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Entrevista a don Manuel Pedroso extraída del Periódico Excélsior de 1956

(El doctor Manuel Pedroso, rodeado de dieciséis mil libros):

-Estuve en la Alemania del Káiser, la época más brillante de Alemania, Conocí todo lo mejor que había en la literatura y también a Albert Einstein. Sólo al verlo se sabía que era un sabio.

¿Qué cuáles son las características del sabio? No puedo decirlas, porque se creería que me hago un autorretrato… creyendo que yo soy sabio. Conocí a Carl Schmitt, que era muy amigo mío. Fue nazi y dio cierta pauta a Hitler. Pero era tan inteligente, tan inteligente, que se tuvo que salir de Alemania. Viví la Alemania de la República. La que menos me gustó fue la de Hitler. Y es que había una tristeza muy grande en todas las calles y el café Des Westens había ya desaparecido.

(Einstein, entre paréntesis, era muy jovial y muy sencillo y muy llano, y dicen que su conversación era siempre grata).

-Cuando vine a México, en 1939, dos amigos míos lloraban “por qué nos vamos de Europa”.

Yo, para consolarlos, les decía: “Sí, pero nos vamos”. Ahora, sin embargo, siento añoranzas de Europa. Echo de menos, pues… “lo que no se toca”, todos los amigos que tengo allá, el ambiente intelectual muy intenso, el valor grande que tiene en Europa lo intelectual; si uno carece de dinero y está mal vestido, teniendo un valor intelectual, habiendo hecho algo, se tiene un lugar en todas partes. He conocido a todos los europeos más importantes. Eran tan importantes que muchos de ellos han sido muertos o fusilados.

(El maestro Pedroso se da cuenta de  que “hay rusos que son muy malos, malos”):

-Durante la guerra del 14 yo era delegado de España ante la Sociedad de Naciones. Fui miembro en Varsovia y en Moscú.

Pero cuando estuve al cuidado de la oficina de protección a los rusos, en Berlín, debía hacer inspecciones en un hotel elegantísimo, en donde estaban alojadas, sin poder salir, las familias más aristocráticas de Rusia. Cenaban suculentamente y organizaban grandes fiestas. Todas las señoras se vestían de gala, viajaban con sus servicios de plata y con un mayordomo por detrás. En una de mis diarias visitas nocturnas, un señor, que había sido gobernador de Astracán, me contaba que para acabar con las huelgas en Astracán había colgado a once hombres y los quemó, después de untarlos con brea. Me incliné ante él y no volví más a aparecer por el hotel.

Aquel señor gobernador usaba siempre un gorro de astracán, en forma de punta; parecía un mongol, traía una barba grande; era un hombre bonachón, pero cuando me contó eso empecé a dudar de que fuera tan bondadoso. O, acaso, se parecía a un personaje de Baroja: “el rey, que era sentimental, mandó cortar la cabeza a los prisioneros blancos…”

(Bicicletas que no son robadas):

-Pasé por Suecia pero no me pude quedar allí porque… era un país, demasiado ordenado: las cárceles estaban vacías y las bicicletas las dejaban en la calle y no se las llevaba nadie.

(El doctor en derecho internacional Manuel Pedroso, fue diplomático):

-Y siempre había criticado a la diplomacia española (escribí una vez que los únicos diplomáticos de España eran el marqués de Villaurrutia y otro). Pero me he convencido de que en todas las diplomacias los defectos son comunes. Y es que los diplomáticos deben aprovechar esa carrera que permite, como ninguna otra, conocer el mundo y enriquecer la cultura. He conocido diplomáticos mexicanos que honran a México.

(La discreción del gobernador):

-Una vez, en la Alemania de Hitler (aunque evitábamos las grandes ceremonias oficiales) el gobernador de Sajonia, un prominente nazi, nos dio un té. Habló de la España de antes, diciendo que “así como dio en la última guerra toda su simpatía a Alemania, en la próxima fuera aliada suya”, y cometía otras indiscreciones grandes. Yo representaba la España de la República y critiqué el régimen nazi, que iba contra las universidades de Alemania. El gobernador me declaró: “Cuando me dijeron que vendría aquí un ministro de España yo creía que era un tonto, como todos los diplomáticos; pero veo que es un hombre porque se atreve a decir todo lo que quiere”. “Usted, en España, ¿ha sido perseguido políticamente?”, me preguntó.

“No”. “Yo sí, he estado en la cárcel”. Y es que fue uno de los asesinos de Erzerberger. Más tarde fue asesinado por Hitler.

(La visita de Juan Ramón Jiménez):

-Una vez llegó a mi casa Juan Ramón con su esposa. “Había leído su traducción de los poemas de Elsa Lasker Schuler y vine a conocerlo”.

 

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