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Ética para Gerardo

Por Alejandra Eme Vázquez:

Hace unos días, el cantante Gerardo Ortiz lanzó el videoclip de la canción “Fuiste mía”, balada grupera que narra una decepción amorosa desde el punto de vista del varón de una relación heterosexual. En la canción se percibe tristeza ante un desengaño, con un ritmo lento y hasta “romántico”; en el video vemos a una pareja, presumiblemente casada, que en apariencia tiene una buena relación hasta que nos damos cuenta de que ella es infiel y aprovecha las oportunidades en las que él no está para ver a su amante hasta que el marido, personificado por Gerardo Ortiz, termina descubriendo la infidelidad en plena ejecución y con gran tranquilidad, toma una pistola de algún cajón y mata al amante. Lo que sigue es que la esposa llama a la policía y se encierra en el baño, a donde el marido va por ella, la maniata, la besa y acaricia, para luego encerrarla en la cajuela de un automóvil y rociarle gasolina, todo esto mientras vemos a la policía llegar al lugar de los hechos sin poder frustrar lo que va a ocurrir: el video termina con el personaje del marido engañado sonriendo satisfecho después de incendiar el auto donde está encerrada su esposa.

El videoclip causó una inmediata polémica y quizá era su intención, dado que lo primero que resalta es la inconexión entre el ritmo/letra de la canción y la violencia de lo que vemos en pantalla: la canción en sí misma no sugiere tal interpretación en primera instancia, y aunque es cierto que no todos los videoclips son ilustrativos, cuesta trabajo encontrar el móvil que hizo contar la historia de esta manera. Después llama la atención que pese a que la calidad de la producción sea innegable, la carga de violencia es ejecutada con una gran ineficiencia actoral, sobre todo por parte del protagonista que proyecta pereza antes que ira, por lo que es difícil concentrarse en el video como una pieza bien lograda en términos técnicos. Y por supuesto, si no encontramos más criterio que el contenido para acercarnos a él, podemos proceder a cuestionar qué visión está presentando y hasta reforzando, en términos discursivos. La controversia se disparó especialmente porque uno de los asesinatos cometidos en esa ficción tiene un móvil sexual, no sólo porque la víctima sea mujer sino porque se ejecuta con una carga erótica de por medio, de modo que la mayor crítica surgió desde el discurso feminista. Hasta el momento la primera consecuencia concreta ha sido la cancelación de presentaciones de Gerardo Ortiz, quien seguramente se verá obligado a disculparse o a eliminar el contenido, mientras unos se rasgan las vestiduras por el atentado a la libertad de expresión y otros, por no poder creer que en pleno siglo veintiuno se sigan produciendo discursos así de fallidos.

Hay una corriente de crítica que recupera y formaliza la base ética de la recepción de ficciones que van desde la música hasta la publicidad. Se pueden encontrar estos acercamientos bajo el rubro de “crítica ética”, que ha sido ejercida con maestría por autores como Wayne Booth, quien en su libro Las compañías que elegimos afirma que una apreciación ética fundamentada es una forma válida de crítica, aunque pueda llegar a extremos cuestionables como lo puede hacer cualquier otra visión. Si censurar es ejercer una autoridad expresa sobre el discurso de otros para coartarlo, la crítica con fundamentos éticos no parte de una intención censora sino de un esfuerzo por entender qué pasa con los discursos que forman nuestro universo y cómo los estamos recibiendo en lo integral. El video de Gerardo Ortiz puede verse desde lo musical, lo visual, lo narrativo o lo ético porque las lecturas existen; cada una puede llevar a diferentes conclusiones, pero existen. Al final, la crítica será capaz de sintetizar todas las visiones o hablar de sólo una, y aunque los criterios se confronten no quiere decir que se destruyan entre sí. Querámoslo o no, una de las características de este universo humano que nos hemos construido es que todo, hasta lo opuesto, sucede simultáneamente y sin pedir permiso. Difícil sería sostener que algo tenga un sentido unívoco, ni en convenciones tan arraigadas como las palabras o las imágenes.

Ninguna manifestación cultural ni artística es intocable. Que Octavio Paz haya ganado el premio Nobel o que Paquita la del Barrio sea infaltable en nuestras noches de karaoke no quiere decir que no podamos tomar sus discursos, a disposición nuestra, para mirarlos bajo tantos filtros como sea posible, sin que éstos se excluyan entre sí. Cuando en 1949 el jurado del Bollingen Prize le dio la presea a Ezra Pound por un poemario en el que claramente expresaba ideas antisemitas y comunión con el fascismo, se armó una polémica a la que uno de los jurados, Allen Tate, respondió: “Voté por él por la siguiente razón: la salud de la literatura depende de la salud de la sociedad, y viceversa; debe haber una constante vigilancia de los fines como de los procesos. La tarea específica del hombre de letras es atender a la salud de la sociedad no de cualquier manera sino a través de la literatura, es decir, debe estar permanentemente consciente de la condición del lenguaje en su época. Como resultado de observar el uso del lenguaje por parte de Pound durante los pasados 30 años llegué a la convicción de que ha hecho más que cualquier otro hombre para regenerar el lenguaje, si no las formas imaginativas, del verso inglés. Tuve que afrontar el hecho desagradable de que había hecho esto incluso en pasajes de poesía en los que las opiniones expresadas iban desde lo infantil hasta lo detestable”.

