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Espejo Rey

«Me veo al espejo y no veo ABSOLUTAMENTE NADA atractivo. Veo a una tipa con una nariz enorme, una boca sin chiste, con granitos y marcas en la cara, pelo todo gacho, despeinada, chaparra, un poco orejona, con las piernas chuecas, hombros anchos, con brackets, y que lo único que tiene bonito son los ojos». Así escribió Alejandra en su diario del 4 de marzo de 1996, seguido de un dibujo que ilustraba con notable precisión todos y cada uno de los monstruosos rasgos recién descritos. Y a un lado del dibujo, una flecha que llevaba directo a la pregunta: «¿Así estoy?».

Esa Alejandra era, o soy, yo. Tenía quince años y sufría mucho cada vez que me detenía a pensar que ‘no podía conseguir’ novio, pese a que mi educación en casa fue sumamente cuidadosa y se enfocó en abrirme mundos con la lectura, el arte, el pensamiento crítico: jamás en mi familia me sentí desoída o subestimada, y jamás se me fomentaron estereotipos de belleza ni cánones imposibles. Aun así, cuando llegué a la adolescencia no tuve reparos en comenzar a ejercer una autocrítica voraz con lo que más me importaba, es decir, mi corporalidad.
Hay una escena de Los Simpson a la que acudo frecuentemente para pensar sobre autoconcepto: Homero está buscando a Marge junto con el jefe de policía Górgori, cuando escuchan en el radio de la patrulla la descripción de la prófuga que ha robado un auto junto con otra mujer. Mientras se van mencionando los rasgos de la sospechosa vemos la nube de pensamiento de Homero, quien va añadiendo piezas en desorden al retrato hablado: vestido verde, collar rojo, cabello azul, y de la yuxtaposición resulta un monstruo espantoso; hasta que, una vez concluida la descripción, la imagen mental se reordena y de exactamente los mismos rasgos aparece muy claro el rostro de Marge. Todo cobra sentido: aparece la identidad.
De la violencia con que describí mis rasgos yuxtapuestos a los quince años no queda rastro. Poco a poco, mi imagen mental de mí se ha ido organizando y ahora me concibo como un conjunto de señas, no sólo físicas, que me identifican; pero a veces la imagen se desacomoda un poco o un mucho, y entonces hay días en que algunas señas parecen querer salirse del conjunto, o no pertenecer, y esos días ando ocultándome del ojo ajeno porque creo que todos van a verme descolocada de mí, tal como me siento. La fortuna es que mi autoconcepto ya no es sólo superficial y tengo muchos más criterios de los que puedo echar mano: a medida que aprendemos a comprender mecanismos del mundo fuera de nosotros, tenemos mayor capacidad para internalizarlos y establecer parámetros de comprensión sobre el pequeño, y ni tan pequeño, universo que somos.
El concepto del sí mismo es un tema que ha ocupado cientos de páginas, discusiones y reflexiones. Desde el yo escindido en media naranja de los Diálogos de Platón hasta la identidad expuesta que propician las nuevas tecnologías, el esfuerzo por describir esos límites que nos determinan (y no) ha resultado en extensos estudios y corrientes de pensamiento. Hubo que esperar hasta la década de los sesenta para que apareciera el término autoestima, ahora tan llevado y traído por los libros de superación personal, pero que entonces fue una herramienta indispensable para definir al yo de la razón respecto al yo de la experiencia; y pronto también el estándar de autovaloración definió el éxito o fracaso en la adaptación al sistema social, ya que alguien que ‘se conoce’ puede insertarse más fácilmente en las dinámicas de eficiencia y productividad. ¿No lo anunciaba ya el oráculo de Delfos? De ahí que en educación se promueva la autoevaluación y que la autocrítica sea un tesoro preciado aunque difícil de ejercer, como todo acto del yo para el . Pero vale la pena el esfuerzo: todos queremos tener alrededor gente que se afirma a sí misma, al menos en los términos que dictan el uso y la costumbre.

En tierra de cristales, el espejo es rey. De las miradas de otros, fronterizas, se forma la mirada propia que está sesgada de inicio, porque no puede ser de otra manera. Si pensamos cuánto tiempo somos seres sin identidades asignadas, quizá resultaría un cálculo de uno o dos segundos antes de que alguien nos dijo ‘bebé’, ‘bonito’, ‘mujer’, ‘pequeño’, ‘hija’, ‘querido’, ‘berrinchuda’. O quizá sólo descansamos de ser durante el tiempo en que existimos sin que otros supieran, en ese limbo entre la concepción (qué curioso que se nombre así) y la primera noticia al exterior; pero una vez que se nos adhiere la noción de persona, se sabe que en algún punto nos tendremos que rendir cuentas de quiénes somos, así sea tan cruelmente como la Alejandra adolescente que fui. Con suerte, esa rendición de cuentas terminará en negociación; y con más suerte, en auto/complicidad.

A estas alturas de la sociedad de la información, somos cada vez más lo que nos contamos de nosotros con ayuda de todas las herramientas que tenemos disponibles. Sabemos que el espejo nos devuelve una imagen que no nos corresponde del todo, pero confiamos en el ojo de una cámara tanto como en el del humano vecino para comprobar que en el espacio que ocupamos, hay una serie de contornos que nos identifica. Tenemos además el lenguaje, que si bien es limitado nos ofrece la invaluable oportunidad de comunicarnos y de establecer en nuestra narrativa personal una idea de continuidad que nos permite saber que somos en el sentido que nos ha sido asignado, primero por la comunidad y luego por nosotros mismos. Ojalá que todos sepamos, también, que ese sentido no es fijo ni es incuestionable. Y es que nada lo es, ¿o sí?
No sé cómo me describiría hoy en un diario, y aunque sé que no lo haría sólo físicamente, me queda claro que junto con el cariño que ya me tengo saldrían a relucir mis problemas y desacuerdos conmigo en cuanto a ente. No puedo evitar evaluarme también en negativo, y no sé si quiero evitarlo: parece que nuestro ser, nuestro estar y nuestro devenir se determinan en gran medida por el perenne cuestionamiento de lo que percibimos de nosotros por tantos y tantos frentes, con todas sus minucias inagotables. Porque si hacemos caso de Judith Butler cuando dice que la dificultad hace emerger al yo, qué mayor dificultad hay que intentar hacerlo emerger en este continuo buscarnos como si hubiéramos sido escondidos al centro de un laberinto. Creo que algunos lo llaman vida.

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