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Extrañar el lenguaje

Por Nerea Barón:

Pero

recordadle cuando tengáis puentes de concreto,

grandes turbinas, tractores, plateados graneros,

buenos gobiernos.

Porque él purificó en sus poemas el lenguaje de su pueblo,

en el que un día se escribirán los tratados de comercio,

la Constitución, las cartas de amor,

y los decretos.

Epitafio para Joaquín Pasos, Ernesto Cardenal (fragmento)

Hace unos años un amigo me contó una anécdota que –según me dijo– narraba a menudo un profesor de la SOGEM. La historia iba más o menos así: un escritor intentaba dejarle instrucciones por escrito a la joven que se encargaba de regar las plantas de su departamento: “Querida señorita…”,  escribía (no, no, no, muy formal). “Cristina, quería pedirte si por favor…” (¿Favor? En realidad es un trabajo, podría encontrar anfibología en mi cordialidad). “Quisiera que regaras las plantas de sombra…” (parece metáfora, ¿y si mejor las enlisto?). Ya pueden predecir el final: hojas y hojas arrugadas en el cesto de basura y el escritor, inconforme con su nota.

Lo que caracteriza a un escritor –concluía triunfante mi amigo– es que se le dificulta escribir. Yo precisaría: no se trata de dificultad sino de lealtad a la sutilezas. El escritor guarda una relación intrincada con el lenguaje porque para él las palabras significan; le preocupan los adjetivos fuera de lugar, le espantan los falsos sinónimos porque sabe que en la diferencia está la singularidad que permite que siga teniendo sentido decir. Diferir es también reconocer.

Para el escritor el lenguaje siempre es un extraño y es gracias a esa extrañeza que puede crear (es decir, conciliar la de[con]strucción con la construcción). Quizá por eso me simpatiza tanto ese epitafio para Joaquín Pasos: el problema de los intercambios de la calle, de los tratados de comercio, la Constitución, las cartas de amor y los decretos es que se relacionan con el lenguaje con demasiada familiaridad. Creen que lo conocen y así lo van nombrando: al bosque lo ponen frondoso, al estómago le ponen mariposas y a las apelaciones jurídicas las aplanan tanto que sólo se pueden leer entre líneas y con anteojos de suspicacia.

Hasta que llega el poeta y, en medio de un desbarajuste de sustantivos y calificativos, rasga el velo de la apariencia: una rosa nunca podrá ser una rosa y la coincidencia del nombre con la cosa no es más que un consenso mal logrado, provisional, frankensteiniano.

La ironía de la historia del escritor es que, por más absurdo que resulte, tiene un por qué: en su tarea ociosa y anónima de buscar las palabras justas le está dando cuerda al gastado juguete del lenguaje para que no deje de girar.

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Feedback

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  • Juan Morán Bracamontes

    Te imagino sentada escribiendo, seleccionando con cuidado cada palabra, como si estuvieras en una partida de “tetris” en donde cada figura debe acomodarse con cuidado para romper los bloques y liberar tus pensamientos.
    Me gustó mucho tu artículo.
    Gracias por escribir, te leo con interés.

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