lado, ya se sabe, en Venezuela manda un régimen corrupto y criminal que desde que Hugo Chávez aún nos robaba el oxígeno buscó instaurar esa quimera a la que denominó “Socialismo del siglo XXI”: el sueño de los marxistas trasnochados apalancado por una abultada renta petrolera que sirvió para comprar consciencias y derruir las instituciones democráticas. Muerto Chávez, arribó un gorilón de la misma calaña pero de capacidades funcionales francamente limítrofes. Nicolás Maduro es hoy un dictador sanguinario bienamado por algunos sectores de opinión marginal que con mucha desfachatez se denominan de izquierda. Desde la academia comprometida hasta la izquierda militante, en un despliegue repulsivo de cinismo, han intentado justificar la violencia que se ejerce desde el Estado en contra de quienes luchan por recuperar la democracia. Resulta, según estos truhanes del decoro, que la realidad venezolana es más complicada de lo que afirman los medios progresistas pues, a pesar de la violencia estatal que ha cobrado en estos meses más de cien vidas en ejecuciones sumarias en las calles, la oposición “está armada” y de eso no se habla en la prensa, siendo ambas violencias perfectamente equiparables. Por ejemplo, Jeremy Corbyn ha llegado a decir que en Venezuela la violencia se ejerce de ambos lados a manera de disculpar al régimen, lo cual no sólo es una desproporción sino una franca inmoralidad.

Por el otro, tenemos la violencia que se desató en Virgina el fin de semana: militantes del ultramar de la ultraderecha protestaron contra el intento de la ciudad de Charlottesville de retirar una estatua del secesionista Robert E. Lee de su parque principal, lo cual ha sido tachado por estos payasos de las antorchas estilo Bali como un caso de burdo revisionismo histórico y una afrenta a sus antepasados. Las grotescas imágenes de supremacistas blancos ataviados con motivos nazis cargando antorchas compradas en Walmart pero que remontan al terror del Estados Unidos del Ku Kux Klan hablan por sí mismas, pero no cuentan toda la historia. La periodista del nada conservador New York Times, Sheryl Gay Stolberg, dio cuenta en Twitter de haber presenciado a miembros de Antifa, una milicia “anti-fascista” de extrema izquierda, “cargados de odio” ejerciendo y provocando a la violencia. Algunos tuiteros corrieron a corregirle la plana, acusándola de crear una “falsa equivalencia” entre los supremacistas blancos y la milicia izquierdista, cuando en realidad ambos son profundamente fascistas.

Lo que esconde esta entelequia de las “falsas equivalencias” en ambos casos no es otra cosa que el ansia de la izquierda por justificar la violencia según acomoden los vientos de la ideología. Si se trata de Venezuela, la violencia de la oposición y la violencia del Estado son equivalentes y dan por resultado una realidad compleja que no debemos apresurarnos a condenar, dando a entender que la dictadura actúa en defensa propia. Si se trata de Charlottesville, comparar a Antifa con los supremacistas blancos resulta una falsa equivalencia puesto que Antifa ejerce una violencia anti-fascista que está del lado correcto de la historia.

Al final, los entuertos ideológicos de la izquierda paran siempre en justificar, así sea con lógicas opuestas, a quienes perciben del lado correcto de la historia, sin importar que se ejerza la violencia para ello: por el lado venezolano, a la criminal dictadura pues se trata de un oasis narcomarxista con cuya multiplicación no han dejado de soñar desde el fracaso de la Revolución Cubana, equiparando a las metralletas de las milicias revolucionarias y de la Guardia Nacional con los petardos de la oposición; y, por el lado de Charlottesville, a la milicia protofascista de Antifa, pues se trata de no achicarse ante los hillbillies so pena de que renazca el horror nazi o prenda de nuevo el KKK. Por supuesto que la izquierda mexicana, pequeña como es, no podía quedarse atrás y agarró impulso con Charlottesville para propagar falsas equivalencias en la coyuntura política: miembros de grupos filoobradoristas que viven de abultados sueldos del Estado aprovecharon para poner en el mismo saco sin mayor fundamento que una ocurrencia al PAN y al KKK, al tiempo que espumean por la equivalencia que se ha ido forjando entre López Obrador y Maduro, basada no en un ocurrencia sino en pruebas tan tangibles como que Morena ha alegado públicamente en favor del régimen chavista y AMLO nunca ha tenido los arrestos de condenar a la dictadura asesina en la que derivó.

¿Qué tal tantita integridad y tantita congruencia?

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