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Espíritu del tiempo

Por Nerea Barón:

Cada ola del mar

levantando se aparece

elevando mis manos

como diciendo «hey».

Cada ola de mar, canción medicina.

 

El instante carece de protocolo. Sería contradictorio que lo tuviera, pues el mismo instante se define por ser un desanclaje en la sucesión infinita del tiempo. Toda experiencia cumbre ocurre en un instante y es, a su manera, un gesto de desobediencia: rota la lógica del tiempo, los eventos empiezan a obedecerse exclusivamente a sí mismos. En estos momentos es cuando la gente se quita la ropa, falta a la escuela, sale del clóset y dice «yo».

Decir «yo» es decir instante pero también decir tiempo. Decir «yo» es lanzar una promesa al aire. Es ahí cuando aparecen los protocolos, mapas ficticios de la persecución de un deseo. Insértese aquí las palabras constancia y disciplina. Detrás de cada decisión, definida por su lealtad a la continuidad, se alberga el espíritu de un instante que desanclado pudo ver más allá de la torpe tensa tendencia de lo repetitivo, como si fuera un recordatorio con el que nos dijéramos: «la última vez que tuve la lucidez para no ser tiempo, atisbé un anhelo y esta es su torpe tensa ruta».

Aquí comienzan los oxímoros. Desmemoriados, pronto olvidamos por qué estamos haciendo lo que estamos haciendo y requerimos de otro instante que nos cambie de ruta o nos devuelva a la primera: volver a encontrarnos con un viejo amor o un viejo manifiesto, sentir que perdemos nuestra casa con su calor y sus personas o simplemente asomarnos por accidente a una forma de vida más libre, más anhelada. Entonces el terremoto se repite.

La voluntad se contradice continuamente con la voluntad porque hay que sostenerla demasiado tiempo, teniendo como único respaldo nuestro mapa ficticio y la esperanza de que pronto el instante, con su rotunda claridad, se repita. A veces, sin embargo, perdemos la memoria del todo, olvidamos cómo buscar esas grietas de tiempo y nos quedamos sólo con el cascarón vacío de aquella ocasión en la que, por azar de la tormenta, nos atrevimos a decir «yo» y decidimos.

Una decisión dada por sentada no lo es tal. Una decisión dada por sentada es una decisión muerta. El otro camino es más intrincado: dejar siempre un espacio para el vaivén de los afectos, escuchar al espíritu del tiempo y agradecer cada vez que una ola de mar levantando se aparece, elevando nuestras manos, como diciendo «hey».

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