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Esperando a los Bárbaros

Por Oscar E. Gastélum:

“El fascismo es capitalismo en decadencia.”

Lenin

“I love the poorly educated!”

Donald Trump

A unas semanas de que la primavera arribe al hemisferio norte, un fantasma recorre el mundo: el fantasma del fascismo. Y es que esta nociva y proteica doctrina ya no se circunscribe al islamofascismo que alcanzó su cenit con el surgimiento de ISIS. O al puñado de regímenes fascistoides que llevan más de una década arruinando los países que sojuzgan al tiempo que ejercen una influencia nefasta, militar o ideológica, sobre sus vecinos, como en el caso de Rusia o Venezuela, sino que ha alcanzado el corazón de la democracia liberal con la aparición o el fortalecimiento de figuras demagógicas ridículas y escalofriantes como Donald Trump o Marine Le Pen, que amenazan con darle el tiro de gracia a la civilización occidental en un futuro no muy lejano.

En el caso de Trump, sin temor a exagerar el payaso más peligroso y preocupante de todos los que han emergido en los últimos años, pues podría quedar a cargo del país económica y militarmente más poderoso de la historia, debo confesar que fui de los ingenuos que al inicio de ese freak show obsceno que es su campaña, subestimaron la amenaza que representa. El estrepitoso fracaso de su primer amago presidencial en 2011 me convenció de que ni siquiera el delirante electorado republicano, intoxicado por la propaganda histérica de Fox News, apoyaría a semejante bufón.

Pero Trump es un demagogo nato y talentoso que hace cuatro años supo reconocer que aún no llegaba su momento, y que hoy se ha topado con el clima político y económico ideal para desplegar su hedionda demagogia populista, jingoísta y xenófoba entre un electorado mayoritariamente de raza blanca y perteneciente a la clase trabajadora, que en las últimas décadas ha visto cómo su calidad de vida se desploma dramáticamente, mientras sus antiguos empleos son exportados al tercer mundo ante la indiferencia o la complicidad de la inmensa mayoría de los políticos tradicionales de ambos partidos.

Un revelador estudio publicado el año pasado por el profesor escocés Angus Deaton, ganador del Premio Nobel de economía en 2015, reveló que los norteamericanos de edad madura y raza blanca son el único grupo generacional y étnico en EEUU y el resto de los países industrializados, cuya taza de mortalidad se ha incrementado en lugar de disminuir. Y lo más dramático del hallazgo es que la causa detrás de esta insólita tendencia no es el cáncer, la diabetes o las enfermedades cardiovasculares, sino una epidemia de suicidios, enfermedades hepáticas relacionadas con el consumo de alcohol, sobredosis de heroína y otras drogas ilícitas, y males ocasionados por el abuso de opioides legales.

Esa clase trabajadora depauperada, olvidada por los políticos tradicionales, tildada de racista, sexista y homófoba por la izquierda que solía luchar a favor de sus intereses, sumida en una profunda crisis existencial y ahogada en un mar de incertidumbre y resentimiento, es el público ideal para un estafador con lengua viperina como Trump. Quien se presenta ante esas masas incautas y desesperadas como una figura independiente y ajena al establishment, un hombre de negocios fabulosamente exitoso y sin pelos en la lengua, que dice lo que piensa cuando le da la gana, sin dejarse guiar por las encuestas y los asesores de imagen, o intimidar por la prensa y los mojigatos guardianes de la corrección política.

Pero detrás de esa seductora fachada hay un hombre repulsivo, fatuo y vulgar. Un heredero mimado con delirantes ínfulas de emprendedor y “self-made man”. Un demagogo que ofrece diagnósticos errados y soluciones falsas y simplistas ante una crisis profunda y compleja. Un charlatán sin escrúpulos que explota los peores defectos de la naturaleza humana, empezando por el miedo instintivo a los otros, para lucrar políticamente, creando de manera irresponsable una atmósfera de odio y división en el corazón de su patria.

Por si todo esto fuera poco, Trump es además el producto más acabado de la cultura de los “reality shows”, y de esa nueva y perniciosa obsesión por la fama sin atributos. Una versión masculina de Kim Kardashian, con rostro abotagado, piel rosa fosforescente y el peinado más horroroso jamás concebido, que no se conforma con “logros” tan modestos y comparativamente inofensivos como los que satisfacen a la señora de “Kanye”: ganar millones de dólares exhibiendo un trasero elefantiásico a la menor provocación o incrementar diariamente su millonaria cifra de seguidores descerebrados en Instagram, sino que aspira a controlar el arsenal nuclear de la nación más poderosa del mundo.

Hace unos días, en uno de esos exabruptos de abrumadora candidez a los que es tan propenso, Trump se retrató de cuerpo entero al expresar cínicamente su enorme afecto por la gente sin educación. Y es que no hay nada más peligroso para cualquier democracia que la existencia a su interior de un amplio sector del electorado, ignorante, desinformado, fácilmente manipulable y súbitamente motivado por la tóxica combinación de una crisis económica y social, y la retórica inflamada de un demagogo oportunista que promete soluciones fáciles e instantáneas al tiempo que deshumaniza a una o varias minorías, achacándoles la culpa de todos los males existentes.

La destrucción de la joven República de Weimar a manos de un grupúsculo de rufianes sádicos y borrachos, liderados por un insignificante pintor austriaco, fracasado, antisemita y portador de un ridículo bigotito,, nos enseñó que la democracia es una bestia frágil y que su destrucción puede acarrear tragedias colosales. Aún en estos momentos en que el peligroso fenómeno Trump está en su apogeo y parece imparable, confío en que la sólida democracia norteamericana logre contener al fascismo que se agolpa peligrosamente a sus puertas.

Pero, si lograran emerger de esta ominosa era de tinieblas y quisieran evitar sustos como este en el futuro, el capitalismo y la democracia liberal deben aprender, por lo menos, estas tres grandes lecciones:

  • La desigualdad rampante no sólo es profundamente injusta e inmoral sino sumamente peligrosa para la estabilidad política y la salud del tejido social de cualquier nación.
  • Convertir en celebridades a seres vulgares y soeces, y construir un lucrativo culto alrededor de sus grotescas personalidades quizá parezca una trivialidad, pero puede pervertir el sistema de valores de una sociedad y tener consecuencias muy serias en la psique colectiva.
  • La democracia liberal debe encontrar urgentemente la manera de educar mejores ciudadanos, pues sólo a demagogos protofascistas como Trump o a oligarquías parasitarias e inescrupulosas como la mexicana, les conviene tener a su entera disposición a decenas de millones de votantes potenciales hundidos en la más profunda estupidez e ignorancia.

La moneda está en el aire y lo único que nos estamos jugando en este volado es el futuro de la humanidad: ¿Águila o Sol? ¿Civilización o Trump?

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