De la respuesta de Tate podemos sacar conclusiones interesantes. Primero, que sí existe un dilema ético en las lecturas del mundo que vamos haciendo, aunque intentemos ignorarlo; al menos una parte de nuestra capacidad receptora registra que estamos ante un discurso violento, racista, homófobo, clasista, sexista o aleccionador y lo deja en reserva para ver si eso se va a poner o no en juego en nuestra percepción final; pero también nos muestra otra cara de esta realidad al aceptar que en el caso de Pound, si lo que movía al crítico a considerar importante su aportación era la regeneración del lenguaje, el criterio ético pasó a segundo plano. En el caso de Gerardo Ortiz, tal vez lo que dejó tan vulnerable al video en cuya ficción se comete un feminicidio es que las fallas de realización son tan evidentes que no alcanzan para que el filtro estético se posicione sobre el ético, como sí pasa con Pound y con tantos otros discursos ante los que podemos decir: “Sí, es horrible esto que está diciendo, pero…” y aludir a virtudes que juzgamos más importantes que el defecto. Lo subjetivo no escapa a esa jerarquización, y la hacemos aun inconscientemente; mejor es hacerla visible y aceptar que nuestra crítica siempre tiene un elemento ético, que no es lo mismo que moral porque no se ciñe a formas tradicionales de pensar o actuar, sino al principio de que todo discurso es responsable de sí mismo y a la posibilidad de desentrañar cómo se sostiene y qué poder ejerce sobre quien lo recibe.

Hay un argumento constante respecto a que la “corrección política” arruina la libertad de expresión y se mete en asuntos que no son de su incumbencia, sin dejar claros los criterios sobre qué sí es de su incumbencia y cómo se ha llegado a esa conclusión. Este argumento suele entender como corrección política la aplicación de criterios éticos sobre discursos tradicionalmente convenidos como inocuos, excepcionales, canónicos y hasta intocables; el problema de esta afirmación, y lo que enoja tanto a quienes la sostienen, es que no hay nada que impida tomar estos discursos y verlos a nuevas luces, lo que suele provocar malestares que antes no había (porque esos criterios antes no existían) y puede llevar a protestas o hasta encabezar peticiones de reformulación o retractación. Es cierto que del impulso crítico se siguen a veces actos agresivos que nos recuerdan que todos llevamos dentro un pequeño censor que si pudiera, eliminaría de tajo y sin preguntas lo que no nos gusta, pero quienes se quejan de lo que consideran “hipercorrección política” tampoco están exentos de ese espíritu censor y en ocasiones se expresan en tales términos, que dejan ver que les complacería mucho que desaparecieran de una buena vez todos quienes ven cualquier cosa bajo cualquier filtro con el que no coincidan. La intolerancia es una licencia que nos damos desde la víscera y no faltan justificaciones para explicarla, sea cual sea nuestra ideología. Podríamos comenzar por aceptar que toda opinión es elección y por lo tanto, tiene elementos de ficción. Quizá así dejaríamos de enojarnos tanto y avanzaríamos en considerar tantos criterios como podamos, a ver qué nos aporta cada uno y cómo construimos el marco desde el que vemos el mundo.

Ser críticos es también poder cuestionar los sitios del discurso y la acción donde nos sentimos más cómodos: si llevamos años sosteniendo la misma cosa con el mismo fervor, bien valdría hacer ejercicios distintos para ver el color de otros cristales y aun cuando volviéramos al mismo sitio, el solo viaje de pensamiento ya nos haría mirar de otra manera. El concepto de corrección política surgió a mediados del siglo veinte para probar si el discurso era capaz de modelar al mundo y eso es algo que todavía no sabemos de cierto y que podemos cuestionar, pero no desestimar completamente porque además todos, a nuestro modo, establecemos un nivel de corrección en nuestra micropolítica. Eso, sin contar que el término se ha trivializado y se puede caer en llamar “corrección política” a un ejercicio de crítica legítimo: la diferencia está en los elementos. Y si consideramos la capacidad de este mundo para ser asfixiante y rebasarnos, no desecharemos la necesidad de tener herramientas para poner el reflector en tantos factores como sea posible. La crítica ética permite acceder a una parte de nosotros que normalmente ignoramos en aras de una pretendida objetividad, y en ese sentido representa un trayecto al menos distinto de lo que solemos hacer; no dejará de haber quienes se opongan y si lo tomamos como un juego de estrategia naval, los puntos se repartirán a veces de un lado y a veces, del otro. Pero en realidad no se trata de puntos. Se trata de darnos cuenta de cómo se ve el mundo desde otros filtros y hacernos responsables de los que elijamos, con todo lo que esto significa.

Fuentes: Booth, Wayne, Las compañías que elegimos. Una ética de la ficción, traducción de Ariel Dilon, Fondo de Cultura Económica, México, 2005.

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  • Karla

    Qué bello análisis. Había caído en una especie de hartazgo al ver las discusiones tan polarizadas que suelen salir en las redes sociales sobre la correccíón política o sobre que sí y que no debemos hacer al manifestarnos sobre las cosas que nos importan, como el feminicidio; pero ahora me dejas con una sonrisota de esperanza por saber que hay personas fregonas que saben ver más y abarcar de todo.. Gracias muchas.

    • Alejandra Eme Vázquez

      Muchas gracias por leer, por comentar, pero sobre todo por la sonrisota. Va otra de vuelta.

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