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Epicentros

Por Alejandra Eme Vázquez:

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La emergencia es un estado, leo. Un estado con ríos, cordilleras y sitios turísticos, con capital y ayuntamientos, supongo. Estar en emergencia es saber que pasa algo que mayormente no ves, intentar armar en la cabeza y hasta en un croquis los pedazos de vida dislocada que nos ofrece la inmediatez. A veces la emergencia también es caminar por la calle y que nada parezca fuera de lo normal, pero recordar que es sólo una ilusión, que a pocos kilómetros hay una familia que lo ha perdido todo y que más allá están rescatando a alguien con vida de lo que antes era un condominio. Y hay momentos también en los que una ya está muy relajada, haciendo planes e inventarios, cuando llega Emergencia a tocarte el hombro: tú la traes.

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Tembló. El mismo puto año de hace cien putos años, Kevin dixit, tembló. Ahí vamos contándonos las historias de cómo cada quien ha vivido estos días caóticos en los que la noción de tiempo es surreal y también vamos encontrando cómo restituir nuestro sitio en la tierra, que nos fue arrancado y que encontramos por allá tirado, a veces roto, a veces intacto, pero frágil. Tembló y vimos bandadas de pájaros cruzar el cielo imposiblemente azul, y supimos que justo en ese momento algo estaba derrumbándose, y nos sentimos culpables por desear que no fuera nada querido. Tembló y no pudimos comunicarnos, en la era de la sobrecomunicación. Tembló y todos fuimos niños de cinco años, otra vez, como aquel jueves.

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Cuando mi hermana iba a nacer, mi mamá tuvo la puntada de irse caminando a comprar un “ojo de Pancha” a la panadería Santo Domingo de Calzada del Hueso y Miramontes. Nosotros vivíamos en la unidad del Fovissste de la Alianza Popular Revolucionaria, así que habrá caminado unos 40 minutos, con más de ocho meses de embarazo a cuestas. Mi hermana nació horas después y cuando la panadería desapareció, se llevó también una parte de esa identidad porque también somos las geografías que recorremos, que habitamos y amamos.

El cuerpo de este país nos duele a todos. Nos duele cada derrumbe, cada escombro y cada casa inhabitable. Pero como en todo cuerpo dolido, nos punzan especialmente ciertos sitios, a ciertas horas, siempre. A mí me punza todo, pero el sur de mis paseos en Galerías Coapa y mis Reyes Magos de alameda me duele como me dolería el apéndice o la muela del juicio, así de intensamente. Hace 32 años, a punto de cumplir los cinco de edad, mi dimensión de la tragedia alcanzó para darme cuenta de que el anuncio de Sprite que estaba cerca del kínder al que iba se había caído. Hoy tengo los ojos más abiertos y no puedo olvidarme de Los Girasoles, los multifamiliares, la tiendita, el supermercado, el edificio cuyas paredes se cayeron completas dejando a la vista una intimidad que angustia atestiguar. No puede olvidarse, ni cuando en esos huecos haya un nuevo relieve, ni cuando vuelva la rutina, no puede olvidarse.

Las tragedias son inabarcables de por sí: a lo mejor se trata de ajustar el zoom para hacernos cargo de nuestra comunidad inmediata y confiar en que todos lo están haciendo también. A lo mejor así encontramos alguna solución conjunta, algún alivio.

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Del desastre se aprende rápido, quizá porque la debatida dicotomía razón/emoción se derriba en cuanto nos volvemos un manojo de nervios. Entonces adquirimos a pasos agigantados saberes que jamás creímos necesitar pero que se vuelven cruciales, como que podemos confiar nuestras vidas en manos de milenials o que la mirada de quien ha sobrevivido está llena de sabiduría, así se trate de niños de siete años,

que escuchar es la regla de oro para apoyar a los demás,

que también somos esos que corren a asegurarse de que los que les caen mal están bien,

que hay que hacer como los perritos y ayudar con nuestra sola existencia,

que ayudar se trata también de conocer nuestras capacidades y nuestros límites,

que ayudar a otros es también cuidarnos a nosotros mismos,

que ayudar implica saber cuidar los mínimos detalles,

que a veces una va a decir “estoy muy mal” y no va a encontrar ningún eco,

que a veces una va a pensar “estoy muy mal” y alguien va a viajar seis horas en un tráfico infernal para darle un abrazo,

que puño arriba es silencio y también somos útiles cuando callamos,

que un soldado lava un baño cinco veces más rápido que un civil,

que no vale la pena construir barreras cuando se trata de querernos,

que 32 años no sirvieron para cambiar las ínfimas condiciones de trabajo de una costurera,

que nos urge estar más atentas, más atentos, para que no sea la tragedia lo que nos revele el mundo.

Y lo que nos falta.

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Mis compañeros columnistas de este sitio han escrito ya sobre el sismo que este año re-cimbró al 19 de septiembre. El miércoles 20, Óscar E. Gastélum escribió un entrañable texto sobre su impactante experiencia en 1985 y cómo no podemos permitirnos indiferencia ante este nuevo desastre; el jueves 21, Frank Lozano nos recordó que sólo haciendo redes sólidas entre nosotros podemos ayudarnos; y el viernes 22, Deniss Villalobos expresó la abrumadora gratitud que sentimos todos quienes vimos a nuestra gente cercana y lejana, querida y desconocida, saliendo a ayudar en actos de heroísmo que nunca se nos van a olvidar.

Hoy me toca a mí, porque la historia que contamos hacia otros es también como la cubeta de escombros que nos pasamos de mano en mano hasta que llegue a un lugar seguro, donde no pueda dañar a nadie más. Y lo que yo quiero decir es justamente que seguimos y seguiremos contándonos el terremoto porque esto no acaba. Que si el estado de emergencia ya ha terminado en el argot técnico, si la tendencia institucional se dirige hacia la normalización y todo en el discurso político se reduce a bienes materiales y a tajadas mezquinas, necesitamos recordarnos entre nosotros que hay muchas vidas colapsadas, muchas exigencias unidas a los altos mandos y mucho trabajo de cuidado por hacer. Que no podemos volver a ser los que éramos y que para ello necesitamos ayuda, pedirla, darla a quienes tenemos al lado.

No está difícil, ya sabemos hacer cadena humana.

Foto: Cuartoscuro

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